Capítulo XI: El espectro de Doña Blanca

Bodegón

Otoño, de Giuseppe Arcimboldo (1573)

Cuando salimos de la sede del “Centro Liberal Español y Reformista” , el CLER, continuaba lloviendo. Eran casi las 15:00 de la tarde y decidimos dirigirnos hacia un restaurante a almorzar. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, vislumbrando desde ella la calle mojada, un cielo triste y gris que rezumaba melancolía. Sonando en el local “Balada de otoño”, de Joan Manuel Serrat.

Otoño era precisamente la estación en la que estábamos y con el inicio del invierno, el 21 de diciembre, concretamente a las 11:12, debíamos presentar nuestro plan de campaña. Mostrándose en ese instante la nueva formación ante la opinión pública. Con las ideas que Cristian Resende Cruz había esbozado teníamos que pergeñar un programa electoral, así como la estrategia de difusión de tales mensajes. Convertir una revulsiva teoría en conceptos claros y fáciles de asimilar. Disponíamos de poco más de dos meses para el plan desarrollar. Y siete para culminar un programa que trajera el gran cambio, aquel por el que tanto habíamos suspirado.

—Sabes Amador, estoy aturdida, confundida. Sospecho que este encargo lleva aparejado infinidad de peligros.

—No te entiendo María. Es la oportunidad que siempre hemos anhelado. Aquello que creemos y defendemos por fin podrá ser divulgado. El CLER coincide plenamente con nuestra doctrina. Tenemos que volcarnos en este trabajo. Ahora sabremos si es factible realmente la transformación . Ya escuchaste como le objeté a Christian mi incertidumbre ante el hecho de que España se llegue a hacer eco de las ideas liberales. Pero tal vez tenga razón y podamos aportar la luz que los habitantes de la hipotética caverna requieren.

—¿No te parece demasiada casualidad, que un partido político aparentemente de reciente constitución se haya puesto en contacto con nosotros para esta tarea? Nadie sabe de la existencia de “La Hermandad de Doña Blanca”. Nuestras reuniones han sido siempre secretas. Las actas de las sesiones celosamente guardadas. Y ahora alguien nos expone y apunta a lo que en ellas se recoge. De verdad, tengo un pálpito muy extraño. No dejo de pensar en aquel papel garabateado, en aquella críptica frase: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos; no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.

—Lo que considero es que estás cansada, confusa por tus ensoñaciones. Si quieres, para tu tranquilidad, solicitaremos asesoramiento a la Hermandad. Incluso al Gran Maestre acudiremos. Ya verás, con la ayuda de todos lograremos reflejar nuestras ansias de libertad. Por primera vez en mucho tiempo me embarga la ilusión. Vuelvo a creer en que otro mañana es posible.

Amador estaba radiante, sus ojos colmados de pasión, de fe. Parecía tan feliz. No quise proseguir con mis malos agüeros. Empero, intuía señales de negros presagios en todas partes. Dirigí mi vista nuevamente a la transitada calle y entre los anónimos andantes me llamó la atención una mujer. Era la imagen de Doña Blanca de Borbón que me había recreado. De repente noté un inmenso frío en el comedor, en tanto una gélida brisa acariciaba mi rostro. En aquel momento Amador me sonrió y yo fingí idéntico gesto.

La figura que rememoraba una y otra vez de Doña Blanca de Borbón estaba allí. Hasta ahora la había representado con la mirada perdida, de pie tras la ventana de sus aposentos en el Castillo de Sigüenza. Con pocos años y sintiéndose tan mayor. Suspirando porque todo hubiese sido un sueño y esperando que él regresara para rescatarla. Pero lamentablemente Don Fadrique había partido hacia un viaje del que no había retorno. Quizás fueran breves instantes de felicidad común, pero imposibles de olvidar.

Rota en su interior, sosteniendo entre sus delicados dedos la pequeña cruz que él le regaló, en la que destacaba una minúscula flor, una rosa pintada de un intenso magenta. Mas sin nadie saberlo, lentamente, se deshacía con el paso del tiempo. Pues su reloj se paralizó cuando él murió. Languideciendo, marchitándose instante a instante.

Sus rubios cabellos comenzaron a blanquearse, sus labios a resquebrajarse y su mente a perderse en los recuerdos del ayer. Confundiendo realidad y ficción. No existiendo corazón alguno que pueda soportar tanto dolor. Es más, creía firmemente que su mente allí siempre se quedó, anclándose su espíritu atormentado eternamente a ese mágico lugar.

Cuando cerraba los ojos la veía sonriendo. Apoyada en el alféizar de sus aposentos en la fortaleza seguntina. Aferrándose  a la efigie de su amado Don Fadrique. Susurrándole al viento espérame mi amor que ya voy. Sin perder la esperanza de que alguien rompiera las cadenas que la ataban a aquel paraje. Pero ahora estaba aquí, avisándonos de algo que aún estaba por venir.

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