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Caí vencido con los primeros rayos de sol. Aquel libro me atrapaba poderosamente. Mostrándose ante mí como el más preciado cofre. Recipiente que guardaba celosamente la pócima que curaría a nuestra patria de los grandes males que la aquejaban. Pesares que durante casi dos siglos han provocado que sus dos lados opuestos se enfrenten perennemente. Sendas caras de una misma España, que inocula su letal veneno en todo aquel que ose transitar por sus entrañas. Resultando de clamorosa vigencia los tristes versos del poeta Antonio Machado (1875-1939) cuando entonaba:
“Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.”
Historias de odios y rencores, de envidias y traiciones, que nos atrapan entre sus redes, imposibilitándonos alcanzar la tan anhelada Tercera España. La que describiera Salvador de Madariaga como: la de la libertad, la integración y el progreso.
Con tales pensamientos me fui adentrando lentamente en los dominios de la ensoñación. Campo plagado de escenas reales e irreales, de susurros y lamentos. En ese momento, inesperadamente, un aire frío inundó la estancia, irrumpiendo, entre difusas imagines del más allá, los espíritus de mi abuela y mi tía Clara. Ambas compungidas y con lágrimas en los ojos me aclamaban: “Cuida de Libertad. No permitas que Don Oprobio llega a ella.” Propiciando tan fantasmagórica escena nuevamente mi desvelo.
Y allí tumbado en la cama, percibía nítidamente los intensos bramidos del aire que tocaban en mi ventana como para que los dejara entrar. Desde hacía tiempo intuía un grave presagio, mas me negaba a advertir tal premonitoriedad.
Siempre ella, Libertad, mi querida prima Libertad. Hermosa y ausente. A veces, si cierro los ojos, aún la veo de pie en la estación. La misma tarde gris de un domingo de septiembre, cuando le dijo adiós a su amado Luis. O sentada ante una taza de té en el bar municipal, mientras el programa “te rondaré morena” de “Radio Vecindad”, emitía un dulce bolero del célebre maestro Armando Manzanero.
Incluso memoré las graves advertencias que le hacía Frédéric:
“Libertad, no sabes donde te metes, lo que hasta ahora te han hecho a ti y a los tuyos es poco. Aquí no hay nada personal contigo, no lo olvides nunca, simplemente eres un estorbo en medio de sus intereses económicos. No dudarán ni un minuto en eliminarte. Y cuentan con el apoyo de otras personas, ubicadas en los puestos que menos te imaginas.
Déjalo ya. Acuérdate de los disparos inferidos al primer edil del municipio alicantino de Polop de la Marina, mientras aparcaba el coche frente a su casa. El asesinato del de Fago. ¿Quieres acabar así? No tienes pruebas. Aunque los que vivamos en Matahambre alberguemos fundadas sospechas sobre lo que expones, no existe ningún documento que lo acredite. Y sin algo que los incrimine es imposible que se les pueda imputar un determinado hecho delictivo.”
Fragmentos pronunciados por el descendiente de Bastiat, que más parecieran el epílogo de un dramático relato. Donde confluyen todo tipo de tragedias, salvo un dichoso desenlace.
Tal vez fuera cierto y las nefastas costumbres que lastraban a nuestra frágil democracia fuera harto difícil erradicarlas. Arraigadas poderosamente en su simiente. Corroyendo sibilinamente sus adentros. ¿Y qué podría hacer Libertad para terminar con semejante infortunio? ¿Tendría idéntico fin al del salmón, que tras luchar denodadamente contra la adversa corriente, acaba pereciendo en el ocaso de su angustiado viaje?
Ideas que torturaban mi débil mente, aplacadas si cabe, ligeramente, por la melodía proveniente del longevo transistor del salón. Un hermoso poema de Antonio Machado cantado: “A un olmo seco”, que rezumaba melancolía y esperanza. Sentimientos que embargaban en ese instante mi quebradizo corazón. Esperanza en un mañana mejor y en un feliz término para Matahambre y sus gentes.
Debía proseguir, no podía dejar de leer aquella obra. Pues quizás, entre sus fragmentos, surgiera la respuesta a nuestras plegarias. Aquella que nos indicara el camino a tomar, hacia un sistema mucho más justo y equitativo. Donde las inquietas almas como la de Libertad encontrasen plena cabida y encaje.
(José Ortega y Gasset)
En Diciembre de 1930 se produce la sublevación de Jaca. Organizada por representantes de distintas corrientes, previamente reunidos en Agosto de ese año en San Sebastián, al objeto de diseñar la estrategia para derrocar a la Monarquía. No obstante, el conato disidente fue controlado por el gobierno y encarcelados sus confabuladores. Mas los acontecimientos que provocarían la caída del régimen se precipitarían.
