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Capítulo XLII: Un sistema más justo y equitativo

Caí vencido con los primeros rayos de sol y me fui adentrando lentamente en los dominios de la ensoñación. Campo plagado de escenas reales e irreales, de susurros y lamentos. En ese instante, inesperadamente, un aire frío inundó la estancia. Brisa que transportaba, entre difusas imágenes del más allá, los espíritus de mi abuela y mi tía Clara. Ambas compungidas y con lágrimas en los ojos me imploraban: «Cuida de Libertad. No permitas que don Oprobio llega a ella». Siempre ella, Libertad, mi querida prima Libertad.