Capítulo XVI: Adolfo Suárez bien merece un Nobel

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Categoría: Historias de un pueblo

El reloj marcaba las nueve. Esa noche no faltaba nadie a la tertulia política organizada por mi padre, el primer viernes de cada mes, en nuestra humilde morada. Mi prima Libertad, quien ya había recuperado su inalienable espíritu de lucha por Matahambre y sus gentes. Junto a su amado Luis, que estaría entre nosotros hasta el domingo, pues el lunes debía incorporarse a su puesto de trabajo en el departamento de administración del Hotel Concorde, sito en Palma de Mallorca. Mi tío Juan, el abogado jubilado del Estado, progenitor de Libertad y el que fuera esposo de la única y difunta hermana de mi padre, Clara se llamaba. Don Pascual, el cura centenario. Frédéric, nuestro querido juez de paz. Benito, el eterno maestro del Instituto de Educación Secundaria Manuel Bartolomé Cossío. Incluso Manuel, que había dejado a Soledad a cargo de la cocina y barra del bar municipal. Y Francisco, gerente de Radio Vecindad y editor del periódico vespertino, de ámbito local, El Pobrecito Hablador.

Juan se lamentaba de la espiral de acontecimientos en la que estaba inmersa la nación. Cuando aún era un estudiante de la Facultad de Derecho, una de las primeras reglas que aprendió, es que el fin último de la política es la regulación de conflictos entre grupos. Para así garantizar la cohesión social. Puesto que desde los albores de la humanidad siempre ha existido, bajo distintas fórmulas, un sistema político imperante. Ya que las sociedades son cada vez más complejas y requieren de un órgano capaz de compeler a las partes en disconformidad a alcanzar acuerdos, valiéndose para ello de normas vinculantes, es decir, la ley. Al objeto de mantener cierto orden y evitar la desintegración.

A lo que Don Pascual, perteneciente a la rama más liberal de la iglesia católica, añadió:

Miren, es como aseveraba mi antepasado Blanco White, al cual malinterpretaron en cuanto a lo que sus planteamientos se refiere. Si realmente lo que se pretendía con la primera Constitución española, la de 1812, era instaurar un Estado democrático sólido, resultaba de obligado cumplimiento contar con todos los sectores, no dejando a ninguno fuera. De lo contrario los que se sintiesen excluidos buscarían la manera de acceder a los círculos de poder, tornándose ipso facto en elementos subversivos para conseguirlo. Y de ahí la explicación de que durante casi dos siglos los episodios democráticos hayan sido bastante cortos. Hasta reafirmarse mediante el refrendo de nuestra vigente carta magna en 1978. Con anterioridad, las breves excepciones sucumbieron ante abruptas etapas totalitarias.

»Resumiéndose estos efímeros destellos en: el sexenio revolucionario (1868-1873), con la Constitución de 1869; la Primera República (1873-1874), con un proyecto de Constitución federal que no se llegó a promulgar; parcialmente el vituperado periodo de la Restauración, con la Constitución de 1876; y la Segunda República, proclamada el 14 de Abril de 1931, dirigida por una norma suprema exigible jurídicamente que establecía las bases para la descentralización política, y que posibilitó la redacción de los Estatutos de Autonomía de Cataluña y el País Vasco. Aunque rápidamente, tras estallar la Guerra Civil (1936-1939) y con la posterior dictadura franquista (1939-1975), el sufragio universal se deroga inmediatamente.

»Es por ello que en ciertos momentos contemplo perplejo el alto grado de división actual. No entro en si unos u otros alegatos me gustan más o menos, pero sí en que nuestros mandatarios han de poseer indispensablemente la suficiente destreza para concitar pactos estables y duraderos, regidos por el máximo consenso. Necesarios en pro de sortear temibles fracturas.

Y me quedo con las palabras de Benito:

Tal vez el éxito de Adolfo Suárez como Presidente no fuera su gestión, sino su encomiable habilidad para que posturas tan dispares llegaran a un entendimiento. Eso sí que merece el Premio Nobel de la Paz, no por lo que pudo hacer, sino por lo que sí hizo: darnos el periodo constitucional y democrático más largo de toda la historia española.


