Políticas Liberales exitosas II

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Categoría: Libros publicados

La Fundación Friedrich Naumann con el apoyo de la Red Liberal de América Latina (RELIAL) tras la magnífica acogida de “Políticas Liberales exitosas. Soluciones pensando en la gente”, publicado en 2005, decidió seguir mostrando, con ejemplos reales, como las políticas liberales mejoran la calidad de vida de los ciudadanos de un Estado.  Así en 2008  optó por editar: Políticas Liberales exitosas II. Soluciones para superar la pobreza”. Esta última obra recoge dispares ensayos de distintos autores, compilados por el prestigioso abogado Héctor Ñaupuri y el economista Gustavo Lazzari.

A lo largo de tan didáctico libro se recalca la necesidad de bajar los impuestos en pro de que aumente el consumo. Pues los tributos sustraen recursos económicos a la sociedad, que de ser reducidos, incentivarían los intercambios voluntarios entre los ciudadanos. La excusa esgrimida para su establecimiento es la redistribución de la riqueza y la aportación de servicios por parte de la Administración Pública. Cuando lo cierto es que una gran parte de dichas cantidades se malgasta ineficientemente en procesos burocráticos de escaso valor. Lo que concatenaría esta idea con la obligada exigencia de erradicar el déficit público si ahondar en el desarrollo se quiere. Forzando al Estado a mantener unas dimensiones proporcionadas.

Por otro lado, denuncia el pernicioso papel que han ejercido los Bancos Centrales a lo largo de la historia. Un órgano de planificación central, sistema que tan nefastos resultados trajo para la extinta Unión Soviética. Pues el conocimiento es demasiado extenso y disperso, mostrándose imposible que alguien pueda hallar la piedra filosofal para marcar las líneas directrices de la economía que afectan a todos. Ya que no se puede conocer “a priori” lo que fluye en el interior de cada individuo. Pues el progreso se alcanza exclusivamente mediante la interactuación de infinidad de personas, que persiguiendo su propia felicidad y beneficio contribuyen, sin saberlo, al bienestar de la generalidad. En definitiva, parafraseando al célebre economista Adam Smith, la maravillosa “mano invisible” que mueve el libre mercado.

La acción gubernamental en la economía al modificar la masa monetaria produce los recurrentes ciclos económicos, teorizados por el insigne miembro de la Escuela Austriaca de Economía, Friedrich Hayek. Pues la expansión crediticia artificial no derivada del ahorro real de los ciudadanos y la drástica bajada de los tipos de interés, aboca a los emprendedores a invertir en negocios de sumo riesgo en los que de otra forma no se hubiesen embarcado, potenciando igualmente el endeudamiento. Además la abundancia de dinero conlleva el alza de los precios y por tanto a que irrumpa la inflación. Siendo éste un impuesto regresivo, que castiga a los más débiles. Y no hay que olvidar jamás que fue esta dañina inflación lo que llevó al poder en Alemania a uno de los mayores genocidas de todos los tiempos. De ahí que los alemanes, con este recuerdo bien presente, traten a toda costa de que la historia no se repita. Encontrándose esta convicción en el fundamento de la creación del Banco Central Europeo, cuyo objetivo principal es mantener la estabilidad de precios. Pues la inflación significa el empobrecimiento de la ciudadanía. Ya que cobrando el mismo sueldo los sufridos trabajadores, ven su poder adquisitivo reducido al tener que pagar más por cualquier bien de consumo. Convirtiéndose en uno de los tributos más devastadores que existen.

Cuando esto ocurre para corregir tal desviación, el Banco Central cierra el crédito y sube los tipos de interés, desencadenando la quiebra técnica de empresas no viables y la consiguiente destrucción de empleo. Durante el proceso de estabilización, en el que sólo se mantendrán los negocios que de no haberse intervenido artificialmente el mercado se hubiesen creado, se da una época de crisis y paro, como actualmente está ocurriendo en España. Acarreando el trasvase lento y progresivo de los trabajadores de unos sectores a otros. La rapidez del ajuste dependerá de la flexibilidad del mercado laboral. Aquellos países que ostenten una legislación laboral rígida ralentizarán el proceso.

El problema está en que cuando ya se ha salvado el escollo de la crisis el Banco Central habitualmente se olvida de volver a subir los tipos de interés, lo que suele ser políticamente impopular. Abonando nuevamente el terreno para la reproducción de otro ciclo económico.

Para evitar que se ocasionen estos devastadores ciclos la propuesta es bien sencilla, volver al patrón oro. De tal manera que el Banco Central no pueda crear dinero de la nada, sino que esté respaldado por su equivalente en oro. Con ello se impediría el sobreendeudamiento de los Estados, propiciando la reducción de su tamaño. Siendo el propio mercado el que dicte, en función de la evolución económica, los tipos de interés. Un modelo a seguir, en lo que a esta cuestión se refiere, es Panamá. Unido a la imposición a los bancos de mantener el 100% de los depósitos. Contraria a la actual reserva fraccionaria que sólo les exige el 10%, el restante 90% se les permite dedicarlo a otras transacciones, lo que supone un privilegio comparado con el resto de los mortales. Por lo que si un día se les ocurriera a todos los depositantes retirar sus efectivos, éstos no se encontrarían disponibles. He ahí que para garantizar los depósitos se creara un prestamista de última instancia que es el Banco Central. No obstante, si se retornase al patrón oro y se instaurase la exigencia de mantener el 100% de los depósitos, no se requeriría un Banco Central, operando sólo entonces en una verdadera economía de libre mercado. Y no como la actual totalmente manipulada y dirigida por el poder gubernamental.

