María la Judía

María la Judía

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Empujé la oxidada verja. El jardín estaba repleto de hojas secas. La maleza casi no dejaba ver la casa. Y el desagradable graznido de los cuervos nada bueno presagiaba. Me agarré fuertemente a la mano de Juan en busca de su protección. Él me miró con ojos tiernos y con su cariñosa voz me susurró:

—Magda, tranquila, no es más que una vivienda abandonada.

Y yo casi tartamudeando, por el pavor que aquel lugar me provocaba, le contesté:

—No sé mi amor, hay algo extraño en este sitio. Siento como si nos observaran. Llámame loca si quieres; pero, al entrar he notado muchísimo frío. Un aire gélido, a modo de un lúgubre aliento.

—Sí, ya, el espíritu de tu tía que te viene a atormentar. Si quieres podemos llamar a la prensa y anunciar el primer caso de resurrección del pueblo. Ya puedo leer los titulares: «Magdalena Álvarez ha regresado para desheredar a su sobrina».

—No te burles de mí. Lo cierto es que era una persona extraña, a la que hacía décadas que no veía. No logro comprender por qué me dejó la enorme vivienda familiar. Aunque tuviésemos el mismo nombre, la relación que mantenía con mis otros primos era muchísimo mejor.

»Los únicos recuerdos que conservo de ella no son para nada gratos. La última vez que estuvimos juntas fue precisamente aquí. Había invitado a mis padres y a mí a una cena de gala. Era muy hermosa y llevaba siempre una negra pulsera en la que destacaba una blanca rosa. No obstante, la imagen que en mi mente quedó grabada fue cuando trató en la mesa de trinchar el faisán con una espada. Con tan poca fortuna que el ave salió disparada hacia la vidriera del salón. El impacto llenó la sala de pequeños trocitos de cristal y justo uno en mi pierna derecha se clavó. Necesité tres puntos de sutura.

—Un simple accidente Magda, ¡qué exagerada!

—No Juan, es que no es sólo eso. La semana anterior, a los hechos que te acabo de narrar, había llamado a toda la familia para contar una historia a todas luces incoherente. Aseguraba que por fin había conseguido transformar la obra blanca en roja. Nadie la entendió. Supusimos que deliraba, a causa probablemente del largo tiempo que pasaba encerrada en soledad entre las paredes de su hogar. Múltiples noches en vela obcecada con infinidad de papeles. Mis abuelos la convencieron para que visitara a un especialista. Y el médico tras hacerle una larga exploración concluyó que, inexplicablemente, sufría una intoxicación debido a una sobreexposición de mercurio.

—¿A qué se dedicaba tú tía?

—Daba clases en la Universidad de Historia de Arte Antiguo y Medieval. El resto del tiempo lo destinaba a escribir sobre alquimia y nigromancia. Afirmaba incluso que tenía una especial sensibilidad para conectar con el más allá. Yo realmente pensaba que era una pena que siendo tan bella estuviese loca.

—¿Sabes que también Isaac Newton se envenenó con mercurio? Se dice que estuvo obsesionado con la alquimia, con convertir los innobles metales en oro. En determinados momentos sufrió insomnio, brotes paranoicos y pérdidas de memoria[1]. Creo que tu tía además de escribir de alquimia la practicaba. Y es que el mercurio es un elemento primordial de ese arte tan noble, junto con el azufre y la sal[2].

Al introducir la llave, en la puerta principal, se quedó atascada. Así que Juan tuvo que empujar para que pudiésemos entrar. Los goznes chirriaron. Quizás fuera la sugestión del momento; mas, aquel ruido se asemejaba a un gemido que provenía del más abyecto averno. Las ventanas estaban abiertas de par en par, por lo que el movimiento de las cortinas aparentaba siluetas de espectros. Los muebles estaban cubiertos de una gruesa capa de polvo.

De repente un gato negro cruzó velozmente frente a nosotros y se introdujo a través de una gatera en la habitación del fondo. Fuimos tras él; sin embargo, al tratar de penetrar en esa estancia nos encontramos ante una pared. El animal había desaparecido. Juan murmulló:

—¡Qué extraño!

Y comenzó a palpar el tabique. Hasta que se dio cuenta de que un zócalo estaba casi caído. Nada más tocarlo, el muro se rodó para mostrarnos una amplia sala. Presidida por un enorme cartel, donde se podía leer: «¡Bienvenidos al taller de María la Judía!». En el suelo tirado había un hornillo de atanor, varias cazuelas de arcilla. En una estantería vislumbramos jarras, platos y vasos. También un crisol, utensilio utilizado para fundir metales a altas temperaturas[3]. Un helado viento hizo tambalear todos aquellos aparatos e inconfundiblemente percibí el sonido de un débil hilo de voz que decía: «María, te quedarás aquí».

Cuando me desperté él estaba a mi lado. Le pregunté:

—¿Dónde me encuentro Juan?

—En el hospital, te desmayaste—. Acto seguido agachó la cabeza y sólo fue capaz de pronunciar—. He comenzado los trámites para vender la casa de tu tía.

Asentí con la cabeza y no quise saber más, únicamente quería olvidarme de aquel siniestro paraje. Y es que la línea que separa lo real de lo irreal es tan delgada, que es mejor no traspasarla cuando no se está preparado para soportar la verdad. María Magdalena era mi nombre, igual que el de mi tía; si bien, yo a ella en nada me parecía. ¿O tal vez sí?


María la Judía –
(c) –
Ibiza Melián


Notas

[1] Sanz, E. 5 personajes históricos envenenados con mercurio. MUY HISTORIA. Obtenido el 5 de junio, de: http://www.muyhistoria.es/h-antigua/articulo/cinco-personajes-historicos-envenenados-con-mercurio

[2] Símbolos de Alquimia. Ancient-Symbols.com. Obtenido el 5 de junio, de: http://www.ancient-symbols.com/spanish/alchemy_symbols.html

[3] El instrumental alquímico. Obtenido el 5 de junio, de: http://www.proyectopv.org/1-verdad/alqinstrumalquim.html

Sobre la autora

Ibiza Melián
Escritora. Investigadora en el ámbito político. Especialista en comunicación política. Proactiva, perseverante y apasionada de la libertad.

2 comentarios

  • Ibiza on 10 octubre, 2016

    Me encaró esta breve introducción… haces muy bien las descripciones y parece que te sumergen más en los personajes y sus sentimientos. Te felicito!

  • Ibiza Melián on 18 octubre, 2016

    Gracias, me alegra que te guste.

    Un abrazo enorme,

    Ibiza Melián

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