En Febrero de 1931, lo más granado del liberalismo español: José Ortega y Gasset (1883-1955), Gregorio Marañón (1887-1960) y Ramón Pérez de Ayala (1880-1962), crean la “Agrupación al Servicio de la República”. Teniendo lugar su primer acto público el 14 de Febrero, en el teatro Juan Bravo de Segovia, presidido por el poeta Antonio Machado. Inicialmente se erigiría exclusivamente como un colectivo de intelectuales y profesionales que pretendían promover la concepción de un nuevo Estado. Transformándose posteriormente en partido político, luego del amplio respaldo social recibido. Presentándose en las elecciones constituyentes convocadas el 28 de Junio de 1931 con un programa eminentemente liberal, donde sus promotores, entre otros miembros de la formación, obtendrían acta de diputado. Si bien su aparición como futuro movimiento se escenificaría mediante el manifiesto fundacional publicado el 10 de Febrero de 1931 en “El Sol”. Del cual destacan, por su premonitoriedad al respecto de la etapa actual, los ulteriores pasajes:
“Cuando la historia de un pueblo fluye dentro de su normalidad cotidiana, parece lícito que cada cual viva atento sólo a su oficio y entregado a su vocación. Pero cuando llegan tiempos de crisis profunda (…) es obligatorio para todos salir de su profesión y ponerse sin reservas al servicio de la necesidad pública. Es tan notorio, tan evidente, hallarse hoy en España en una situación extrema de ésta índole, que estorbaría encarecerlo con procedimientos de inoportuna grandilocuencia. (…)
(…) El Estado español tradicional llega al grado postrero de su descomposición. No procede ésta de que encontrase frente a sí la hostilidad de fuerzas poderosas, sino que sucumbe corrompido por sus propios vicios sustantivos. (…) Un sistema de Poder público (…) que ha sido una asociación de grupos particulares, que vivió parasitariamente sobre el organismo español, usando del Poder público para la defensa de los intereses parciales que representaba. Nunca se ha sacrificado aceptando con generosidad las necesidades vitales de nuestro pueblo (…).
(…) Nosotros creemos que ese viejo Estado tiene que ser sustituido por otro auténticamente nacional. Esta palabra “nacional” no es vana; antes bien, designa una manera de entender la vida pública, que lo acontecido en el mundo durante los últimos años de nuevo corrobora. (…) Un pueblo es una gigantesca empresa histórica, la cual sólo puede llevarse a cabo o sostenerse mediante la entusiasta y libre colaboración de todos los ciudadanos unidos bajo una disciplina, más de espontáneo fervor que de rigor impuesto. La tarea enorme e inaplazable de remozamiento técnico, económico, social e intelectual que España tiene ante sí no se puede acometer si no se logra que cada español de su máximo rendimiento vital. Pero esto no es posible si no se instaura un Estado que, por la amplitud de su base jurídica y administrativa, permita a todos los ciudadanos solidarizarse con él y participar en su alta gestión. (…) Que despierte en todos los españoles, a un tiempo, dinamismo y disciplina, llamándolos a la soberana empresa de resucitar la historia de España, renovando la vida peninsular en todas sus dimensiones, atrayendo todas las capacidades, imponiendo un orden de limpia y enérgica ley, dando a la justicia plena transparencia, exigiendo mucho a cada ciudadano, trabajo, destreza, eficacia, formalidad y la resolución de levantar nuestro país hasta la plena altitud de los tiempos. (…)
(…) Importa mucho que España cuente pronto con un Estado eficazmente constituido, que sea como una buena máquina en punto, porque, bajo las inquietudes políticas de estos años, late algo todavía más hondo y decisivo: el despertar de nuestro pueblo a una existencia más enérgica, su renaciente afán de hacerse respetar e intervenir en la historia del mundo. (…) Pero su realización supone que las almas españolas queden liberadas de la domesticidad y el envilecimiento en que (se) las ha mantenido. (…)”
(Gregorio Marañón)
El 16 de ese mes cae el gobierno de Dámaso Berenguer (1873-1953), tras lo que Alfonso XIII designaría a Juan Bautista Aznar-Cabañas (1860-1933) como Presidente del mismo. Quien convocaría elecciones municipales para el 12 de Abril. Comicios que tomaron un marcado carácter plebiscitario sobre la monarquía y la propia figura de Alfonso XIII.