“Políticas Liberales exitosas II. Soluciones para superar la pobreza” no habla de una teoría abstracta, sino de ejemplos claros de cómo la aplicación de determinadas políticas liberales ha mejorada la situación de concretos países. Un manual imprescindible para los dirigentes que realmente desean la prosperidad de su pueblo.

Se puede descargar gratuita e íntegramente un ejemplar pinchando en su portada.

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“Páginas Libertarias” de Héctor Ñaupari

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Categoría: Libros publicados

“Páginas Libertarias” sintetiza la gran lucha de Héctor Ñaupari por dar a conocer las ideas liberales. Labor realizada durante una década, en la que se esfuerza en diferenciar los fundamentos de este movimiento del resto. Eliminando estereotipos y falsos clichés que a lo largo del tiempo los enemigos de la libertad han ido tejiendo alrededor del liberalismo. Como colofón de esta magistral obra se aportan las entrevistas realizadas a dos liberales de pro: el catedrático de economía Jesús Huerta de Soto y el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. Conversaciones de las que se desprende la pasión por unas ideas que liberaron al mundo de la opresión y cerraron las puertas del Antiguo Régimen.

Mas leyendo las palabras de Héctor Ñaupari, vino a mi mente la amarga advertencia de Murray Rothbard, ilustre miembro de la Escuela Austriaca de Economía. Quien en su libro “Hacia una Nueva Libertad: El manifiesto libertario” nos prevenía sobre el empeño de ciertos sectores en retornar al pasado, al objeto de recuperar nuevamente sus privilegios. Llevando a cabo, para conseguir tal propósito, una dantesca campaña mediática que busca confundir a la población. Rebautizando vocablos y reinterpretando los hechos. Desplazando al liberalismo y utilizando la táctica del enemigo único, al verter sobre él los males padecidos por el difamador. Describiendo Rothbard este proceso histórico de la siguiente manera:

“(…) El objetivo de los liberales fue recuperar la libertad individual en todos sus aspectos. En la economía, se redujeron drásticamente los impuestos, se eliminaron los controles y las regulaciones; la energía humana, la empresa y los mercados quedaron en libertad para crear y producir en intercambios que beneficiarían a todos, y también a la masa de los consumidores. Por fin los emprendedores serían libres para competir, desarrollarse y crear. Desaparecerían las trabas impuestas sobre la tierra, el trabajo y el capital. La libertad personal y la libertad civil quedarían garantizadas contra las depredaciones y la tiranía del rey o sus elegidos. (…) La paz fue, también, el dogma de política exterior de los nuevos liberales clásicos; el antiguo régimen de engrandecimiento imperial y estatal en busca de poder y riqueza sería reemplazado por una política exterior de paz y libre comercio con todas las naciones. (…)

(…) hacia comienzos del siglo XIX, se denominaba a las fuerzas del “laissez-faire” “liberales” o “radicales” (a los más puros y más coherentes de ellos), y la oposición que deseaba preservar el Antiguo Orden o volver a él era ampliamente conocida como los “conservadores.”(…)

(…) Hacia mediados, y sobre todo hacia finales del siglo XIX, los conservadores comenzaron a darse cuenta de que su causa estaba inevitablemente perdida si insistían en aferrarse al pedido de cancelación absoluta de la Revolución Industrial y de su enorme aumento en los niveles de vida del público, así como también si continuaban oponiéndose a la ampliación del sufragio, con lo cual se manifestaban abiertamente opositores a los intereses de ese público. Por ende, el “ala derecha” (un nombre basado en un hecho casual, a saber, que durante la Revolución Francesa el vocero del Antiguo Régimen se sentaba a la derecha de la Asamblea) decidió cambiar su funcionamiento y actualizar su credo estatista eliminando la oposición categórica hacia el industrialismo y el sufragio democrático. Los nuevos conservadores sustituyeron el antiguo odio y desprecio del conservadurismo hacia las masas por el engaño y la demagogia, cortejándolas con los siguientes argumentos: “Nosotros también estamos a favor del industrialismo y de un nivel de vida más alto. Pero para alcanzar esos fines, debemos sustituir la rapacidad del mercado libre y competitivo por la cooperación organizada; y, por sobre todas las cosas, debemos reemplazar los principios liberales de paz y libre comercio, que destruyen a la nación, glorificando la guerra, el proteccionismo, el imperio y las proezas militares.” Para lograr todos estos cambios, se necesitaba un Gobierno Grande, en lugar de uno mínimo.