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Capítulo XV: Mayor carga impositiva, menor competitividad turística

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Categoría: Historias de un pueblo

Los rayos de sol atravesaban el cristal de la ventana, anunciando que un nuevo día ya estaba allí. La brisa mecía pertinazmente las ramas de los longevos árboles del jardín, como queriendo transmitirnos un mensaje inminente. Y fue entonces, cuando sonó el timbre de la puerta. Di un salto de la cama y mi dirigí raudo hacia la entrada, en pro de averiguar quién llamaba insistentemente a la humilde morada de los Gutiérrez.

Era mi querida prima, mi infatigable heroína. Apareció ante mí, cual musa sibilante, con sus mejores galas y una amplia sonrisa que le llegaba de lado a lado de la cara. Asiendo fuertemente de la mano a su amado Luis, como temiendo que pudiese deslizarse entre sus frágiles dedos para marcharse nuevamente. Parecía otra, rebosante de felicidad y plenitud, muy distinta del último día en que la vi. Habiendo vuelto a brotar en ella su inalienable espíritu de lucha por Matahambre y sus gentes.

Libertad portaba una bolsa con churros, porras y chocolate caliente, para convidarnos a mi padre y a mí a un exquisito desayuno. Manjares preparados con esmero, instantes antes, por Soledad, la taciturna cocinera del bar municipal. Para la ocasión sacamos el mantel que celosamente se guardaba en la alacena, blanco, salpicado por multitud de rosas, calado décadas atrás por las laboriosas manos de mi difunta madre. Lo dispusimos todo encima de la mesa y como una gran familia nos congregamos en torno a ella. Hasta Juan se sumó al convite, avisado previamente por su hija. Encuentro que poco a poco se tornó en una vibrante tertulia matutina. En tanto en cuanto sonaba en el transistor la canción de Mercedes Sosa: Todo cambia, emitida por el programa Te rondará morena en Radio Vecindad.

Luis nos habló sobre su trabajo en el departamento de administración del Hotel Concorde, enclavado en el centro de Palma de Mallorca. Se quejó de las turbulencias económicas que azotaban virulentamente a cada rincón del país y especialmente a la industria turística. También nos comentó que no entendía como reportando el Turismo el 11% del PIB nacional, erigiéndose en el mayor sector productivo después de la construcción, no se le prestaba la atención suficiente en virtud a su importancia. Representando allí el 48% del PIB comunitario y en el otro archipiélago español, Canarias, el 30%. Así, en esta última autonomía, de diez puestos de trabajo generados, cuatro corresponden a actividades turísticas. Lo que explica en gran medida el por qué sufren una de las más altas tasas de paro estatal, casi un 30%. No quedándose atrás tampoco Baleares, con el 31% de los contratos laborales registrados, llegando inclusive al 39% en temporada alta.

Más perplejo lo dejaba todavía la noticia que pudo leer, a través de Internet, en el vespertino periódico El Pobrecito hablador, en su columna nacional. Artículo concerniente a la controversia suscitada entre los Ministros de fomento y el de economía e industria, al respecto de una hipotética aplicación de un impuesto ecológico sobre los combustibles. Preguntándose si es que los políticos no intuían que para que los turistas llegasen a las islas necesitaban del avión. Si además de subir el IVA, gravan a las compañías de transporte con otro tributo, consecuentemente se encarecerá el destino ¿Qué sentido entonces tendría el haber reclamado la supresión de las tasas aeroportuarias, acordando el Ejecutivo la bonificación del 100% de las mismas, hasta el 25 de Marzo del 2010, siempre y cuando las empresas aéreas incrementasen el número de pasajeros? Medida lanzada después de que Grecia, uno de nuestros más fuertes competidores, eliminara el canon cobrado por aterrizar y despegar en sus aeropuertos de abril a septiembre del presente año, al objeto de incentivar a los touroperadores europeos.

¿O es que ya nadie se acuerda de las perjudiciales consecuencias de la polémica ecotasa promulgada en Baleares? Circunscrita a las estancias en los alojamientos turísticos, con una media de un euro por persona y noche. Lo que repercutió directamente en el producto, al forzar al comprador a abonar 10 o 12 euros más al adquirir el paquete. Propiciando que durante los tres años que estuvo en vigor la mencionada norma se perdieran más de 700.000 turistas. Relegando al destino del primer puesto al cuarto español.