La rotunda victoria de los republicanos en las grandes ciudades y sobre todo en Madrid, y teniendo en cuenta el profundo conocimiento que sobre el fenómeno caciquil radicado en los núcleos rurales albergaban la plenitud de fuerzas políticas, determinaron la proclamación de la Segunda República el día 14. Fecha en la que se exiliaría igualmente el Rey. De lo que dan fe sus siguientes declaraciones, redactadas el día 13:
“(…) Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil (…)
Enunciando al abandonar España rumbo a París tan memorables palabras:
(…) Espero que no habré de volver, pues ello sólo significaría que el pueblo español no es próspero ni feliz.”
Con ello se daba por culminada la era monárquica, acusando las Cortes al soberano de alta traición a través de una ley promulgada el 26 de Noviembre de 1931. La cual sería derogada por otra rubricada por Franco el 15 de Diciembre de 1938. Pese a la amistad que unía a ambos, al concluir la guerra civil y no restituir Franco al soberano en su puesto, Alfonso XIII manifestaría: “Elegí a Franco cuando no era nadie. Él me ha traicionado y engañado a cada paso.” No volviéndose a restaurar la Monarquía hasta 1975.
(Ramón Pérez de Ayala)
A pesar de que la Segunda República comenzó con gran algarabía y júbilo por parte de la población, quienes se lanzaron rápidamente a la calle para celebrarlo, pronto se transformaría en confrontación y confusión. Una vez más el espectro de “las dos Españas”, como las definiera José Ortega y Gasset. Una “que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida”. Y otra “España vital, sincera, honrada, la cual estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia.” Sembraría de lúgubres sombras el horizonte. Y es que nuestra historia nos evidencia pertinazmente, desde hace casi dos siglos, nuestra incapacidad para pasar página y sumergirnos en la Tercera España. Aquella que describió Salvador de Madariaga como: la de la libertad, la integración y el progreso.
Igual que la irrupción de los nacionalismos y regionalismos se gesta en nuestro país durante el último tercio del siglo XIX. Cuyo auge se impulsa por la aparición en escena de una próspera burguesía proveniente del desarrollo industrial de ciertas regiones: País Vasco, Cataluña, Asturias. La Revolución industrial, paralela al “Estado Liberal”, suscitó la cristalización de una nueva clase, el movimiento obrero. Quienes reivindicarán su derecho a participar en la vida política, al objeto de defender sus intereses en sede parlamentaria. Dando paso, tras la aprobación del sufragio universal, primeramente masculino y después también femenino, al “Estado democrático de derecho”. Corrientes fuertemente influenciadas por el pensamiento filosófico de Karl H. Marx (1818-1883). Siendo abanderadas en nuestra patria por Pablo Iglesias (1850-1925), el que fuera fundador, junto a otros, del PSOE.
Teorías que germinan en España gracias al importante desarrollo económico, social y cultural que aconteció bajo el reinado de Alfonso XIII de Borbón. No en vano esta etapa es calificada como la “Edad de Plata de las letras y las ciencias españolas”. Periodo que queda magistralmente descrito por Salvador de Madariaga: “Bajo Alfonso XIII, España llega a ser nación industrial, alcanza el mayor nivel de población desde época romana, retorna a adornar el mundo de la cultura, que casi había abandonado desde que con tanto esplendor brilló en el siglo XVI, vuelve a plena participación en la política internacional durante la guerra europea y al abrirse la cuestión de Marruecos; reconquista espiritualmente la América que había descubierto, poblado, civilizado y perdido, y, por último, ve grandes problemas sociales y nacionales surgir en su vida interior y estimular su pensamiento político.” (“España. Ensayo de historia contemporánea”).
Mostrándose como un elemento trascendental a valorar, para comprender nuestra política actual, el surgimiento de los partidos de masas, vinculados al referido colectivo: el proletariado.
Habiendo predominado hasta ese momento los partidos de notables o de cuadros. Categoría en la que se circunscribían las formaciones liberales de Cánovas y Sagasta. Cuyos miembros eran reclutados a razón de determinadas cualidades especiales: capacidad económica, prestigio social, influencia intelectual. Configurándose en una amalgama de intereses particulares, muy a tener en cuenta en cualquier decisión final a tomar. Esta fórmula subsiste únicamente hoy en día en Estados Unidos, donde sus principales partidos se erigen como inmensas confederaciones compuestas de dispares grupos locales. Donde en el voto de un cargo electo, ya pertenezca a la Cámara de Representantes o Senado, prima muchas veces más el temor a rendir cuentas ante el ciudadano, de quien depende que renueve o no otra vez el escaño, que lo decretado por su propia organización. Manifiestamente desigual a lo que sucede habitualmente en nuestro territorio nacional, debido mayormente a las considerables disparidades entre ambos sistemas electorales.
