Las visionarias teorías de Friedrich Hayek

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Dicen que nadie es profeta en su tierra y quizás esto fue lo que le pasó a Hayek. Siendo el propio tiempo, y mucho después de presentar su valiosísima teoría de los ciclos económicos por la que recibiría el premio Nobel en 1974, el encargado de darle la razón. Pero hasta ese momento tuvo que sufrir la humillación como profesional. Y todo por vislumbrar que las teorías Keynesianas acarrearían inflación y recesión.

Friedrich Hayeck, liberal clásico, perteneciente a la escuela monetaria austriaca, continuó lo comenzado por Ludwig von Mises. Del que llegó a decir: “No hay ningún otro hombre al que le deba más intelectualmente”. Bajo su tutela partió desde su Austria natal rumbo hacia EEUU, con el objetivo de descubrir los factores que desencadenaron el crack de 1929.

Fue ahí donde se dio cuenta de que resultaba imprescindible retornar a algo similar al patrón oro o a un tipo de cambio fijo, abogando por un sistema de banca libre competitiva. Argumentando que el origen de este cúmulo de sucesos adversos, germinaba cuando las entidades financieras, bajaban exponencialmente los tipos de interés, en pro de atraer más clientes y obtener más beneficios. Esta circunstancia llevaba a que los empresarios pidieran créditos desmesuradamente, arriesgándose en grado sumo, hecho que no hubiese acaecido si se hubiese dejado actuar a las fuerzas espontáneas del libre mercado. Todo ello propicia, al aumentar la demanda por el exceso de fluidez monetaria, que suban los precios. Sin embargo, en ese instante se cierra la financiación para corregir tales desviaciones, arrastrando a los negocios no consolidados a la quiebra por falta de liquidez. Y es entonces cuando sobrevienen los despidos masivos, porque de repente hay más oferta que demanda. Bajan los importes de venta para darle salida a los stocks, retornando los productos a su valor razonable, inflados por la especulación. Encontrándonos ya inevitablemente en una etapa de recesión.

No obstante, Keynes pensaba que la mejor medida contra la recesión era la actuación del sector público. Básicamente fue la política implementada por Roosevelt, sintetizada en su plan “New Deal”, que no dio el resultado esperado.

Por lo que es razonable deducir que lo que debe hacer el gobierno es limitarse a permitir y contribuir a la competitividad empresarial, recayendo en este tejido la generación de riqueza y empleo. Presentándose otra cosa simplemente como una solución artificial a corto plazo.

Y si no recordemos las palabras pronunciadas a finales de Diciembre del 2008 por el expresidente español Felipe González. Quien manifestó que cuando no pudo efectuar su promesa electoral de crear 800.000 puestos de trabajo en su primera legislatura, aprendió que “los empleos los dan los empleadores y no el Estado.”

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Goya, liberalismo y romanticismo en estado puro

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Alguien apuntó en cierto momento que para llegar a descifrar el futuro, primero hemos de conocer y aprender de nuestro pasado. Y para ello nada mejor que beber de las fuentes de nuestros ancestros a través de la pintura. En honor a ello, permítanme que les hable de un artista cuyo vasto legado fue arquetipo del incipiente liberalismo en nuestro país. Que irradió por igual sentimientos de idealismo, de esperanza y finalmente desilusión.

Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), el celebérrimo pintor romántico español, supo retratar a la perfección una época que pretendía llevarnos del caduco régimen absolutista a la era del modernismo y la Ilustración. Movimiento que inspiró la redacción de la primera Constitución española, aprobada en Cádiz en 1812. Influenciando a sublimes exponentes de nuestra literatura: Mariano José de Larra, Gustavo Adolfo Bécquer o Rosalía de Castro, entre otros.

Mediante sus dibujos criticó vorazmente a las costumbres de una sociedad en declive, con el propósito de difundir la doctrina liberal, propugnada por una minoría intelectual ilustrada. Hilo argumental que podemos encontrar en una serie de cuadritos en hojalata, denominada Los caprichos, que irán surgiendo a partir de 1796.

Posteriormente en Los desastres de la Guerra, nos plantea un recorrido por la batalla de la Independencia. Mostrándonos la auténtica realidad de una contienda bélica, que no es otra que la de sus víctimas, personas de carne y hueso de toda clase y condición.

