La imperiosa necesidad vigente de inteligencia emocional

La Inteligencia Emocional nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos, a modular nuestras emociones. Como dicen los arcanos: «Quien desee conquistar al mundo, debe dominarse primero a sí mismo». Porque esto contribuirá a que nos relacionemos de modo acorde con los demás y a que aprendamos a empatizar con el prójimo.

Es por ello que en la actualidad tal vez ante tanto ruido nos falte escuchar más nuestra vocecita interior. Porque si realmente queremos cambiar las cosas, será imposible si no somos capaces de que nuestras ideas no sólo sean oídas sino asimiladas.

El ejemplo más claro me pasó hace un par de días. Estaba con un conjunto de personas  y salió la sempiterna cuestión sobre la falta de ingresos de las Administraciones Públicas, lo que las obliga a hacer recortes drásticos, pero muchas veces sin calibrar las consecuencias. Alguien decía que invertir en asuntos sociales era una necesidad, pero que había que estudiar a quiénes se les daban las ayudas para alimentos y que no podían ser algo indefinido. Mi respuesta fue que no todas las ayudas van a parar a familias con carencias coyunturales, sino que hay un porcentaje que por adicciones o psicopatía van a necesitarlas durante un largo periodo, mientras tales anomalías no sean modificadas. Pues la Administración no puede dar la espalda a esa realidad, siendo totalmente oponible recluir a una parte de los ciudadanos en el ostracismo por estar en desventaja en cuanto a sus capacidades con el resto. Podremos disertar si es mejor la ayuda directa a ONG’s y que  sean ellas las que se hagan cargo de estos servicios, ahorrándonos el gasto desmesurado en burocracia. Mas negar el problema y no hacer nada no es la solución.

Otro arquetipo de falta de empatía es aquella supuesta y famosa frase de una diputada acerca de que los desempleados se gastan el subsidio de los 400 € en televisores de plasma. Frente a un panorama desalentador de hipotéticamente seis millones de parados, de familias que no llegan a final de mes, de niños que la única comida caliente que reciben al día es la del comedor escolar, estas palabras están fuera de lugar. Y si existe realmente algún caso de picaresca lo que hay que hacer es revisar el exceso de regulación y atajar la mala praxis de esos hechos puntuales.

O el reciente debate de que el sueldo de los políticos es demasiado poco. Con la que está cayendo y el gran esfuerzo que se les está exigiendo a los ciudadanos hoy seguramente no es el mejor momento para debatir tal asunto.

El problema es que si la clase dirigente es incapaz de conectar y entender las emociones de la ciudadanía, estamos abonando un gran terreno para que la demagogia y las falsas promesas campeen a sus anchas. Porque ante la desesperación nos aferraremos a cualquier quimera y tristes ejemplos plagan nuestra historia.

Lo peor es que vivimos en un país que necesita mejorar infinitamente en su calidad democrática. Donde la autoridad pivota casi exclusivamente en el ejecutivo, siendo nimia la separación de poderes. Con un poder legislativo hipotéticamente a merced de la mayoría gobernante y un judicial presuntamente en entredicho.

Hace ahora aproximadamente cien años, en este país para remediar la miopía de las instituciones ante las emociones del pueblo, se suspiraba por un «cirujano de hierro» y  gobernaron tres. El primero durante un relativo corto espacio de tiempo, que fue sustituido por la denominada «Dictablanda». El tercero hasta que se murió, tras cuarenta años de gobierno. Aclamado inicialmente incluso por los intelectuales que presenciaron atónitos el enfrentamiento fratricida entre «las dos Españas» acaecido durante la II República y que desembocó en la II Guerra Civil. Miguel de Unamuno se lamentaría aseverando:

Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. (…) Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España.

Pues cuando lo que se necesitaba era más libertad, separación de poderes, poder representativo (elecciones uninominales por circunscripción), tolerancia, respeto a la diversidad, otorgaron equivocadamente y ante la desesperación, más poder a alguien que les prometió seguridad y control a cambio de arrebatarles su poder de decisión. Irrumpiendo algo a lo que llamaron «democracia orgánica», lo que demuestra que la palabra por sí misma no significa nada sino se la dota de sentido auténtico y verdadero. Porque como decía Thomas Jefferson «el precio de la libertad es la eterna vigilancia».

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Sobre el autor

Ibiza Melián
Escritora. Investigadora en el ámbito político. Especialista en comunicación política. Proactiva, perseverante y apasionada de la libertad.

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