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(Saturno devorando a un hijo, Museo del Prado)

Alguien apuntó en cierto momento que para llegar a descifrar el futuro, primero hemos de conocer y aprender de nuestro pasado. Y para ello nada mejor que beber de las fuentes de nuestros ancestros a través de la pintura. En honor a ello, permítanme que les hable de un artista cuyo vasto legado fue arquetipo del incipiente liberalismo en nuestro país. Que irradió por igual sentimientos de idealismo, de esperanza y finalmente desilusión.

Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), el celebérrimo pintor romántico español, supo retratar a la perfección una época que pretendía llevarnos del caduco régimen absolutista a la era del modernismo y la Ilustración. Movimiento que inspiró la redacción de la primera Constitución española, aprobada en Cádiz en 1812. Influenciando a sublimes exponentes de nuestra literatura: Mariano José de Larra, Gustavo Adolfo Bécquer o Rosalía de Castro, entre otros.

Mediante sus dibujos criticó vorazmente a las costumbres de una sociedad en declive, con el propósito de difundir la doctrina liberal, propugnada por una minoría intelectual ilustrada. Hilo argumental que podemos encontrar en una serie de cuadritos en hojalata, denominada “Los caprichos”, que irán surgiendo a partir de 1796.

Posteriormente en “Los desastres de la Guerra”, nos plantea un recorrido por la batalla de la Independencia. Mostrándonos la auténtica realidad de una contienda bélica, que no es otra que la de sus víctimas, personas de carne y hueso de toda clase y condición.

Aunque, si tuviera que decantarme por uno de sus trabajos, aludiría a los de su casi último suspiro vivencial: “Las Pinturas Negras”. Que irrumpieron entre 1819 y 1823, plasmadas sobre las paredes de su residencia: La Quinta del Sordo. Impactan su vanguardismo y fuerza de expresión. Una descarnada sátira de los poderes dominantes en aquel instante de la historia, ya fueran civiles, políticos o religiosos.

El liberalismo anhela la mínima intervención del Estado, la exaltación de la individualidad frente a la colectividad. Conscientes de que el incremento de la autoridad estatal restringe el ámbito de actuación de los sujetos y su libertad. Y si deseáramos con uno de sus lienzos expresar esto, ineludiblemente recurriríamos a “Saturno”, la Administración devorando a los ciudadanos. Si bien excesivo en su dramatismo, transmite la desazón que nos suscita, tanto antes como ahora, el sector público y su alambicada burocracia.


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Toqué, pero nadie me abrió. Empujé la puerta y la vi en el salón. Tendida en el sillón, con la cabeza recostada. Un libro tirado en el suelo. Seguramente a media noche el sueño de ella se apoderó y allí se quedó.

Recogí el texto. Dándome cuenta de que un fragmento estaba subrayado, en el que Larra, su periodista costumbrista preferido, en sus últimos días relató:

“Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis versos. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!

¡Silencio, silencio!”

Y en aquel preciso instante se despertó. Alcanzando a pronunciar tan sólo un tímido: “buenos días”. Su rostro parecía cansado, vencido por las largas horas de vigilia pasadas en soledad. Con la única compañía de las páginas rubricadas por distintos autores liberales, que en la mayoría de los casos hace mucho que este mundo abandonaron. Buscando insistentemente entre sus hojas una respuesta a las numerosas afecciones que castigan a nuestro pueblo.

Frente a ella, colgado sobre la chimenea el cuadro que la inspiraba, y del que sacaba fuerzas para proseguir en su ardua lucha: “Sol de la Tarde”. Pintado por Joaquín Sorolla y Bastida en 1903 y que representa el inicio de la madurez pictórica del genio valenciano. Donde sobresalen las figuras de rudos hombres por su trabajo curtidos, que pelean con un mar embravecido. Ciudadanos anónimos, que crean con su sudor la verdadera historia del pueblo español.

Litografía que le regaló su madre, cuando aún era una niña. Cuya obra original, perteneciente a The Hispanic Society of America de Nueva York, estará expuesta desde el 1 de Octubre hasta el 28 de Enero en el Centro Cultural de Bancaja en Valencia. Junto a los impactantes murales de “Visiones de España”. Después de cosechar un colosal éxito en el Museo del Prado.

Lienzos donde el pintor muestra su patria influenciado por la corriente institucionista, liderada por su amigo Francisco Giner de los Ríos. El que estuviera al frente de la mítica Institución Libre de Enseñanza, la cual, en cierta medida, la irrepetible Edad de Plata potenció. Bocetos que contienen tres elementos constantes: el pueblo, el paisaje y el patrimonio monumental. Escenificando la esencia de la españolidad. Persiguiendo los intelectuales nacionales desde el siglo XVIII espiar los males que azotan a nuestro Estado. Utilizando para ello las distintas facetas del arte, ya sea mediante la literatura, pintura o incluso la ciencia.

Y es que Clara, su progenitora, sintetizaba a las dos Españas. Una negra, repleta de chismes y supersticiones, corroída por la envidia, “la carcoma del alma española”, como así la definía Unamuno. Y otra blanca, liberal, que ansiaba lanzarse a los brazos del progreso, esperando enterrar algún día su más oscuro pasado, para con ello sus sangrantes heridas cicatrizar. No buscando encontrar culpables, sino simplemente olvidar. Mas quedándose con el aprendizaje proveniente de los errores que en otras épocas cometió.

O como José Ortega y Gasset manifestó: “Una España que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida. Y otra vital, sincera, honrada, la cual estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia.”

Clara amaba la luz de Levante, la playa de la Malvarrosa. Lugares que evocaban hermosos pasajes de los veranos disfrutados junto a Juan, su esposo, el abogado jubilado del Estado y su hija Libertad. Pero no sólo se enamoró de los dibujos de Sorolla, sino asimismo del vibrante lenguaje empleado por el celebérrimo escritor e íntimo amigo del pintor: Vicente Blasco Ibáñez. Implicado cual ninguno con los problemas que aquejaban a la sociedad del momento y que tan magistralmente supo describir en sus novelas. Recordadas por todos gracias a las populares series televisivas de los 70: “Cañas y barro” o “La barraca”. Actuando en esta última una jovencísima Victoria Abril.

Y es que ella eligió el nombre de Libertad  para su hija, tras conmoverse leyendo un artículo del autor. En el que se mencionaba a un aeroplano, el cual con este término también era llamado. Cuya misión estribaba en aterrizar cuanto antes en nuestro país. Solicitando el literato a través de las palabras impresas la colaboración de los españoles para lograr tan noble causa. Quedando intensamente prendada de una frase que este ilustre personaje pronunció en dicha ardiente soflama:

-¿Tienes derecho, egoísta –me decía una voz interior- a permanecer impasible viendo la anormalidad en que vive tu país, como si fueses un hombre sin patria?…

Preparé la mesa, depositando los churros y porras en una reluciente fuente que encontré en la alacena de la vieja cocina. En unas blancas tazas serví el chocolate caliente. Sentándonos a las 09:00 en la mesa para desayunar. Mas Libertad continuaba ausente. Su cuerpo presente, sin embargo, su espíritu se había quedado en la estación. Anclada en el segundo en el que su amado Luis le dijo adiós. Permaneciendo, cual cuerpo astral, de pie junto al andén, triste y sola. Así como Matahambre cada vez más vacío y frío.

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