Y alguien podría pensar, que lo lógico no sería vender por precio sino por marca. Ya, lo más razonable, aunque para ello se requiere de esfuerzos titánicos en branding. Redactando un libro de estilo donde se marquen nítidamente tipos y usos de la marca principal y sus submarcas, con especial hincapié en sus elementos diferenciadores, para que no se solapen unas con otras. Y esto ni se ha hecho, ni se espera. Pues si bien las competencias en materia de promoción se encuentran claramente delimitadas, postreramente se enmarañan en el laberíntico tejido gubernamental de: corporaciones locales; cabildos o diputaciones; gobiernos autonómicos y central.

Sin olvidarnos que con unos Ayuntamientos casi quebrados, difícilmente se ejecutarán las obligadas obras de remodelación de las zonas turísticas. Exigidas con la intención de dotar de una mayor competitividad a dichas áreas, mayormente degradadas por el paso del tiempo.

Luis hablaba y hablaba, mientras Libertad lo miraba embelesada con ojos refulgentes de enamorada. Ensimismada por la melodía interpretada por miles de mariposas, que anidaban en la boca de su enjuto estómago, al batir sus alas. Y fue en aquel preciso momento cuando me convencí de que ni Golfi, ni sus secuaces, lograrían jamás acabar con los sueños de un pueblo tan grandioso como éste.

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Capítulo XIV: El constitucionalismo de Blanco White

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Alegoría de la adopción de la Constitución de 1812, Goya

No sólo Frédéric, nuestro querido Juez de paz,  posee notables antepasados. Sino que también don Pascual, el cura centenario de Matahambre, asevera que desciende del controvertido pensador liberal español: Blanco White (1775-1841). Y si atendemos a sus sermones dominicales, algo de los perspicaces razonamientos de aquel erudito sevillano pudiéramos descifrar en ellos.

Su padre, William White, un católico irlandés, huyó de Inglaterra en 1745, para  instalarse en nuestro país, concretamente en la ciudad de Sevilla. Quien recalara aquí al intentar escapar de la persecución a la que fue sometido a manos de los protestantes ingleses. Y paradojas de la vida, su hijo Blanco White, muchos años después, tuvo que exiliarse de nuestra patria ante los ataques que ciertos sectores de la época le infligieron. Así que fijó su residencia, hasta su muerte, en suelo británico.

Un espíritu contrariado que anhelaba fervorosamente alcanzar una paz interior que nunca encontró. Abogaba por la razón sobre todas las cosas y la tolerancia como una de las grandes virtudes humanas. Poseedor de un alma sensible y espiritual, que lo llevó a ejercer primero de cura, bajo el catolicismo en España y después como sacerdote anglicano en Inglaterra. Aunque renunció igualmente a éste último dogma al final de sus días. No obstante, si por alguna faceta lo hemos de recordar es a través de sus escritos, en donde pretendía plasmar la visión política, económica y social de esta España nuestra.

Defendía que las Cortes Constituyentes, erigidas tras la Batalla de Bailén y el abandono de José Bonaparte del Trono Español, elaboraran un texto constitucional fundamentado en: una Monarquía Parlamentaria, un Estado laico y bicameral. Argumentó la necesidad de compatibilizar entre el cargo de Ministro y la condición de Diputado. Prerrogativas recogidas en cualquier carta magna actual. Y se decantó por el prototipo liberal inglés para mirar al futuro y dejar atrás el absolutismo de regímenes anteriores. Un sistema integrador donde nadie quedase excluido, evitando así cualquier tentativa de rebelión futura.

Sin embargo, el modelo por el que se optó para aprobar la primera Constitución española, la de 1812, fue el francés. Este texto, extremadamente rígido, ha sido el más extenso de nuestra historia, con 384 artículos. Con una forma de gobierno de Monarquía Moderada, con Cortes monocamerales. Asimismo, contemplaba que el cargo de Diputado era incompatible con el de Ministro. En su artículo 12 se acordaba además la confesionalidad del Estado y la unidad religiosa: «La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquiera otra».

Pero el arquetipo galo resultó de difícil desarrollo aquí. Mayormente por nuestra propia idiosincrasia,  por el eterno enfrentamiento entre dos bandos: uno minoritario e ilustrado. Y el otro poseedor de ancestrales privilegios que sometían al pueblo, gracias a las supersticiones, fanatismos y el gran analfabetismo reinante, convirtiendo a las frágiles almas en simples reos. Postulados que quedaron demostrados al ser derogado por Fernando VII el mencionado documento, el 4 de Mayo de 1814, retrotrayendo a los que ya vitoreaban aires de libertad al punto de inicio.

