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Crisis de fe

La tarde había empezado a cubrirse de oscuros nubarrones. Pronto llovería. Casi no se veía, así que tuve que levantarme para encender la luz de la estancia. Inconscientemente rodé las cortinas de los grandes ventanales, para con la mirada situar a Pedro en el jardín. Como había hecho cada domingo durante los cuarenta años que estuvimos casados. Sin embargo, él no estaba. Y es que habían pasado tres meses ya desde el fatídico 20 de noviembre, el día de su accidente en la M-30.