Los partidos de masas, en pro de su subsistencia, intensificarán sus esfuerzos hacia la masiva captación de afiliados. La preponderancia que otorgan a la cantidad y no la calidad, se ha de explicar atendiendo a dos vertientes: por un lado la exigencia de cubrir carencias económicas mediante la aportación de cuotas por parte de sus afiliados, valiéndose además de su colaboración voluntaria en las variadas actividades de la organización; y por otra parte brindando al pueblo la oportunidad de acceder al poder sin restricción alguna. Entre los efectos adversos que este modelo ocasiona se englobarían la tendencia a la burocratización y a la profesionalización de sus dirigentes. Lo que desencadena su gradual distanciamiento de las bases. Significativo obstáculo para que no se de la obligatoria renovación en los cargos orgánicos, y por ende en los públicos, ya que de los orgánicos depende la elección de estos últimos.
Hacia finales del siglo XX los mencionados partidos de masas evolucionarán hacia el prototipo actual: “partidos atrapa-todo”. Denominados de esta forma porque su fin último es concitar el máximo número de apoyos en las urnas, para lo que diluyen su ideario y lo envuelven con axiomas universales, de fácil asimilación por el conjunto de la sociedad. Eludiendo identificarse excesivamente con segmento alguno, para no ser rechazados por el resto. Utilizando mensajes vagos, que sufren una constante transformación, atendiendo a los requerimientos de cada momento. Burocratizándose los partidos en demasía y transformándose sus dirigentes en absolutos profesionales de la política. Quienes ya no son individuos civiles que, en un momento determinado de su trayectoria laboral en el ámbito privado, optan por volcar sus conocimientos en la vida pública, sino sujetos que no conocen más oficio que la propia política.
Conduciendo, en su grado sumo, a organizaciones afectadas por el síndrome de regresión paranoide. Con una clara sintomatología. Fragmentación en diversos grupos, atrincherados en pequeños reinos que ya no comparten un proyecto común, sino únicamente el propio. Tendencia a la traición. Ahondamiento de las heridas, hasta convertirlas en insalvables. Promocionando a caudillos que se valen de cualquier atajo para sostenerse en su puesto, exclusiva forma de ganarse su sustento. En tanto en cuanto los demás callan por temor a ser sancionados y verse expulsados de los núcleos del poder. Avocando a los afiliados de valía a echarse a un lado, con tal de no ser arrollados por el turbulento vendaval. Amordazando normalmente a su máximo líder, el cual está abocado a ceder a sus caprichos en pro de no ser derrocado. Estado que conforma el paso previo para la refundación o extinción de la dolorida formación.
Entre los cuadros pintados por Joaquín Sorolla (1863-1923) se encuentra el celebérrimo retrato del escritor liberal canario: Benito Pérez Galdós, pintado en 1894. Imagen enormemente familiar para los españoles, ya que durante muchos años estuvo impresa en los antiguos billetes de mil pesetas.
Lienzo propiedad del Cabildo de Gran Canaria, quien lo adquirió en 1973, tras comprarlo a los nietos del simpar novelista. Y que habitualmente se encuentra colgado de las paredes de la Casa-Museo Pérez Galdós, cita en la capital de la isla.
Es en esa cosmopolita ciudad, punto de encuentro de culturas y civilizaciones, caracterizada por su tricontinentalidad, a caballo entre América, África y Europa, donde nace el más importante novelista nacional después de Cervantes. Concretamente el 10 de Mayo de 1843. Y será ahí donde comenzará a impregnarse del espíritu liberal de la época, gracias al aprendizaje adquirido en el Colegio San Agustín, en el que ingresó en 1852. Centro que divulgaba las corrientes imperantes en Europa a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Abogando por la búsqueda de la verdad a través de la observancia rigurosa de la realidad y la experimentación. Transmitiéndoles los docentes a sus pupilos las avanzadas teorías del momento, tales como la evolución de las especies de Darwin.
Su timidez y parquedad en palabras le acompañarán desde su niñez hasta el final de sus días. Así como su afición al dibujo y al piano. Siendo en su tierra natal donde comenzarán sus incursiones en el mundo de la literatura, mediante multitud de colaboraciones en los más populares periódicos insulares.
Después de cursar el bachillerato en el Instituto de la Laguna, marchará a Madrid para matricularse en la facultad de Derecho. No obstante, pronto abandonará los estudios para dedicarse en cuerpo y alma al noble arte de reflejar las vivencias de nuestra sociedad.