Blanco White fue criticado por ambos bandos. Sobre todo por la mala interpretación que se hizo de uno de sus razonamientos. Publicados en el periódico El Español. Rotativo por él editado y que contó con una enorme difusión. Sus adversarios lo culparon de instigar a las colonias de ultramar a la independencia. Aunque su alegato verdaderamente se sustentaba en constituir una entidad de comunidades autónomas iguales entre sí, con idénticos derechos y obligaciones, y unidas por la misma monarquía.

White dedicó su vida a buscar el brebaje que curase a España del mal que la afligía. Pero, como constante durante prácticamente dos siglos, los liberales han sido víctimas de sus adversarios y también de aquellos a los que querían proteger. Postreramente aplastados por el choque de dos lados opuestos. Quienes se muestran incapaces de encontrar la fórmula para apartar lo que los desune y abonar aquello en lo que coinciden. Realidad a la que tampoco escapa este pequeño pueblo castellano-manchego.


Capítulo XIV.El constitucionalismo de Blanco White
(c)
Ibiza Melián


Capítulo XIII: Un descendiente de Frédéric Bastiat

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Si cierro los ojos, aún puedo escuchar el timbre ronco y sonoro de la voz de don Pascual, el cura centenario de Matahambre. Quien preside las eucaristías dominicales desde hace ya casi ochenta años. Todo un  récord, y más teniendo en cuenta su aún lúcido razonamiento.

O las enardecidas soflamas del agnóstico Frédéric, el juez de paz del pueblo. Nieto de don Oprobio, nacido del matrimonio de la hija más joven de éste con un reputado economista del país galo, quien escogió este hermoso y controvertido pueblo para transitar por los últimos rescoldos de su existencia. Siendo ya un referente de nuestra historia los reiterados enfrentamientos entre yerno y suegro, a tenor de la disparidad de opiniones que mantenían sobre la gestión municipal. Quizás esta fuera la razón por la que mi padre invitaba a sus acaloradas tertulias políticas a Frédéric, acontecidas el primer viernes de cada mes en el humilde hogar de los Gutiérrez. Al ser descendiente de una de las pocas personas que osaron enfrentarse abiertamente con el temido cacique local.

Frédéric es aquí una auténtica institución. Enormemente respetado por su virtuosa ecuanimidad. Justo lo contrario que su abuelo, don Oprobio, que lo único que infunde en los demás es un miedo atroz por su ya consabida arbitrariedad. Tal disparidad de caracteres sólo se podría explicar si por sus venas fluyese en mayor cantidad la sangre francesa de sus antepasados. Entre los que, según nuestro querido Juez de paz, se encuentra la del ilustre economista, legislador y escritor Frédéric Bastiat (1801-1850). El que fuera acérrimo defensor de la propiedad privada, el libre mercado y el gobierno limitado, amén de un convencido pacifista.

Un destacado personaje del siglo XIX, que se quedó huérfano a muy temprana edad, tras lo que pasaría a estar bajo la custodia de sus parientes más cercanos. A los diecisiete años se ve obligado a abandonar sus estudios para trabajar en el negocio familiar. Y será ahí donde se percate de las nefastas consecuencias que el intervencionismo gubernamental provoca sobre el tejido comercial.

Al cumplir veinticinco heredará de su abuelo una fructífera finca. Lo que le permitirá dedicarse durante los veinte años siguientes a sus veneradas actividades intelectuales.

En 1834 publicará su primer artículo reivindicando la eliminación de las tarifas cargadas a productos agrícolas. Sin embargo, su reputación como escritor arrancará a partir de 1844. Después de la edición de un texto donde explicaba los beneficios provenientes del libre comercio y una monografía sobre Cobden y la Liga Anti-Maíz, fundada en Manchester en 1838.

