Las dos Españas

Las dos Españas

Buenas tardes:

Primeramente, me gustaría agradecer a Ana el permitirme participar en la presentación de su excelente obra y felicitarla por su encomiable labor. Conocí a Ana en una charla sobre uno de mis libros en la Librería Canaima de Gran Canaria. Con posterioridad me invitó a integrarme en un grupo de escritoras canarias, RomántiCanarias. Un colectivo cargado de ilusión, muy dinámico y con autoras de un enorme talento.

Si bien, mi temática no es propiamente el género de la novela romántica, me uní al club de la creatividad archipielágica sin dudarlo. Y una de las razones que me llevó a ello fue precisamente la novela que hoy nos ha congregado aquí, La fotografía. Historia de un soldado (1936-1937). Reflejo del trágico espíritu de «las dos Españas», una cuestión presente en cada uno de mis trabajos, ya fueran ensayos, novelas o relatos. Porque como afirmara el poeta Blas de Otero:

«Siento a España sufrir
sufrimiento de siglos»

Dicen que una imagen vale más que mil palabras y eso debió pensar Francisco de Goya y Lucientes cuando dibujó su célebre cuadro, Duelo a garrotazos, aproximadamente entre 1819 y 1823. Alegoría de la lucha fratricida entre dos maneras de entender España. Aquellas que Ortega y Gasset definió como: una «que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida»; y otra «España vital, sincera, honrada, la cual, estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia». Lados opuestos de una misma realidad, que durante largo tiempo han protagonizado todo tipo de lides intestinas. Síntesis de un país incapaz de sumergirse en la Tercera España, aquella que para Salvador Madariaga era la de la libertad, la integración y el progreso.

Libertad aclamada en la Constitución de 1812, la Pepa. Donde Blanco White ya advirtió, durante su redacción, que la exclusión de las ideas de una porción de la población lleva inevitablemente al enfrentamiento futuro. Y su vaticinio se ha cernido durante más de dos siglos sobre un territorio que no encuentra la forma de pasar página. Pues, cuando creemos que la Tercera España viene para quedarse, los tristes fantasmas del ayer golpean estrepitosamente en la puerta. Buena prueba de ello es nuestro prolífico pasado constitucional, hasta llegar al aparente remanso de paz con la Carta Magna de 1978.

Blanco White, para quien la política era «concordar», defendía que resultaba de obligado cumplimiento contar con todos los sectores y no dejar a ninguno fuera. Si realmente lo que se pretendía con la Constitución española de 1812, era instaurar un Estado democrático sólido. De lo contrario, los que se sintiesen excluidos buscarían la manera de acceder a los círculos de poder y se tornarían ipso facto en elementos subversivos para conseguirlo. Lo que explica que durante doscientos años los episodios de efímera libertad en España hayan sido bastante cortos. Porque, tal como sentenció: «Más vale caminar de acuerdo hacia el bien en una dirección media que haga moverse a la nación entera, que no correr de frente atropellando y pisando a la mitad de ella».

Fue la Pepa la responsable de que se acuñara el término liberal y no el mundo anglosajón. Hoy los investigadores apuntan que los fundamentos liberales fueron pergeñados por la Escuela de Salamanca. Aunque como escribían en latín, lengua incomprensible para el pueblo después de la caída del Imperio romano, su legado fue obviado.

Y es que me parece de lo más apropiado hablar de libertad en una isla como Fuerteventura, en la que los dictadores acostumbraban desterrar a las voces discordantes. Primero fue Miguel Primo de Rivera con Unamuno. Luego haría lo propio Franco con Joaquín Satrústegui, entre otros, participante liberal del calificado a modo despectivo por el régimen como «contubernio de Múnich». Reunión auspiciada en 1962 por Salvador de Madariaga. Como si Fuerteventura escondiera entre sus infinitas playas doradas, bañadas suavemente por las cristalinas aguas turquesas del Atlántico, el antídoto para destruir cualquier indicio de libertad.

