Jul 18 2010

Capítulo XLVII: La Transición, Suárez y el Rey


(Adolfo Suárez)

La Transición es el período que acontece desde el fallecimiento de Franco, el 20 de Noviembre de 1975, hasta la aprobación de la Constitución española, el 29 de Diciembre de 1978. Aunque lo más acertado sería incluir igualmente la etapa que abarca hasta 1982, donde se siguen detectando elementos similares a los anteriores. Año este último en el que accede al gobierno el PSOE, tras ganar abrumadoramente las elecciones.

Pero si algo caracteriza a esa época es las ansias de libertad que respiraba la sociedad y desde ese sentimiento irrumpe un espíritu de consenso en todos los ámbitos, buscando alcanzar ese bien tan preciado. Nada mejor que las palabras de uno de los más importantes conductores de aquel momento, el expresidentes Adolfo Suárez, para entender tan trascendental contexto:

“Sobre España pesaba una reciente historia plagada de desaciertos políticos, económicos y sociales que nos había conducido a dramáticos enfrentamientos civiles. Nuestro siglo XIX y buena parte del XX es buena prueba de ello. La guerra civil de 1936 no sólo había desgarrado en profundidad las vidas sino, también, las conciencias de muchos españoles. El dilema de las dos Españas, siempre excluyentes y permanentemente enfrentadas, había fabricado en nuestra conciencia colectiva un extraño complejo de inferioridad. Se decía que los españoles no éramos capaces de una convivencia democrática y libre, pacífica y fecunda.

Lo que precisamente se hizo en la Transición fue arrojar por la borda tal lastre. Debíamos convencernos de que nuestra aptitud para la convivencia en libertad no era menor que la de cualquier otro país que viviera una democracia plena. Éramos, a pesar de nuestra larga historia, un pueblo joven. Las generaciones que no habían  conocido la Guerra Civil estaban construyendo una realidad económica y social, abierta al mundo y a los nuevos tiempos.

Pocas veces en nuestra historia política hemos tenido los españoles la sensación de que los objetivos soñados por varias generaciones de compatriotas estaban al alcance de nuestras manos y los podíamos conseguir.”

(Juan Carlos I de España)

Y si primordial fue la figura de Adolfo Suárez, no menos la del monarca Juan Carlos I, que desde el instante inicial en que fue erigido sustituto de Franco en la Jefatura del Estado hizo suyo el deseo de su padre, Don Juan de Borbón (1913-1993), que no era otro que el de instaurar la democracia en España. Inaugurando una nueva Restauración de los Borbonesen el trono. Como ya sucediera anteriormente con su bisabuelo Alfonso XII a finales de 1874. Cumpliendo minuciosamente, como si de una hoja de ruta se tratase, lo proclamado por Don Juan de Borbón en el Manifiesto de Lausana el 19 de Marzo de 1945: “(…) Primordiales tareas serán: aprobación inmediata, por votación popular, de una Constitución política; reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes; establecimiento de una asamblea legislativa elegida por la nación; reconocimiento de la diversidad regional; amplia amnistía política (…)” . Además apuntaba a modo de conclusión: “(…) Espero el momento en que pueda realizar mi mayor anhelo: la paz y la concordia de todos los españoles. (…)”

Mas esa oportunidad sólo se presentó con el ascenso al poder de su hijo. Dando muestras Juan Carlos I de su propósito durante el discurso de su proclamación pronunciado, ante las Cortes, el 22 de Noviembre de 1975:

“(…) Hoy comienza una nueva etapa en la historia de España. (…)

(…) La institución que personifico integra a todos los españoles. (…)

(…)Un orden justo, igual para todos, permite reconocer dentro de la unidad del Reino y del Estado las peculiaridades regionales, como expresión de la diversidad de pueblos que constituyen la sagrada realidad de España. El Rey quiere serlo de todos a un tiempo y de cada uno en su cultura, en su historia y en su tradición.

(…) Una sociedad libre y moderna requiere la participación de todos en los foros de decisión, en los medios de información, en los diversos niveles educativos y en el control de la riqueza nacional. Hacer cada día más cierta y eficaz esa participación debe ser una empresa comunitaria y una tarea de gobierno. (…)”

Plenamente consciente de que únicamente mediante la reconciliación de todos los españoles seríamos capaces de adentrarnos en otra etapa democrática. Pues como aseverara Winston Churchill: “Todos debemos volver la espalda a los horrores del pasado. Debemos mirar al futuro. No podemos permitirnos arrastrar durante los años venideros los odios ni las venganzas que han surgido de las heridas del pasado.” Lo que queda meridianamente explicado por Suárez:

“En mi opinión fue esencial para el éxito del camino emprendido la eliminación del espíritu de revancha. Había que asumir la historia entera de España, sin pensar que el patriotismo y la españolidad eran patrimonio exclusivo de nadie.

No se podía convertir a los vencedores en vencidos y a los vencidos en vencedores. Se trataba de que, de ahora en adelante, no hubiera ni vencedores ni vencidos sino sólo españoles. Había que lograr la definitiva reconciliación nacional cerrando las viejas heridas de la Guerra Civil, sin abrir ninguna nueva.”