Aunque, si tuviera que decantarme por uno de sus trabajos, aludiría a los de su casi último suspiro vivencial: Las Pinturas Negras. Que irrumpieron entre 1819 y 1823, plasmadas sobre las paredes de su residencia: La Quinta del Sordo. Impactan su vanguardismo y fuerza de expresión. Una descarnada sátira de los poderes dominantes en aquel instante de la historia, ya fueran civiles, políticos o religiosos.

El liberalismo anhela la mínima intervención del Estado, la exaltación de la individualidad frente a la colectividad. Conscientes de que el incremento de la autoridad estatal restringe el ámbito de actuación de los sujetos y su libertad. Y si deseáramos con uno de sus lienzos expresar esto, ineludiblemente recurriríamos a Saturno, la Administración devorando a los ciudadanos. Si bien excesivo en su dramatismo, transmite la desazón que nos suscita, tanto antes como ahora, el sector público y su alambicada burocracia.


Goya, liberalismo y romanticismo en estado puro –
(c) –
Ibiza Melián


Centenario del nacimiento de Isaiah Berlin

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En el 2009 se celebró el centenario del nacimiento de uno de los más importantes pensadores liberales del siglo XX: Sir Isaiah Berlin. Quien se definía como un filósofo de las ideas. Sus reflexiones marcaron una época y aún están de rabiosa actualidad.

Nació en 1909 en el seno de una acomodada familia judío-rusa, concretamente en Riga, Letonia, área que por aquel entonces estaba bajo la tutela del imperio zarista. Emigrando a Londres en 1921. Desarrolló gran parte de su carrera en el intelectual entorno de la exquisita universidad de Oxford. Su brillantez en el ámbito académico le llevó a desempeñar funciones diplomáticas en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, enviado por la administración británica. Conociendo de primera mano los grandes acontecimientos del siglo pasado. Fue un virtuoso orador. Su especialidad: la conversación.

Resultando fundamental saber transmitir el mensaje. De nada vale generar sobresalientes planteamientos si no podemos conectar con el oyente. Pues bien, Berlin fue agraciado con este don en su grado más excelso. Al leer cualquiera de sus ensayos o artículos nos sumergimos en un mundo novelesco, asimilando gota a gota sus razonamientos.

Este célebre comunicador atrapaba en sus redes a todo aquel que tenía el privilegio de departir con él. Su sabiduría, buen humor, exquisitos modales y sus anécdotas encandilaban a todos.

Defendió el pluralismo y la tolerancia, aborreciendo el fanatismo en cualquiera de sus aspectos.

Aseveraba que para tener éxito en la política se ha de poseer una cualidad similar a la de los artistas o escritores creativos. Una especie de visión circunscrita a la experiencia, que le permita adivinar al gobernante cómo resultará el futuro. Y un talento singular para improvisar cuando la situación lo requiera.

Concebía que la libertad del individuo se basa en la coherencia entre sus deseos, actos y objetivos. Siendo capaz de escoger por sí mismo, como único responsable de diseñar su propia vida. Sin embargo, acabándose su voluntad allí donde comienza la del otro.

Sus raíces israelíes siempre tuvieron un hueco en su corazón. Aunque laico fue tremendamente respetuoso con las tradiciones, cultivándolas como homenaje a sus ancestros. Horrorizándose con el Holocausto y reclamando un estado palestino. Lo que le llevó a recibir el Premio Jerusalén en 1979.

¿Y cómo intuir si tus postulados, lo que fue logrado magistralmente por Berlin, serán capaces de abrirse paso hasta el alma del pueblo para transformar las cosas? Como decía Mahatma Gandhi, lo notarás si tus adversarios cumplen el siguiente proceso: “Primero te ignoran. Luego se ríen de ti. Después te atacan. Entonces ganas”.

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José Ortega y Gasset, arquetipo del liberalismo español

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José Ortega y Gasset fue uno de los más importantes filósofos liberales del siglo XX. Nació el 09 de Mayo de 1883 en Madrid, en el seno de una acomodada familia perteneciente a la alta burguesía. Se crió en un ambiente culto, muy relacionado con el mundo de la política y el periodismo. Y aunque con una longeva vida a cuestas, ya que falleció el 18 de Octubre de 1955, sustentada en una prolífica labor intelectual, no conoció el reconocimiento patrio. Cumpliéndose una vez más el sabio refranero popular, al señalar que: “nadie es profeta en su tierra”.