Ambas dictaduras construidas sobre el mito tan latino del «cirujano de hierro». «Cirujano de hierro» que anhela reemplazar a Dios en la mente del pueblo. Que promete con su bastón de mando crear el cielo en la tierra. Sin embargo, la realidad es que lo único que consigue es convertir en erial los lugares que su poder toca. «Cirujano de hierro» que arrebata a los ciudadanos no solo poco a poco sus libertades, sino también sus sueños. La única diferencia entre ambos dictadores fue que Franco aseguró: «Yo no haré la tontería de Primo de Rivera. Yo no dimito; de aquí al cementerio». Y así lo hizo, impuso cuarenta años de duro invierno a las libertades hasta que murió.

Una España dividida, de guerra de hermanos contra hermanos, que Ana Larraz Galé describe emotivamente en su narración. Historia que adquiere mayor valor si cabe porque es la propia de sus antepasados. Recuerdos hilvanados a partir de las epístolas de un hombre enamorado de su mujer y de la hija que acababa de tener, a la que no pudo ver crecer. Testimonios de una etapa que merece ser recordada, porque parafraseando a Santayana, los que olvidan el ayer están condenados a repetirlo una y otra vez.

Todos sabemos de asesinados en cada uno de los bandos. Y cuando hablo de estos temas siempre me viene a la cabeza la relación entre Lorca y José Antonio Primo de Rivera, que escondían su amistad para no ser criticados por un sector u otro. Quienes los habían idealizado y utilizado como estandartes de una contienda sin sentido.

Federico García Lorca fue fusilado por los sublevados presuntamente en la madrugada del 19 de agosto de 1936. Al igual que la heroína de su obra teatral, María Pineda, Lorca moriría en Granada siendo inocente. Creación en la que, sin saberlo, narró los versos de su propio epitafio:

¡No puede ser! ¡Cobardes! ¿Y quién manda
dentro de España tales villanías?
¿Qué crimen cometí? ¿Por qué me matan?
¿Dónde está la razón de la Justicia? (…)
(…) Ahora sé lo que dicen el ruiseñor y el árbol.
El hombre es un cautivo y no puede librarse.
¡Libertad de lo alto! Libertad verdadera,
enciende para mí tus estrellas distantes.
¡Adiós! ¡Secad el llanto!(…)
(…) ¡Yo soy la Libertad, herida por los hombres!
¡Amor, amor, amor, y eternas soledades!
(…) ¡Oh, qué día triste en Granada,
que a las piedras hacía llorar (…).

José Antonio Primo de Rivera fue ejecutado por conspiración y rebelión militar por el gobierno republicano, durante los primeros meses de la guerra civil española. A modo de última voluntad pronunció: «Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles». Lamentablemente su deseo no se cumplió.

Muchísimas gracias Ana por tu loable esfuerzo al mostrarnos hoy, a través de los personajes de tu novela, las huellas de un ayer del que aún nos queda bastante por aprender. Y concluyo con el poema que pronuncié el día que te conocí en nuestra querida Librería Canaima. Una estrofa de Gabriel Celaya reproducida en el libro que aquel día presentaba:

«España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo».


Las dos Españas –
(c) –
Ibiza Melián

Bibliografía:

Melián, I. (2015). La corrupción en España y sus causas. Createspace Independent Publishing Platform.

Melián, I. (2016). La Hermandad de Doña Blanca. Villaviciosa: Ediciones Camelot.

Melián, I. (2017). Crisis de fe y otros relatos. Createspace Independent Publishing Platform.

Melián, I. (2017). Historias de un pueblo. «Para los enemigos la ley, para los amigos el favor» (Segunda edición). Createspace Independent Publishing Platform (Obra original publicada en 2011).

Melián, I. (2017). Simbología de La Hermandad de Doña Blanca. Createspace Independent Publishing Platform.

Sobre la autora

Ibiza Melián
Escritora. Investigadora en el ámbito político. Especialista en comunicación política. Proactiva, perseverante y apasionada de la libertad.

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