Pero la Transición no fue producto de unos pocos, sino de una sociedad entera que estaba decidida a reconquistar la libertad que le había sido usurpada. Porque, parafraseando a Adolfo Suárez: “Hay algo que ni siquiera Dios pudo negar a los hombres: la libertad”.

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Apr 28 2010

500 claves sobre la Transición – Parte II


La Clave: 500 claves de la Transición (VIII)

La Clave: 500 claves de la Transición (IX)

La Clave: 500 claves de la Transición (X)

La Clave: 500 claves de la Transición (XI)

La Clave: 500 claves de la Transición (XII)

La Clave: 500 claves de la Transición (XIII)

La Clave: 500 claves de la Transición (XIV)


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Apr 28 2010

500 claves sobre la Transición – Parte I


Debate emitido en Antena 3, dentro del mítico programa televisivo: La Clave, el 1 de Noviembre de 1991. Presentado por el periodista José Luis Balbín y titulado: “500 claves de la Transición”.

Interviniendo, entre otros:

En el cual se hace alusión a lo que hasta ahora hemos ido exponiendo: la similitud del sistema político vigente con el de la Restauración; el déficit democrático de la partidocracia actual; la necesidad de una reforma constitucional en cuanto a estos aspectos,…Y desde entonces, hasta ahora, nada sobre ello se ha hecho. Más al contrario, casi podríamos afirmar, que incluso ha ido paulatinamente empeorando la situación.

La Clave: 500 claves de la Transición (I)

La Clave: 500 claves de la Transición (II)

La Clave: 500 claves de la Transición (III)

La Clave: 500 claves de la Transición (IV)

La Clave: 500 claves de la Transición (V)

La Clave: 500 claves de la Transición (VI)

La Clave: 500 claves de la Transición (VII)


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Apr 15 2010

Capítulo XXXVII: Irrupción de los partidos de masas


Igual que la irrupción de los nacionalismos y regionalismos se gesta en nuestro país durante el último tercio del siglo XIX. Cuyo auge  se impulsa por la aparición en escena de una próspera burguesía proveniente del desarrollo industrial de ciertas regiones: País Vasco, Cataluña, Asturias. La Revolución industrial, paralela al “Estado Liberal”, suscitó la cristalización de una nueva clase, el movimiento obrero. Quienes reivindicarán su derecho a participar en la vida política, al objeto de defender sus intereses en sede parlamentaria. Dando paso, tras la aprobación del sufragio universal, primeramente masculino y después también femenino, al Estado democrático de derecho. Corrientes fuertemente influenciadas por el pensamiento filosófico de Karl H. Marx (1818-1883). Siendo abanderadas en nuestra patria por Pablo Iglesias (1850-1925), el que fuera fundador, junto a otros, del PSOE.

Teorías que germinan en España gracias al importante desarrollo económico, social y cultural que aconteció bajo el reinado de Alfonso XIII de Borbón. No en vano esta etapa es calificada como la “Edad de Plata de las letras y las ciencias españolas”. Periodo que queda magistralmente descrito por Salvador de Madariaga: “Bajo Alfonso XIII, España llega a ser nación industrial, alcanza el mayor nivel de población desde época romana, retorna a adornar el mundo de la cultura, que casi había abandonado desde que con tanto esplendor brilló en el siglo XVI, vuelve a plena participación en la política internacional durante la guerra europea y al abrirse la cuestión de Marruecos; reconquista espiritualmente la América que había descubierto, poblado, civilizado y perdido, y, por último, ve grandes problemas sociales y nacionales surgir en su vida interior y estimular su pensamiento político.” (“España. Ensayo de historia contemporánea”).

Mostrándose como un elemento trascendental a valorar, para comprender nuestra política actual, el surgimiento de los partidos de masas, vinculados al referido colectivo: el proletariado.

Habiendo predominado hasta ese momento los partidos de notables o de cuadros. Categoría en la que se circunscribían las formaciones liberales de Cánovas y Sagasta. Cuyos miembros eran reclutados a razón de determinadas cualidades especiales: capacidad económica, prestigio social, influencia intelectual. Configurándose en una amalgama de intereses particulares, muy a tener en cuenta en cualquier decisión final a tomar. Esta fórmula subsiste únicamente hoy en día en Estados Unidos, donde sus principales partidos se erigen como inmensas confederaciones compuestas de dispares grupos locales. Donde en el voto de un cargo electo, ya pertenezca a la Cámara de Representantes o Senado,  prima muchas veces más el temor a rendir cuentas ante el ciudadano, de quien depende que renueve o no otra vez el escaño, que lo decretado por su propia organización. Manifiestamente desigual a lo que sucede habitualmente en nuestro territorio nacional, debido mayormente a las considerables disparidades entre ambos sistemas electorales.

