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Más allá del horizonte

La lluvia caía lentamente sobre la tierra del poblado, llevando hasta nuestros oídos la suave melodía que originaba al tocar las múltiples cacerolas repartidas alrededor de las cabañas de adobe. Era uno de esos pocos momentos donde nos embriagaba un halo de felicidad al pensar que, al menos durante cierto tiempo, podríamos saciar nuestra sed.

Vivíamos en un pequeño poblado del África profunda, en uno de esos tantos países azotados durante décadas por las guerras. Luchas encarnizadas cuyo desenlace inmediato eran las terribles épocas de hambruna  a las que era sometida la población. Ideadas en el despacho de algún político para obtener únicamente más poder, relegando al olvido el bienestar de los ciudadanos. Un país formado por analfabetos, para quienes su única prioridad es tener algo que echarse a la boca, obviando los pensamientos de libertad e igualdad. Un grupo homogéneo fácilmente controlable por la clase dirigente.

Cuando ves a tus seres queridos morir en la guerra, de inanición o castigados por las múltiples epidemias que campean a sus anchas, el único pensamiento vigente es huir. En aquel instante sentada junto a la puerta de mi maltrecho hogar, empapada por el agua que caía a borbotones del firmamento, me juré con tan sólo quince años que más allá del horizonte encontraría mi futuro.  En mi mente se agolpaban las historias de la “dolce vita” del viejo continente europeo, donde contaban los pandilleros que dominaban las calles, personajes que hacían lo que querían y cuando querían sin temor a represalia alguna ante la mirada condescendiente de las autoridades, que todo era posible. En Europa, narraban, puedes hacerte rico y nadie te pregunta quién eres y de dónde vienes, la educación, la sanidad, la alimentación son derechos inalienables de la condición humana.

Para una chica como yo, aquellos sueños me llenaban de esperanza, pues sabía que en mi ciudad natal mi único porvenir era acabar casada o vendida a un maltratador, donde mi vía crucis diario sería trabajar duramente de sol a sol, recibir cuántos azotes mi esposo deseara, convirtiéndome en un mero objeto reproductor, quien contemplaría impotente la muerte de sus vástagos uno a uno. No sabía leer, ni escribir, pero poseía una mente locuaz y prolífera, y creía firmemente de que si obtenía una oportunidad sería capaz de ser lo que yo quisiera. El horizonte  estaba allí esperando  a que lo conquistase.

No había vuelta atrás, iría a hablar con los jefes de las bandas y abandonaría aquel lugar, estaba dispuesta a pagar el alto precio que me exigían. Era mi única oportunidad de poder cambiar el futuro y no me importaba si perecía en el intento, pues lo que ahora tenía era la misma muerte en vida. Una mañana soleada de julio partí hacia las costas de Marruecos, donde un navío me llevaría a la tierra prometida.

Tuvieron que pasar muchos meses hasta que divisé la playa donde se agolpaban miles de desechas barcazas que se convertirían en nuestro salvoconducto hacia la libertad. El hambre, las vejaciones, la sed, tenían sentido si me habían permitido llegar allí, supe separar hace mucho tiempo mi cuerpo de mis pensamientos, la materia humana no importaba, porque en mi mente sólo cabía lo que yo quería, mi gran tesoro aislado de cualquier mancillasión.

Después de varias noches nos hicimos a la mar, en una falúa que hacía agua por todas partes. Había un bebé que lloraba y lloraba, hermanos que se abrazaban, todo embriagado por el olor de los orines y excrementos. De repente las olas empezaron a golpearnos tenazmente, con tanta fuerza que volcamos, los gritos de mis compañeros de viaje ensordecían el aire.

Extenuada,  somnolienta, debiendo haber perdido la conciencia en algún momento, me percaté al alba de que estaba sola. Las corrientes me habían arrastrado hasta una playa de arena dorada. Vencida por el cansancio volví a dormirme con los primeros rayos de sol. Cuando desperté estaba en una cama de un hospital escoltada por policías. Me habían advertido de que esto podía ocurrir y significaba el retorno a mi país. No importaba, porque sabía que más allá del horizonte había algo mejor y lo intentaría mil veces si fuera necesario aunque el precio a pagar fuera mi propia vida.

Publicado en narrador.es, el 11 de Diciembre de 2008

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