Y por lo tanto, a fines del siglo XIX retornaron el estatismo y el Gobierno Grande, pero exhibiendo ahora una cara favorable a la industrialización y al bienestar general. El Antiguo Régimen retornó, aunque esta vez los beneficiarios resultaron ligeramente alterados: ya no eran tanto la nobleza, los terratenientes feudales, el ejército, la burocracia y los comerciantes privilegiados (que deseaban mantener el sistema restrictivo “mercantilista” (…) de altos impuestos, controles y privilegios monopolísticos otorgados por el gobierno), sino más bien el ejército, la burocracia, los debilitados terratenientes feudales y, sobre todo, los fabricantes privilegiados. Liderada por Bismarck en Prusia, la Nueva Derecha formó un colectivismo de extrema derecha basado en la guerra, el militarismo, el proteccionismo y la cartelización compulsiva de los negocios y las industrias – una gigantesca red de controles, regulaciones, subsidios y privilegios que forjaron una gran coalición del Gobierno Grande con ciertos elementos privilegiados en las grandes empresas e industrias.

Había que hacer algo, además, respecto del nuevo fenómeno del gran número de trabajadores industriales asalariados: el “proletariado”. Durante el siglo XVIII y comienzos del XIX, en realidad hasta bien entrado el siglo XIX, la masa de trabajadores apoyaba el “laissez-faire” y el libre mercado competitivo como lo mejor para sus salarios y condiciones laborales, como obreros, y para un rango cada vez más amplio de bienes de consumo baratos, como consumidores. Incluso los primeros gremios, por ejemplo en Gran Bretaña, creían firmemente en el “laissez-faire”. Los nuevos conservadores, guiados por Bismarck en Alemania y Disraeli en Gran Bretaña, debilitaron la voluntad libertaria de los trabajadores derramando lágrimas de cocodrilo respecto de las condiciones de la mano de obra industrial, cartelizando y regulando la industria, poniendo trabas intencionalmente a la competencia eficiente.

Por último, a principios del siglo XX, los nuevos conservadores, el “Estado Corporativista”- entonces y ahora, el sistema político dominante en el mundo occidental – incorporaron a gremios “responsables” y corporativistas como socios menores del Gobierno Grande y favorecieron a las grandes empresas en el nuevo sistema de decisión estatista y corporativista. Para establecer este nuevo sistema, para crear un Nuevo Orden que era una versión modernizada y disfrazada del Ancien Régime anterior a las Revoluciones Estadounidense y Francesa, las nuevas élites gobernantes debían tender una gigantesca estafa al engañado público, un engaño que continúa en la actualidad.(…)

(…) Si los liberales partidarios del “laissez-faire” estaban confundidos por ese nuevo recrudecimiento del estatismo y el mercantilismo, ahora como “estatismo progresista corporativo”, otra razón para la decadencia del liberalismo clásico hacia fines del siglo XIX fue el crecimiento de un nuevo movimiento peculiar: el socialismo. Éste comenzó en la década de 1830 y se expandió enormemente después de 1880. Su peculiaridad consistía en que se trataba de un movimiento confuso e híbrido, influido por las dos ideologías polarmente opuestas y preexistentes, el liberalismo y el conservadurismo. De los liberales clásicos, los socialistas tomaron una franca aceptación del industrialismo y de la Revolución Industrial, una temprana glorificación de la “ciencia” y la “razón”, y una devoción, al menos retórica, por los ideales liberales clásicos tales como la paz, la libertad individual y un nivel de vida ascendente. (…)

(…) El socialismo era un movimiento confuso e híbrido porque intentaba alcanzar los objetivos liberales de libertad, paz, armonía industrial y crecimiento – que sólo pueden ser logrados a través de la libertad y la separación del gobierno de casi todo – imponiendo los antiguos medios conservadores del estatismo, el colectivismo y el privilegio jerárquico. Estaba destinado a fracasar, y de hecho fracasó (…).

(…) Hasta fines de 1848, los militantes del liberalismo francés del “laissez-faire”, como Frédéric Bastiat, se sentaron a la izquierda en la asamblea nacional. Los liberales clásicos habían comenzado como el partido radical, revolucionario en Occidente, como el partido de la esperanza y del cambio en nombre de la libertad, la paz y el progreso. Fue un grave error estratégico dejarse desplazar, permitir que los socialistas se presentaran como el “partido de la izquierda”, dejando a los liberales falsamente colocados en una posición centrista poco clara, con el socialismo y el conservadurismo como polos opuestos. Dado que (…) es precisamente un partido de cambio y de progreso hacia la libertad, al abandonar ese rol abandonaron también gran parte de su razón de ser, en la realidad o en la mente del público. (…)”

Volver a ese rol es lo que pretende Héctor Ñaupari, definiendo en “Páginas Libertarias” claras estrategias que nos retornarían a él si se llevasen a cabo. Recordándonos que es obligación de todo aquel que se sienta liberal aportar su granito de arena en tan ardua tarea. Es por ello que animo al lector a profundizar en los fundamentos de esta corriente a través de los escritos del abogado y escritor Héctor Ñaupari.

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