Los partidos de masas, en pro de su subsistencia, intensificarán sus esfuerzos hacia la masiva captación de afiliados. La preponderancia que otorgan a la cantidad y no la calidad, se ha de explicar atendiendo a dos vertientes: por un lado la exigencia de cubrir carencias económicas mediante la aportación de cuotas por parte de sus afiliados, valiéndose además de su colaboración voluntaria en las variadas actividades de la organización; y por otra parte brindando al pueblo la oportunidad de acceder al poder sin restricción alguna. Entre los efectos adversos que este modelo ocasiona se englobarían la tendencia a la burocratización y a la profesionalización de sus dirigentes. Lo que desencadena su gradual distanciamiento de las bases. Significativo obstáculo para que no se de la obligatoria renovación en los cargos orgánicos, y por ende en los públicos, ya que de los orgánicos depende la elección de estos últimos.

Hacia finales del siglo XX los mencionados partidos de masas evolucionarán hacia el prototipo actual: “partidos atrapa-todo”. Denominados de esta forma porque su fin último es concitar el máximo número de apoyos en las urnas, para lo que diluyen su ideario y lo envuelven con axiomas universales, de fácil asimilación por el conjunto de la sociedad. Eludiendo identificarse excesivamente con segmento alguno, para no ser rechazados por el resto. Utilizando mensajes vagos, que sufren una constante transformación, atendiendo a los requerimientos de cada momento. Burocratizándose los partidos en demasía y transformándose sus dirigentes en absolutos profesionales de la política. Quienes ya no son individuos civiles que, en un momento determinado de su trayectoria laboral en el ámbito privado, optan por volcar sus conocimientos en la vida pública, sino sujetos que no conocen más oficio que la propia política.

Conduciendo, en su grado sumo, a organizaciones afectadas por el síndrome de regresión paranoide. Con una clara sintomatología. Fragmentación en diversos grupos, atrincherados en pequeños reinos que ya no comparten un proyecto común, sino únicamente el propio. Tendencia a la traición. Ahondamiento de las heridas, hasta convertirlas en insalvables. Promocionando a caudillos que se valen de cualquier atajo para sostenerse en su puesto, exclusiva forma de ganarse su sustento. En tanto en cuanto los demás callan por temor a ser sancionados y verse expulsados de los núcleos del poder. Avocando a los afiliados de valía a echarse a un lado, con tal de no ser arrollados por el turbulento vendaval. Amordazando normalmente a su máximo líder, el cual está abocado a ceder a sus caprichos en pro de no ser derrocado. Estado que conforma el paso previo para la refundación o extinción de la dolorida formación.

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Mar 25 2010

La madurez pictórica sorolliana comienza tras la Restauración


Mucho hemos comentado sobre ilustres liberales: José Ortega y Gasset, Salvador de Madariaga, Unamuno, Benito Pérez Galdós, el Premio Novel José Echegaray y Eizaguirre, Francisco Giner de los Ríos; y de su relación con el celebérrimo pintor valenciano, Joaquín Sorolla (1863-1923). Sin embargo, no hemos profundizado suficientemente en un periodo que marcó la existencia de un país y de una época: La Restauración. Y que con sus errores y aciertos, contribuyeron al despegue económico e intelectual nacional.

Régimen parlamentario sustentado en dos partidos políticos de corte liberal: el conservador de Antonio Cánovas del Castillo, y el progresista de Práxedes Mateo Sagasta. Consistente en la alternancia de ambas formaciones en el poder. Así Cánovas presidiría los siguientes gobiernos: 1875-1881; 1884-1885; 1890-1892; 1895-1897. Sagasta: 1881-1884; 1885-1890; 1892-1895; 1897-1902. Y el último estaría dirigido por el conservador Silvela, entre 1902 y 1903.

Siendo Cánovas quien ideó el denominado sistema de bipartidismo o turnismo, con el que se buscaba alcanzar la mayor estabilidad político-social. No obstante, tal intención quedaría desvirtuada al emplearse asiduamente mecanismos de fraude electoral: el encasillado o el pucherazo, en pro de erigir una elite política, que se apoyó en todo momento en el caciquismo.

El Jefe de Gabinete convocaba las elecciones, aunque anteriormente el Rey elaboraba una lista, preservando la mayoría para sus afines y ciertos puestos para la oposición, de tal modo que quedasen siempre en inferioridad.  La candidatura confeccionada era filtrada a los gobernadores civiles que debían conseguir su aprobación en las urnas.

Los caciques locales manipulaban censos electorales, incluyendo en él personas ya fallecidas, y excluyendo a otras vivas. Ejercían una política eminentemente clientelar, basada en lograr votos a cambio de favores: trabajos en el ayuntamiento, agilización en trámites burocráticos,…El lema que esgrimían resulta sumamente aclaratorio en cuanto a estos comportamientos: “para los enemigos la ley, para los amigos el favor”.

Una vez acabado este periodo comenzaría la que se considera la fase de madurez artística de Sorolla y que arranca en 1903 conSol de la Tarde”. Por lo que estimamos que si aspiramos a entender mejor a Sorolla y su obra, hay que situarlo en su contexto.

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