A pesar de no ser declarado el mentor de la Generación del 98, son numerosas las coincidentes características de este grupo con los textos galdosianos: su interés por el paisaje patrio; por las costumbres de sus gentes; su fascinación por los autores clásicos y sus personajes, y en especial por “El Quijote” de Cervantes. Recreando asiduamente en sus libros la paranoia, la esquizofrenia, la imposibilidad de distinguir entre el mundo real del inventado. Sin olvidar su preocupación por la debilidad de España. Estado anclado en el pasado, incapaz de adaptarse al progreso. Por otro lado, su postura también fue siempre contraria a cualquier fanatismo dogmático.
Son propios de su estilo: la exactitud de sus descripciones; el conocimiento de la condición humana, que recrean en el lector la sensación de acontecimientos ya vividos. Destacando su maestría en el uso del diálogo, no buscando el preciosismo, sino la cercanía del lenguaje, sin eludir vocablos empleados cotidianamente por el pueblo, a pesar de que pudieran ser considerados un tanto soeces. Si populares fueron sus narraciones, no menos sus piezas teatrales. Aunque sin duda el máximo exponente de la genialidad de todos los tiempos serán sus “Episodios Nacionales”, que arrancan con la guerra romántica por excelencia, la de la Independencia.
Su hechizo por España lo llevará a adentrarse en la política activa, inicialmente como diputado de la mano del partido liberal de Sagasta. Faceta que aprovecharán sus adversarios para emprender una campaña de desprestigio contra su obra y su persona, lo que propiciará que la academia sueca no le otorgue el Premio Nobel. Sin embargo, si se le concedió un sillón en la Real Academia de la Lengua Española.
Galdós murió en Madrid, cuyos habitantes en infinidad de veces describió, el 4 de Enero de 1920, ciego y pobre, pero vitoreado por sus residentes. Ese día su cuerpo inerte que yacía en su domicilio envuelto en la bandera española, salió de su hogar para dirigirse solemnemente al cementerio de la Almudena, acompañado por más de 20.000 madrileños.
Serán posteriormente los intelectuales de la generación del 14 quienes más datos nos aportarán sobre la vida de Don Benito y su carácter singular: enamoradizo, dadivoso y desprendido por igual: Ramón Pérez de Ayala, Madariaga.
“En una ocasión don Gabino Pérez, su editor, le quiso comprar en firme sus derechos literarios de las dos primeras series de los Episodios nacionales por quinientas mil pesetas, una fortuna entonces. Don Benito replicó: «Don Gabino, ¿vendería usted un hijo?». Y, sin embargo, don Benito no sólo no disponía jamás de un cuarto, sino que había contraído deudas enormes. Las flaquezas con el pecado del amor son pesadas gabelas. Pero éste no era el único agujero por donde el diablo le llevaba los caudales, sino, además, su dadivosidad irrefrenable, de que luego hablaré. En sus apuros perennes acudía, como tantas otras víctimas, al usurero. Era cliente y vaca lechera de todos los usureros y usureras madridenses, a quienes, como se supone, había estudiado y cabalmente conocía en la propia salsa y medio típico, con todas sus tretas y sórdida voracidad. ¡Qué admirable cáncer social para un novelista! (Léase su Fortunata y Jacinta y la serie de los Torquemadas). Cuando uno de los untuosos y quejumbrosos prestamistas le presentaba a la firma uno de los recibos diabólicos en que una entrega en mano de cinco mil pesetas se convierte, por arte de encantamiento, con carácter de documento ejecutivo o pagaré al plazo de un año, en una deuda imaginaria de cincuenta mil pesetas, don Benito tapaba con la mano izquierda el texto, sin querer leerlo, y firmaba resignadamente. Los intereses de la deuda ficticia así contraídos le llevaban casi todo lo que don Benito debía recibir por liquidaciones mensuales de la venta de sus libros. Muy pocos años antes de la muerte de don Benito, un periodista averiguó por esto su precaria situación económica y la hizo pública, con que se suscitó un movimiento general de vergüenza, simpatía y piedad(…). A principios de mes acudían a casa de don Benito, o bien le acechaban en las acostumbradas calles, atajándole al paso, copiosa y pintoresca colección de pobres gentes, dejadas de la mano de Dios; pertenecían a ambos sexos y las más diversas edades, muchos de ellos de semblante y guisa asaz sospechosos; todos, de vida calamitosa, ya en lo físico, ya en lo moral, personajes cuyas cuitas no dejaba de escuchar evangélicamente(…). Don Benito se llevaba sin cesar la mano izquierda al bolsillo interno de la chaqueta, sacaba esos papelitos mágicos denominados billetes de banco, que para él no tenían valor ninguno sino para ese único fin, y los iba aventando.”