El objetivo de la Liga Anti- Maíz era derogar la norma británica que limitaba la importación del maíz, aunque rápidamente derivaría en solicitar la supresión de la plenitud de las tasas impuestas al libre movimiento de bienes agrícolas e industriales entre Gran Bretaña y el resto del mundo. Durante sietes años sus componentes bregaron incansablemente por divulgar sus ideas. Cuyo esfuerzo se vio recompensado al conseguir introducir en el Parlamento sus pretensiones a través de sus miembros electos. Para alcanzar su cometido en el año 1846, cuando el Primer Ministro Robert Peel, mediante una ley promulgada al efecto, abolió las mencionadas restricciones. A partir de ese momento y hasta 1870 se desarrollará una de las etapas anglosajonas más florecientes.

Bastiat, en pro de culminar la susodicha monografía, empezará a intercambiar correspondencia con Cobden. Lo que desembocaría en una fortalecida amistad. El éxito obtenido por el británico en su lucha por el libre comercio inspirará al francés, quien intentará emular su gesta en su patria natal. Es por ello que se mudará a París, abriendo una asociación francesa a favor del libre comercio. Asimismo lanzará Le Libre Echange, un periódico afecto a la causa.

En 1848 iniciará su carrera política. Primero como miembro de la Asamblea Constituyente de Francia y después de la Asamblea Legislativa. Quedando interrumpida su labor pública al caer enfermo de tuberculosis en 1850, afección que le provocará la muerte poco después.

La notable difusión de la obra de Bastiat no sólo se debe a sus brillantes razonamientos, sino también a la sencillez de su lenguaje, lo que la hace asequible al público en general. Relatos salpicados de fábulas e ironías, persiguiendo con ello la mejor comprensión del lector. Porque como manifestó el filósofo austriaco Karl Popper (1902-1994): «Cualquiera que no sepa expresarse de forma sencilla y con claridad no debería decir nada y seguir trabajando hasta que pudiera hacerlo».

Los postulados de Bastiat aún hoy son de obligada consulta. Uno de sus manuscritos principales, el último que redactó antes de su fallecimiento, es el ensayo titulado Lo que se ve y lo que no se ve. Donde el autor asevera que los efectos de la intervención estatal no son inmediatos, sino que suelen aflorar a largo plazo, desvirtuando normalmente la intención inicial.

Él concebía el Estado como: «aquella gran ficción por la que todos tratan de vivir a expensas del resto». Puesto que afirmaba que la Administración Pública no produce nada por sí misma, siendo la tributación su casi exclusiva fuente de ingresos. Dinero que sustrae del circulante en el mercado.

Asegurando que la forma más acertada de llevar la paz y la prosperidad a los distintos territorios es a través del libre comercio. Preceptos desarrollados en la actualidad por renombrados economistas. Entre los que figuran el catalán Xavier Sala i Martín, y su estudio de como la ausencia del libre mercado incide negativamente en el desarrollo del continente africano.

Postulados a los que no es ajeno su descendiente residente en Matahambre. Teniéndolos siempre presentes a la hora de impartir justicia.

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Artículo XII: Un nuevo episodio de presunta corrupción

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La leña ardía lentamente, calentando cada rincón de la amplia estancia. Aquel viejo salón repleto de recuerdos de un pasado, tal vez austero en lo material, pero sumamente opulento en cuanto a lo que vivencias se refiere.

Aquella noche mi padre y yo conversamos sobre la noticia que copaba la portada del periódico local El Pobrecito Hablador. El vespertino rotativo se hacía eco de la detención de un nuevo alcalde. Según fuentes policiales a causa de un presunto enriquecimiento ilícito. Fortuna que hipotéticamente acumuló durante el ejercicio de su cargo como máximo regidor. Y al unísono exclamamos:

— Mira, como supuestamente Golfi y el primer edil actual.

Preguntándonos ambos el origen de este lamentable tipo de sucesos. Para desgracia del contribuyente, ocasionalmente reproducidos en ciertos puntos de nuestra geografía nacional. Y fue cuando me percaté de la trascendencia de las enseñanzas de Benito y su código ético krausista. Valores que quiso insuflar, cual Francisco Giner de los Ríos, en sus alumnos: el respeto, la tolerancia, el diálogo, la humildad, solidaridad, lealtad, seriedad,…

Desafortunadamente Golfi, con sus mensajes viciados, había destruido la labor pedagógica que con tanto esmero Benito pretendió inculcar en la juventud de una época. Muchachos cuya principal aspiración, hoy en día, consistía o bien en trabajar en el Ayuntamiento, o en ser concejales por algún partido que les garantizara un número de salida en sus candidaturas a presentar.

