Capítulo XXIV: La Edad del Espíritu Santo

Joaquín de Fiore, monje italiano de la Edad Media

Mientras el Gran Maestre estaba hablando me percaté de que en la pared había un cartel que afirmaba:

“Si haces salir lo que está en tu interior, ello te salvará.
Si no lo haces, lo que no hagas salir te destruirá.”

Cuya autoría atribuía al Evangelio de Tomás. Encabezando aquellas enigmáticas palabras se encontraba representada una imagen del monje italiano de la Edad Media, Joaquín de Fiore. Quien profetizó una renovación de la Iglesia. Institución que se caracterizaría en su última etapa, la que bautizó como “La Edad del Espíritu Santo”, por una experimentación individual de la religiosidad. Que acontecería tras “La Edad del Hijo”, presidida por los sacerdotes. Siendo la primera “La Edad del Padre”, que va desde los inicios hasta la venida de Cristo.

El objetivo era abandonar definitivamente la tribu, para introducirnos en una auténtica sociedad abierta. Dejando atrás la creencia en seres superiores que manejan nuestro destino, en la actual religión secular el Estado (49), para pasar a tener fe en nosotros mismos. Desechar el ideal de una utópica ciudad perfecta, donde nos dan seguridad y sustento a cambio de restringir nuestra libertad. Repleta de habitantes ataviados con el uniforme gris, donde todo está planificado y se restringe cualquier capacidad volitiva. Para avanzar hacia un país enriquecido por su diversidad y salpicado de notas de color desprendida de la existencia de seres únicos e irrepetibles.

Empero en la genuina liberación cada día es un insólito desafío incierto, en la que estamos obligados a reinventarnos constantemente. Avocados a aprender, para después desaprender y volver a aprender algo nuevo. Si bien, esto es lo que hace hermosa la vida y nos empodera para seguir el sinuoso sendero. Ser conscientes de que hasta nuestro último aliento habremos intentado alcanzar nuestros sueños, correr por atrapar nuestra singular felicidad. Y es que en palabras de Platón: “La libertad está en ser dueños de nuestra vida”.

Porque, de qué vale la promesa de algunas ideologías de proporcionarnos alimento y un techo para vivir todos del mismo modo. Organizando lo que hemos de ganar; a lo que debemos dedicarnos; lo que hemos de leer, estudiar, o pensar… Aniquilando a lo diferente o disonante cuando despunta. También los presos reciben todo tipo de cuidados, pero no por ello dejan de habitar en una cárcel, por más de oro que ésta sea. Pese a que habitualmente acaba siendo de plomo degradado, repartiendo mayormente carencia y necesidades. Sanos externamente, pero con un alma oscura, casi difuminada a causa de nunca brillar. Sin pasión, por habituarnos al conformismo de morar en la celda que nos han creado.

Un alma donde habita nuestro propio Dios. A veces claro y otras oscuro, lo que nos enseña a apreciar las disparidades entre ambas tonalidades. El arquetipo de Abraxas, como lo llamaban los antiguos, quien rige nuestro devenir los 365 días del año. Y por difundir la existencia de esa deidad individual quemaron vivo a Giordano Bruno. Aunque mucho tiempo después Carl Gustav Jung mantuviera lo mismo. (50)

Representación de Abraxas, Dios para los gnósticos del Bien y el Mal

Incluso se intuye que en aquellos sistemas políticos que han sustituido la doctrina colectiva por una más intimista, los índices de perversión del mismo son menores. (51) Hipótesis alejada de una España católica, donde tuvo gran impacto el “Lazarillo de Tormes”, obra anónima, en la que el engaño era la costumbre. (52) Donde la Iglesia no instruía en el perfeccionamiento moral a la persona. Pues el dogma asevera que lo escogido no es el ser, sino el pueblo que profesa la concreta doctrina. La veneración se hace a la divinidad de manera conjunta en días previamente establecidos, enfatizando lo que no se debe hacer. No se inicia al individuo en la experimentación propia, como sí se hacía en los inicios, sino en el miedo al incumplimiento, al castigo impuesto externamente. Por lo tanto, alguien puede deducir que si nadie sabe de mi acción desviada, no recibiré la pena. En tanto el caso contrario, por ejemplo, sería Japón, cuya religión mayoritaria es el budismo. Más preocupada en el ser, que en el colectivo. Lo que provoca que el índice de percepción de la corrupción por parte de la ciudadanía japonesa sea inferior al español. Tierra donde los samuráis tenían en tan alta estima su honor, que si se deshonraban sesgaban su vida mediante el “harakiri”. A causa de su incapacidad para soportar la falta de armonía entre sus convicciones y actos. En esencia la Tercera Gran Reforma anhelada por el CLER. Encarnada por la sincronización del cuerpo, mente y espíritu.


Capítulo XXIV. La Edad del Espíritu Santo –
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Ibiza Melián

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(49) Negro, D. (2009). El mito del hombre nuevo. Madrid: Ediciones Encuentro, S.A.

(50) Hoeller, S. (1990). Jung el gnóstico y los Siete Sermones de los Muertos. Madrid: Heptada Ediciones, S.A. (Obra original publicada en 1982).

(51) Treisman, D. (2000). The causes of corruption: a cross-national study. Journal of Public Economics (76), pp. 399–457. Obtenido el 14 de Septiembre de 2014, de: http://www.policyinnovations.org/ideas/policy_library/data/01437/_res/id=sa_File1/Treisman_Causes_Corruption.pdf

(52) El Lazarillo de Tormes (1555). Amberes.