Hace tiempo un dirigente español se definía como un verso suelto dentro de su organización, y quizás fuera eso lo que le pasó a nuestro más ilustre liberal durante la época en la que subsistió. La cual no era otra, utilizando su propia designación, que la de la España de la incompetencia y el favoritismo; la del odio a los mejores, derivando en la carencia de capacitados gobernantes. Palabras lanzadas tal vez fruto de la impotencia y la desilusión.

Participó activamente de la actividad pública, llegando a ser diputado por la provincia de León, cargo que ostentó por el periodo de un año. Publicó multitud de artículos que servirían de fuente de inspiración para otros. En los que destaca su estilo clarificador, su elegancia y belleza literaria. Su firme propósito era intentar que su mensaje fuera asimilado por toda la población, independientemente de sus conocimientos sobre la materia o preparación.

Al irrumpir la Guerra Civil se ve abocado al exilio. Deambuló por París, los Países Bajos y Argentina, para finalmente establecer su residencia en Lisboa. Y aunque desde 1945 hasta el día de su fallecimiento la alternase con estancias en nuestra nación, fue fuera de nuestro territorio donde le confirieron los honores requeridos para un pensador de su estatus, mayormente en Alemania.

Su ideología liberal estaba circunscrita a la perspectiva civil. Contrario a cualquier tipo de radicalismo. Abogaba por la libertad individual, por un Estado pequeño y laico, que estimulara la reflexión y la diversidad de opiniones. Huye de la verdad absoluta, haciendo célebre su frase: “yo soy yo y mi circunstancia” .Refiriéndose a que nuestra visión condiciona nuestra propia realidad, que puede llegar a ser incluso contraria a la de los demás.

En 1978 su hija, Soledad Ortega Spottorno, crearía la Fundación José Ortega y Gasset. Institución que ha llegado a convertirse en uno de los Think Tanks españoles más acreditados. Dedicado a la difusión cultural, el debate, la formación y la investigación, dentro de las Ciencias Sociales y las Humanidades. Acogiendo habitualmente a primerísimas figuras internacionales en distintas disciplinas: política, económica, académica, empresarial.

Un excelso legado aportado por un gran maestro, adelantado a su tiempo, que sufrió la incomprensión, envidias y ataques. Tácticas puestas en práctica por personas cuya mediocridad les impedía vencerlo en el terreno de las ideas, empleando por ello la execrable vía del desprestigio.

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«Vuelva usted mañana (artículo del Bachiller)»

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“Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza. Nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.

Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica; de éstos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como [nuestras ruinas] nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.

Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo [comparáramos] compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.

Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.

Un extranjero de éstos fué el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.

Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Parecióme el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fué preciso explicarme más claro.

–Mirad –le dije–, monsieur Sans-délai, que así se llamaba; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos. –Ciertamente –me contestó–. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizados en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran de los quince, cinco días.

Al llegar aquí monsieur Sans-délai, traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fué bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.

–Permitidme, monsieur Sans-délai –le dije entre socarrón y formal–, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid. –¿Cómo? –Dentro de quince meses estáis aquí todavía. –¿Os burláis? –No por cierto. –¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa! –Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador. –¡Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal [siempre] de su país por hacerse superiores a sus compatriotas. –Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis. –¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad. –Todos os comunicarán su inercia.

Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.

Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido; encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días: fuimos.

–Vuelva usted mañana –nos respondió la criada–, porque el señor no se ha levantado todavía. –Vuelva usted mañana –nos dijo al siguiente día–, porque el amo acaba de salir. –Vuelva usted mañana –nos respondió al otro–, porque el amo está durmiendo la siesta. –Vuelva usted mañana –nos respondió el lunes siguiente–, porque hoy ha ido a los toros. –¿Qué día, a qué hora se ve a un español? Vímosle por fin, y Vuelva usted mañana –nos dijo–, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio.

A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.

Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.

Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.

No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero, a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.

Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!

–¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai? –le dije al llegar a estas pruebas. –Me parece que son hombres singulares… –Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca.

Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.

A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.

–Vuelva usted mañana –nos dijo el portero–. El oficial de la mesa no ha venido hoy. –Grande causa le habrá detenido –dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad! al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.

Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero:

–Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy. –Grandes negocios habrán cargado sobre él–, dije yo.

Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo [acertar] el acertar.

–Es imposible verle hoy –le dije a mi compañero–; su señoría está, en efecto, ocupadísimo.

Diónos audiencia el miércoles inmediato, y ¡qué fatalidad! el expediente había pasado a informe, por desgracia, a la única persona enemiga indispensable de monsieur y [su plan] de su plan, porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa. Vuelto de informe, se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fué el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro.

–De aquí se remitió con fecha de tantos –decían en uno. –Aquí no ha llegado nada –decían en otro. –¡Voto va! –dije yo a monsieur Sans-délai– ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?

Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio!

–Es indispensable –dijo el oficial con voz campanuda–, que esas cosas vayan por sus trámites regulares.

Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de servicio.

Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: «A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado».

–¡Ah, ah, monsieur Sans-délai! –exclamé riéndome a carcajadas–; éste es nuestro negocio.

Pero monsieur Sans-délai se daba a todos los oficinistas, que es como si dijéramos a todos los diablos.

–¿Para esto he echado yo viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: Vuelva usted mañana? ¿Y cuando este dichoso mañana llega, en fin, nos dicen redondamente que no? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo a hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse a nuestras miras. –¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.

Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.

–Ese hombre se va a perder –me decía un personaje muy grave y muy patriótico. –Esa no es una razón –le repuse–; si él se arruina, nada, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía o de su ignorancia. –¿Cómo ha de salir con su intención? –Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse; ¿no puede uno aquí morirse siquiera, sin tener un empeño para el oficial de la mesa? –Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere [hacer]. –¿A los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor? –Sí, pero lo han hecho. –Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. Conque, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, ¿será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si podrían perjudicar los antiguos al moderno. –Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo. –Por esa razón deberían darle a usted papilla todavía como cuando nació. –En fin, señor [Bachiller] Fígaro, es un extranjero. –¿Y por qué no lo hacen los naturales del país? –Con esas socaliñas vienen a sacarnos la sangre. –Señor mío –exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia–, está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabían más que ellas.

Un extranjero –seguí –que corre a un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero. Si pierde, es un héroe; si gana, es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya, ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el del dinero; ha dado de comer a los pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuído al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros: a su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia, ha debido el llegar a ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las últimas; a los extranjeros han debido los Estados Unidos… Pero veo por sus gestos de usted –concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo– que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes esperanzas! [La fortuna es que hay hombres que mandan más ilustrados que usted, que desean el bien de su país, y dicen: «Hágase el milagro y hágalo el diablo.» Con el Gobierno que en el día tenemos, no estamos ya en el caso de sucumbir a los ignorantes o a los malintencionados, y quizá ahora se logre que las cosas vayan a mejor, aunque despacio, mal que les pese a los batuecos.]

Concluída esta filípica, fuíme en busca de mi Sans-délai.

–Me marcho, señor [Bachiller] Fígaro–me dijo–. En este país no hay tiempo para hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más notable. –¡Ay! mi amigo –le dije–, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven. –¿Es posible? –¿Nunca me habéis de creer? Acordáos de los quince días…

Un gesto de monsieur Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.

–Vuelva usted mañana–nos decían en todas partes–, porque hoy no se ve. –Ponga usted un memorialito para que le den a usted permiso especial.

Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y… Contentóse con decir: –Soy [un] extranjero–. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos!

Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver [a fuerza de esquelas y de volver] las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de [las] nuestras costumbres [de nuestros batuecos]; diciendo, sobre todo, que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino volver siempre mañana, y que a la vuelta de tanto mañana, eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.

¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo y pereza de abrir los ojos para hojear [los pocos folletos] que tengo que darte [ya], te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fué de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé: Vuelva usted mañana; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones: ¡Eh, mañana le escribiré! Da gracias a que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!”

(El Pobrecito Hablador, enero de1833)