Capítulo XXXVIII: El socialismo ha muerto

Karl Marx (1875)

Karl Marx (1875)

«El socialismo ha muerto», esta era la conclusión a la que llegaba Anthony Giddens a finales del siglo pasado[1]. Uno de los más eminentes sociólogos ingleses, después de Jhon Maynard Keynes (1883-1946). Y es que los axiomas keynesianos rigieron la gestión económica mundial durante largo tiempo. Postulados proclives al intervencionismo estatal mediante una fuerte política de inversiones públicas, al objeto de crear el pleno empleo y como sustituto en parte de la labor del mercado. Concretamente desde los años treinta hasta la década de los ochenta. Momento en el que se verían desplazados, en prácticamente todo el mundo, por el liberalismo. En coincidencia con el triunfo de los liberales tanto en Gran Bretaña, como en los Estados Unidos. Puesto que a la postre se ha demostrado el desmesurado inflacionismo que provocan las teorías keynesianas. Pensamiento explicado, de la manera más sencilla posible, por Margaret Thatcher. Quien empleó el ulterior razonamiento:

No olvidemos nunca esta verdad fundamental: el estado no tiene más dinero que el dinero que las personas ganan por sí mismas y para sí mismas. Si el Estado quiere gastar más dinero, sólo puede hacerlo endeudando tus ahorros o aumentando tus impuestos. No es correcto pensar que alguien lo pagará. Ese “alguien” eres “tú”. No hay “dinero público”, sólo hay “dinero de los contribuyentes”[2].

Giddens, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2002[3], es el autor ideológico de la «Tercera Vía». Corriente auspiciada por los laboristas ingleses, bajo el liderato de Tony Blair, y los demócratas de Bill Clinton en Estados Unidos. Donde se propone un punto intermedio entre el liberalismo y la socialdemocracia. Su propósito era articular una nueva ideología tras el fracaso del programa económico socialista, lo que se evidenció con la caída del muro de Berlín acontecida el 9 de noviembre de 1989. Filosofía motivada por la creencia de Guiddens de que «la política no es nada sin ideales»[4]. Definida por el ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, como una ideología que va «más allá de una vieja izquierda preocupada por el control estatal, los impuestos elevados y los intereses de los productores…»[5].

Y es que los preceptos marxistas se hilvanan desde una perspectiva económica. Surgen con la única pretensión de transformar la sociedad burguesa de su época. Para ello el filósofo alemán de origen judío, Karl Marx (1818-1883), estudiaría la economía política inglesa de Adam Smith (1723-1790). El que fuera considerado el padre de la misma, quien aseveraba que el mercado competitivo era el mecanismo más eficiente de asignación de recursos. Eso sí, cuyos beneficios sólo se alcanzarían en una sociedad bien gobernada. Donde la clave del bienestar social radicaría en el crecimiento económico que se potencia a través de la división del trabajo. Reclamaba la mínima interferencia del Estado en la economía.

Ideario regido por tres leyes:

• «Ley de iniciativa».- Es cuando, tras detectar una necesidad en la sociedad, se brinda un servicio o se fabrica un producto con el objetivo de satisfacerla.

• «Ley de competencia».- Después de que alguien tome la primera iniciativa, otros comienzan a competir manufacturando lo mismo, u ofertando igual servicio.

• «Ley de mercado».- Integrada por la oferta y la demanda. Si en el mercado hay más oferta que demanda, se genera un proceso de depuración, en el que se mantiene el que tenga mejor relación calidad/precio.

Marx abogaba por la supremacía del proletariado y el control del Estado por este. Sociedad en la que se expropiarían los medios de producción a los particulares, que pasarían a formar parte de la colectividad. La planificación de los recursos recaía en el gobierno.

La agencia de planificación central sería la encargada de determinar qué producir, cómo hacerlo y para quién. Punto que constituye su primordial error, puesto que es imposible procesar la plenitud de datos existentes, al objeto de dictar una certera resolución. Por lo que se muestra más eficiente para coordinar la actividad económica el propio mercado.

Conclusión a la que igualmente llegaría la extinta Unión Soviética, al poner en práctica el proceso radical de reforma económica denominado Perestroika. Unión Soviética que se disolvió en 1991. El nuevo estado ruso renunciaría a cualquier identificación con el marxismo, luego de contemplar:

La desmedida burocracia surgida, en pro de canalizar la infinidad de información y controlar a las empresas estatales.

La aparición de un vasto mercado negro, que trataba de bordear la injerencia de la agencia de planificación central.

La indisciplina financiera desencadenada, al no tenerse en cuenta la relación coste-beneficio, ya que se primaba exclusivamente el cumplir unos objetivos de cantidad. Con lo que los gestores solicitaban cada vez mayores aportes monetarios para acometer el plan prefijado. Ninguna empresa se daba por quebrada. Ya que aunque deficitarias, sus directivos siempre esbozaban que su misión era trascendental o de «interés general», vago término en el que todo cabe.