Ramón Pérez de Ayala, «Más sobre Galdós», en Divagaciones literarias, Madrid: Biblioteca Nueva, 1958, pp. 162–163.
(“Riña a garrotazos”. Cuadro pintado por Goya, donde refleja el antagonismo de las Dos Españas.)
Mención especial hacía Francisco al respecto de la controvertida cuestión de los nacionalismos y regionalismos españoles. Recordándonos nuevamente nuestros ya casi dos siglos de enfrentamientos continuos. Negándose a pertenecer a ninguna de “las dos Españas”, como las definiera José Ortega y Gasset. Una “que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida”. Y otra “España vital, sincera, honrada, la cual estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia.” Lados opuestos de una misma realidad, que durante largo tiempo han protagonizado todo tipo de lides intestinas.
Mostrándose el gerente de “Radio Vecindad” y editor del periódico vespertino, de ámbito local, “El Pobrecito Hablador”, al igual que otros tantos liberales nacionales, deseoso de pasar página y sumergirse en la Tercera España. Aquella que describió Salvador de Madariaga como: la de la libertad, la integración y el progreso.
Esa integración aclamada por un atormentado Blanco White en los albores de nuestro constitucionalismo. Quien preconizó sabiamente que negar tal parámetro nos abocaría a un contexto de perennes revueltas, auspiciadas por los que se considerasen apartados del poder en cada etapa, en pro de retornar al mismo. Y lamentablemente no erró en sus vaticinios.
Reproducía con amargura el periodista, en su último libro editado, una frase esbozada por el expresidente Adolfo Suárez, en 1980: “Brindo por el pueblo español, esperando que tenga unos dirigentes mejores que los que actualmente posee”. Y a veces al observar con estupor los titulares de prensa, me pregunto si tan excelso político comenzó a intuir en aquel instante lo que años después acontecería. Cuentan que ha borrado los recuerdos de su memoria. No obstante, de haberlos conservado intactos, quizás no soportaría la congoja que le produciría el percatarse de los sinuosos caminos por los que es conducida nuestra democracia. Empecinada en desandar lo ya andado y en abrir heridas que se presumían absolutamente cicatrizadas.
(Grabado de Goya bajo el título: “Sueño de la mentira y la inconstancia”)
Para los analistas del momento nuestra Transición se convirtió en ejemplo a copiar, por las dictaduras latinoamericanas en la década de los 80 y para el este de Europa desde 1989. Por su capacidad de consenso, plasmada en la Constitución de 1978. En cuyo artículo 2 se recoge:
“La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.”
Ya que como bien ha aseverado el Tribunal constitucional, nuestra actual Carta Magna “(…) no es el resultado de un pacto entre instancias territoriales históricas que conserven unos derechos anteriores a la Constitución y superiores a ella, sino una norma del poder constituyente que se impone con fuerza vinculante general en su ámbito, sin que queden fuera de ella situaciones históricas anteriores. (…)” (STC 76/1998, de 26 de Abril, Fundamento Jurídico Tercero)
Mas la Disposición Adicional Primera de nuestra norma jurídica suprema dice:
“La Constitución ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales.
La Actualización general de dicho régimen foral se llevará a cabo, en su caso, en el marco de la Constitución y de los Estatutos de Autonomía”.
No obstante, aclara el mencionado órgano en el referido dictamen: “(…) La citada actualización de los derechos históricos supone, en primer lugar, la supresión, o no reconocimiento de aquellos que contradigan los principios constitucionales.(…)” Y es que en virtud del artículo 14 de la CE, todos los españoles somos iguales, no cabiendo discriminación alguna por razón de nacimiento.
Concluyendo ese capítulo de la obra: “El vituperado sistema electoral de la Restauración y sus similitudes con la partidocracia vigente”, con una recopilación de ciertos fragmentos de un enardecido discurso pronunciado por José Ortega y Gasset, que por aquel entonces ocupaba un escaño de diputado por León, en la sesión de las Cortes del 13 de Mayo de 1932. A tenor del debate suscitado en torno al Estatuto de Cataluña.
“Siento mucho no tener más remedio que hacer un discurso doctrinal, (…) sobre el problema catalán. (…)
(…) Porque acontece que el debate constitucional en su realidad no coincide. (…).
