Capítulo XXIII: El ideal del hombre nuevo

Dios representado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina

-Hemos ante todo de tratar de cambiar el ideal del hombre nuevo imperante. – Nos arengó el Gran Maestre. – “Misión harto complicada por su gran arraigo en la sociedad. Unido al mito del Estado productor de felicidad, que interviene en cada una de las facetas de nuestra vida. Aleccionándonos desde la más tierna infancia en que por encima del individuo está la comunidad. Tan dispar a la creencia liberal de que sólo el hombre puede escoger el plan de vida que se haya prefijado, y través de él lograr la ansiada felicidad. Siendo cada persona un fin en sí misma, que no debe ser sacrificada bajo pretexto de ningún beneficio colectivo.

En el modelo político actual, es el Estado, la nueva deidad a adorar, el que determina nuestro devenir. Considerándonos inmaduros, por lo que tenemos que ser tutelados. Y queriendo crear en este mundo la ciudad perfecta, en la que habita el hombre perfecto adoctrinado, termina propiciando un clímax infernal. Si bien, explicar a los habitantes de la caverna, a los que aludió alegóricamente Cristian Resende Cruz, que hay otras imagines distintas a las sombras que hasta ahora han contemplado, puede resultar sumamente peligroso.

Porque la perfección está en nosotros y sólo se llega a ella, de manera individual. Sincronizando el cuerpo, la mente y el espíritu. Despertando nuestra divinidad interna y conectándola con el Alma del Mundo, que lo engloba todo (47). Mas la política aspira a convertirse en esa energía generadora, el nuevo Creador de la “religión secular” que religa, une, a los ciudadanos.

Esta religión que emana de un ser superior, el Estado erigido en Dios, desplaza a las religiones dogmáticas que hasta ahora hemos conocido. Empero, al no admitir otra vida más que la terrenal, ensalza el arquetipo de la eterna juventud. Enalteciendo al hombre exterior y obviando al interior. Es por ello que propone para líderes del grupo, y lo aduce como una virtud, al joven, lo que asimila a regeneración. Cuando lo cierto es que a lo largo de nuestra historia el jefe había sido siempre el más sabio, poseedor de una gran experiencia y bagaje, o sea, el mayor. Ahora, no obstante, se alega que alguien formado bajo los cánones de la instrucción estatal, de corta edad, es válido aunque no haya demostrado nada en la vida. Lo que desemboca con el tiempo en un mayor descrédito de los gobernantes. Por el hecho de que esa persona requería sumar en su haber experiencias vitales que lo preparasen para las situaciones convulsas que siempre acontecen en la toma de decisiones.

Por tanto, al partir de la quimera de que los políticos sólo buscan el interés general y que por ser joven se aporta un halo de renovación, abonamos las robustas raíces del desengaño. Pero, a pesar de ello, se prosigue en la misma línea. Aumentando la intervención, la regulación, en pro de sortear los fallos suscitados por el error de concepción inicial en cuanto a la naturaleza humana se refiere. Caemos así en un bucle, porque lejos de mejorar la situación, la empeoramos. Tornando la tierra prometida en un erial. Y es que ya lo preconizó Isaías (3, 4 – 5): “[Dios] les dará mozos por jefes, y reinará sobre ellos el capricho, y las gentes se revolverán unas contra otras, cada uno contra su vecino y el mozo se alzará contra el anciano y el villano contra el noble…” (48).


Capítulo XXIII. El ideal del hombre nuevo -
(c) -
Ibiza Melián

——————————————————————————————————————————

(47) Lenoir, F. (2013). El alma del mundo. Barcelona: Editorial Planeta, S.A.

(48) Negro, D. (2009). El mito del hombre nuevo. Madrid: Ediciones Encuentro, S.A.