Karl Marx defendió una única postura y llegó a decir que: «El significado de paz es la ausencia de oposición al socialismo»[6]. Idea que fue llevada a los extremos con la revolución rusa de Lenin. Donde una élite revolucionaria, supeditada a una férrea disciplina de partido, acaparó el poder. Cuyas órdenes no se podían cuestionar, lo que desembocó en las sangrientas purgas de Stalin. Estado que debía gobernarse bajo un régimen de monopolio político, exclusiva forma, para ellos, de convertir a la sociedad burguesa en la «dictadura del proletariado»[7].

Un punto que todos perseguirán será crear el hombre nuevo, capaz de servir fielmente a la causa revolucionaria. Proceso meridianamente descrito por Ernesto Che Guevara en un artículo publicado el 12 de marzo de 1965:

Para construir el comunismo (…) hay que hacer al hombre nuevo. (…)

(…) Es necesario el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas. La sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela. (…)

(…) La educación directa (…) se ejerce a través del aparato educativo del Estado en función de la cultura general, técnica e ideológica, por medio de organismos tales como el Ministerio de Educación y el aparato de divulgación del partido. La educación prende en las masas y la nueva actitud preconizada tiende a convertirse en hábito; la masa la va haciendo suya y presiona a quienes no se han educado todavía. (…)

(…) En este periodo de construcción del socialismo podemos ver el hombre nuevo que va naciendo. (…)

(…) Es un proceso que requiere tiempo.

En nuestra sociedad, juegan un papel la juventud y el Partido.

Particularmente importante es la primera, por ser la arcilla maleable con que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores. (…)

(…) La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud (…)[8].

Y es que los grandes males de la sociedad habitualmente no nacieron de seres malvados, ni malintencionados, sino que brotaron como resultado de las premisas planteadas por sujetos adscritos a los más nobles ideales. En opinión del eminente filósofo liberal Karl Popper (1902-1994). Quien negó de manera tajante la posibilidad de un pensamiento único: «El acuerdo del Occidente en torno a una sola idea, a una sola creencia, a una sola religión, sería el fin de Occidente, su capitulación, su rendimiento incondicional a la idea totalitaria»[9]. Defensor a ultranza de la tolerancia:

Creo que tenga razón, pero yo puedo estar equivocado y ser usted quien tenga la razón; en todo caso discutámoslo, pues de esta manera es más probable que nos acerquemos a una verdadera comprensión que si meramente insistimos los dos en tener la razón[10].Safe Creative #1004186048749

 


NOTAS:

[1] Kruse H. (8 de abril de 2016). Anthony Giddens y la tercera vía (primera parte). Informadorpublico.com.

[2] García Alonso, A. (23 de abril de 2013). Las mejores frases de Margaret Thatcher. Teinteresa.es.

[3] Anthony Giddens, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2002. Fundación Princesa de Asturias. Obtenido el 23 de agosto de 2016, de: http://www.fpa.es/es/premios-princesa-de-asturias/premiados/2002-anthony-giddens.html?especifica=0

[4] Kruse H. (8 de abril de 2016). Anthony Giddens y la tercera vía (primera parte). Informadorpublico.com.

[5] Blázquez, B. (2005). Recensión. Tony Blair. El precio del poder. Philip Stephens. Barcelona, 2005. Ed. Quarto. Revista de estudios regionales, nº 74, pp. 199-213. Obtenido el 23 de agosto de 2016, de: http://www.redalyc.org/html/755/75507408/

[6] Frase de Karl Marx. Akifrases. Obtenido el 23 de agosto de 2016, de: http://akifrases.com/frase/148907

[7] La dictadura del proletariado. Claseshistoria.com. Obtenido el 23 de agosto de 2016, de: http://www.claseshistoria.com/movimientossociales/marxismodictadurap.htm

[8] Che Guevara (1965). El socialismo y el hombre en Cuba. Obtenido el 23 de agosto de 2016, de: https://www.marxists.org/espanol/guevara/65-socyh.htm

[9] Blank, C. Popper, centinela de la libertad. Liberalismo.org. Obtenido el 23 de agosto de 2016, de: http://www.liberalismo.org/articulo/285/241/popper/centinela/libertad/

[10] LOGÓI. Revista de Filosofía, nº 8, p. 58 (2005). Universidad Catolica Andres Bello.

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Sobre el autor

Ibiza Melián
Escritora. Investigadora en el ámbito político. Especialista en comunicación política. Proactiva, perseverante y apasionada de la libertad.

1 Comment

  • Bucan on 20 Abril, 2010

    Las doctrinas colectivizadoras e intervencionistas fueron consecuencia de las economías cerradas, donde los mercados se defendían a cañonazos.
    Que todavía haya quien recurra a Keynes, por ejemplo, en un mundo de economía cada vez más abierta, es de risa. Cuando Keynes proponía el gasto público para estimular el consumo, no se imaginaba que los ingleses pudieran consumir otra cosa que no fueran productos de Inglaterra o de sus colonias.

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