(…) Sobre (…) el Estatuto catalán, es preciso que el Parlamento se resuelva a salir de sí mismo, de ese fatal ensimismamiento en que ha solido vivir hasta ahora, y que ha sido causa de que gran parte de la opinión le haya retirado la fe y le escatima la esperanza.(…)
(….) Ahí tenemos ahora España toda, tensa y fija su atención en nosotros. No nos hagamos ilusiones: fija su atención, no fijo su entusiasmo. (…)
(…) Lo más inmediato y concreto con que nos encontramos del problema catalán es ese proyecto de Estatuto que la Comisión nos presenta y alarga; y de él, el artículo Iº del primer título. (…) Antes de ese primer artículo del primer título hay otra cosa, para mí la más grave de todas, con la que nos encontramos. Esa primera cosa es el propósito, la intención con que nos ha sido presentado este Estatuto. (…) Lo habéis oído una y otra vez, con persistente reiteración, desde el advenimiento de la República. Se nos ha dicho: “Hay que resolver el problema catalán y hay que resolverlo de una vez para siempre, de raíz. La república fracasaría si no lograse resolver este conflicto que la monarquía no acertó a solventar”.
Yo he oído esto muchas veces y otras tantas me he callado, porque a las palabras habían precedido los actos y por muchas otras razones. Aunque me gusta grandemente la conversación, no creo ser hombre pronto ni largo en palabras. A defecto de mejores virtudes, sé callar largamente y resistir a las incitaciones que obligan a los hombres, que les fuerzan para que hablen a destiempo. Pero ha llegado el minuto preciso en que hay que quebrar ese silencio y responder a lo tantas veces escuchado, que si se trata no más que de una manera de decir, de un mero juego enunciativo, esas expresiones me parecen pura exageración y, por tanto, peligrosas; pero si, como todos presumimos, no se trata de una figura de dicción, de una eutrapelia, que sería francamente intolerable en asunto y sazón tan grave, si se trata en serio de presentar con este Estatuto el problema catalán para que sea resuelto de una vez para siempre, de presentarlo al Parlamento y a través de él al país, adscribiendo a ello los destinos del régimen, ¡ah!, entonces yo no puedo seguir adelante, sino que, frente a este punto previo, frente a este modo de planteamiento radical del problema, yo hinco bien los talones en tierra, y digo: ¡alto!, de la manera más enérgica y más taxativa. Tengo que negarme rotundamente a seguir sin hacer antes una protesta de que se presente en esta forma radical el problema catalán a nuestra Cataluña y a nuestra España, porque estoy convencido de que es ello, por unos y por otros, una ejemplar inconsciencia. ¿Qué es eso de proponernos conminativamente que resolvamos de una vez para siempre y de raíz un problema, sin parar en las mientes de si ese problema, él por sí mismo, es soluble, soluble en esa forma radical y fulminante? ¿Qué diríamos de quien nos obligase sin remisión a resolver de golpe el problema de la cuadratura del círculo? Sencillamente diríamos que, con otras palabras, nos había invitado al suicidio. (…)
(…)Cualquiera diría que se trata de un problema único en el mundo, que anda buscando, sin hallarla, su pareja en la Historia, cuando es más bien un fenómeno cuya estructura fundamental es archiconocida, porque se ha dado y se da con abundantísima frecuencia sobre el área histórica. Es tan conocido y tan frecuente, que desde hace muchos años tiene inclusive un nombre técnico: el problema catalán es un caso corriente de lo que se llama nacionalismo particularista. No temáis, señores de Cataluña, que en esta palabra haya nada enojoso para vosotros, aunque hay, y no poco, doloroso para todos.