Para ello no requerían estudiar, ni tan siquiera esforzarse, simplemente pertenecer a una amplia familia. Eso sí, se mostraba indispensable que sus miembros estuviesen inscritos en el censo electoral, detentando el consiguiente derecho a voto en esta circunscripción. Quienes deseaban proclamarse ediles al objeto de pronto ofertarse al mejor postor. La manera más certera de medrar económicamente en un corto espacio de tiempo. Mientras el resto de formaciones políticas consienten, mirando hacia otro lado, afectadas mayormente por una virulenta cepa de regresión paranoide.

Organizaciones con una clara sintomatología. Fragmentación en diversos grupos, atrincherados en pequeños reinos que ya no comparten un proyecto común, sino únicamente el propio. Tendencia a la traición. Ahondamiento de las heridas, hasta convertirlas en insalvables. Promoción de caudillos que se valen de cualquier atajo para perpetuarse en su puesto, exclusiva forma de ganarse su sustento. En tanto en cuanto los demás callan por temor a ser sancionados y verse expulsados de los núcleos del poder. De tal manera que empujan a los afiliados de valía a echarse a un lado, con tal de no ser arrollados por el turbulento vendaval. Y amodazan normalmente a su máximo líder, el cual está obligado a ceder a sus caprichos en pro de no ser derrocado.

Padecimiento del que suelen contagiarse las variadas opciones: rojos, blancos o amarillos. Y que, parafraseando las palabras de mi prima Libertad, brota a consecuencia del modelo vigente de gobierno municipal: el strong-mayor. El cual convenientemente otros países han sustituido por el más óptimo city-manager.

Y es ahí, en el escalafón inicial, donde se gesta el asalto al resto de estamentos. Porque es a los munícipes a los que se les exige el mayor esfuerzo a la hora de preparar unos comicios. Ya sea mediante la convocatoria de mítines o entregando conjuntamente las papeletas a: ayuntamiento, cabildo o diputación, gobierno autonómico o central. ¿Y quién dice que no cuando te esperan, casi a pie de urna, para comprobar si votaste por quien tácitamente te encomendaron? Y además siempre recuerdas que tu licencia de apertura o construcción aún está en proceso de aprobación. Inclusive puede asaltarte la duda de si te agilizarán o retrasarán el pago de lo facturado a la institución por tu minúsculo negocio regentado. O de igual modo puedes plantearte si te concederán aquella ayuda o prestación solicitada por ti o un pariente cercano, etc., etc.

Ya nadie se sorprende cuando uno de esos chavales, asegura que apoyó a Golfi no por ideas, sino a cambio de una cierta cantidad por colaborar en la campaña electoral. O incluso por la promesa de un empleo en el consistorio. ¿Dónde queda el voluntariado? ¿El defender las creencias, derechos o libertades? Hasta llegan a disculpar las hazañas del recién transfugado, porque total el hombre estaba necesitado. ¿Y qué pasa con el resto de los conciudadanos, no se supone que vivimos en sociedad? ¿Se puede justificar lo injustificable?

Es más, si Golfi y los suyos siguen apretando las tuercas a todo aquel que no se someta a su yugo, terminará por emigrar hasta el último empresario aquí anclado. Y después, sin ingresos en las arcas públicas vía tributación, ¿cómo podrán pagar a tanto colocado en la corporación? ¿Presenciaremos nuevamente otro de esos esperpénticos casos donde el personal debe esperar hasta cinco meses para ser remunerado?

¿No deberíamos plantearnos lo que mínimamente está bien o mal si verdaderamente estas deleznables situaciones deseamos erradicar? Lo primero sería no reírle las gracias a los que tan reprobablemente han actuado. No obstante, desde un principio, porque echarse las manos a la cabeza sólo cuando los hechos en los diarios son reflejados aparenta burda hipocresía. Amén de autoconvencernos de que esto no aqueja a un exclusivo lado del espectro ideológico. Puesto que creyendo eso nada se consigue, salvo beneficiar a otros sectores que hasta ahora han logrado camuflar sus hedores. Ya que es algo endémico que se ha de atajar de raíz. Es decir, proponiendo un cambio de estructuras y no de bastón de mando, si de modificar el rumbo de los acontecimientos estamos hablando.

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