¿Qué es el nacionalismo particularista? Es un sentimiento de dintorno vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara, que se apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir aparte de los demás pueblos o colectividades. Mientras éstos anhelan lo contrario, a saber: adscribirse, integrarse, fundirse en una gran unidad histórica, en esa radical comunidad de destino que es una gran nación, esos otros pueblos sienten, por una misteriosa y fatal predisposición, el afán de quedar fuera, exentos, señeros, intactos de toda fusión, reclusos y absortos dentro de sí mismos. (…)
(…) Los españoles (…) estábamos poseídos por el formidable afán de ser españoles, de formar una gran nación y disolvernos en ella. Por eso, de la pluralidad de pueblos dispersos que había en la Península, se ha formado esta España compacta. (…)
(…) En el pueblo particularista (…) se dan, perpetuamente en disociación, estas dos tendencias: una, sentimental, que le impulsa a vivir aparte; otra, en parte también sentimental, pero, sobre todo, de razón, de hábito, que le fuerza a convivir con los otros en unidad nacional. De aquí que, según los tiempos, predomine la una o la otra tendencia y que vengan etapas en las cuales, a veces durante generaciones, parece que ese impulso de secesión se ha evaporado y el pueblo éste se muestra unido, como el que más, dentro de la gran Nación. Pero no; aquel instinto de apartarse continúa somormujo, soterráneo, y más tarde, cuando menos se espera, como el Guadiana, vuelve a presentarse su afán de exclusión y de huida. (…)
(…)Afirmar que hay en Cataluña una tendencia sentimental a vivir aparte, ¿qué quiere decir, traducido prácticamente al orden concretísimo de la política? ¿Quiere decir, por lo pronto, que todos los catalanes sientan esa tendencia? De ninguna manera. Muchos catalanes sienten y han sentido siempre la tendencia opuesta; de aquí esa disociación perdurable de la vida catalana a que yo antes me refería. Muchos, muchos catalanes quieren vivir con España. (…)
(…) No, muchos catalanistas no quieren vivir aparte de España, es decir, que aun sintiéndose muy catalanes, no aceptan la política nacionalista, ni si siquiera el Estatuto, que acaso han votado. (…)
(…)Frente a ese sentimiento de una Cataluña que no se siente española, existe el otro sentimiento de todos los demás españoles que sienten a Cataluña como un ingrediente y trozo esencial de España, de esa gran unidad histórica, de esa radical comunidad de destino, de esfuerzos, de penas, de ilusiones, de intereses, de esplendor y de miseria, a la cual tienen puesta todos esos españoles inexorablemente su emoción y su voluntad. Si el sentimiento de los unos es respetable, no lo es menos el de los otros, y como son dos tendencias perfectamente antagónicas, no comprendo que nadie, en sus cabales, logre creer que problema de tal condición puede ser resuelto de una vez para siempre. Pretenderlo sería la mayor insensatez, sería llevarlo al extremo del paroxismo, sería como multiplicarlo por su propia cifra; sería, en suma, hacerlo más insoluble que nunca. (…)
(…)Este problema catalán y este dolor común a los unos y a los otros es un factor continuo de la Historia de España, que aparece en todas sus etapas, tomando en cada una el cariz correspondiente. (…)
(…) En vez de pretender resolverlo de una vez para siempre, vamos a reducirlo, unos y otros, a términos de posibilidad, buscando lealmente una solución. (…)
(…)¿Cuál puede ser ella? Evidentemente tendrá que consistir en restar del problema total aquella porción de él que es insoluble, y venir a concordia en lo demás. Lo insoluble es cuanto significa amenaza, intención de amenaza, para disociar por la raíz la convivencia entra Cataluña y el resto de España. Y la raíz de convivencia en pueblos como los nuestros es la unidad de soberanía. (…)
(…) Soberanía es la facultad de las últimas decisiones, el poder que crea y anula todos los otros poderes, cualesquiera sean ellos, soberanía, pues significa la voluntad última de una colectividad. Convivir en soberanía implica la voluntad radical y sin reservas de formar una comunidad de destino histórico, la inquebrantable resolución de decidir juntos en última instancia todo lo que se decida. (…) Por eso es absolutamente necesario que quede deslindado de este proyecto de Estatuto todo cuanto signifique, cuanto pueda parecer amenaza de la soberanía unida, o que deje infectada su raíz. Por este camino iríamos derechos y rápidos a una catástrofe nacional. (…)
(…)¡Creed que es mejor un tipo de solución de esta índole que aquella pretensión utópica de soluciones radicales! La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte. (…)
(…) Tenemos delante la empresa de hacer un gran Estado español. Para eso es necesario que nazca en todos nosotros (…) el entusiasmo constructivo. (…) Este entusiasmo constructivo es un estado de ánimo en que se unen inseparablemente la alegría del proyectar y la seriedad de hacer. (…)
(…) Vayamos, pues, con celeridad, pero sin acritud, con decoro, con exactitud y viendo bien qué es lo que hoy en su profundo corazón múltiple desea el país que hagamos (…)”
(“Aun Aprendo”. Dibujado por Goya)
Interpelándonos postreramente Francisco acerca del mal que aquejaba a nuestra patria, incapaz de aprender de su pasado y condenada a repetir una y otra vez idénticos errores. Porque como brillantemente reflejó el poeta Blas de Otero:
“(…)Siento a España sufrir
sufrimiento de siglos.(…)



















