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César Vidal, en su programa “Es la noche de César” emitido en libertaddigital.tv, entrevista al prestigioso economista y escritor Alberto Recarte, con motivo de la presentación de su interesante obra: “El Informe Recarte II”. Abordando, entre otros puntos, asuntos tan controvertidos como la actual viabilidad del Estado de las Autonomías.

Bandera de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)

El gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo, aparte de la consecución del endurecimiento de las penas contra los promotores del 23-F, tuvo otros reseñables logros. Y todo a pesar de la difícil situación nacional que le tocó afrontar, sin olvidarnos de la grave descomposición que sufría su partido. Pues Adolfo Suárez no sólo había dimitido de la presidencia del gobierno, sino también de su propia formación, la cual perdería con su marcha su principal nexo de unión.

Uno de los éxitos del último gabinete de la UCD sería nuestro ingreso en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Culminando con lo apuntado por Suárez durante su discurso de investidura en las Cortes del 30 de Marzo de 1979: “(…) Unión de Centro Democrático – es conocido de todos – es partidaria de la adhesión de España a la Alianza Atlántica por coherencia con su vocación europea y occidental. Pero entiende que nuestro ingreso en la OTAN debe plantearse, en su caso, teniendo en cuenta los condicionamientos que derivan de nuestras peculiaridades y de nuestras exigencias de seguridad, así como la necesidad de un amplio respaldo parlamentario. A esta Cámara corresponderá en su día debatir el tema, analizando con rigor e imaginación las condiciones y modalidades de esa eventual adhesión en la forma en que resulte más favorable para nuestros intereses políticos y estratégicos. Porque, en verdad, son múltiples los factores de tipo económico, militar y político que tienen que ser adecuadamente sopesados y muy variadas las soluciones posibles a que puede llegarse en cada uno de estos terrenos. (…)” Si inicialmente el PSOE enarbolaría la bandera opositora a la integración, utilizándola como arma arrojadiza durante la contienda electoral de Octubre de 1982, al llegar al poder cambiaría radicalmente su postura. El 17 de Noviembre de 1985 Felipe González aseveraría en el periódico “El País”: “Creo que los intereses de España se defienden mejor permaneciendo en la Alianza. Nuestra anterior valoración sobre la Alianza y sobre su funcionamiento no era correcta (…) En la Alianza, de verdad, están los países que tienen mayor ejercicio de la soberanía popular del mundo, mayor nivel de desarrollo económico, de democracia, de libertades y de respeto a los derechos humanos y mayor nivel de paz”. Incluso convocaría un referéndum, el 12 de Marzo de 1986, apoyando la permanencia y que se saldaría con un favorable resultado. El escrutinio otorgaría: un 52% de votos afirmativos, 39% en contra, 6% de papeletas en blanco y un 40% de abstenciones.

Asimismo Leopoldo Calvo Sotelo y su equipo serían los encargados de preparar las bases para la entrada en la actual Unión Europea, que se haría efectiva en 1986. Denominada en aquel entonces Comunidad Económica Europea (CEE), para pasar a llamarse posteriormente Comunidad Europea (CE) y desde 1993 Unión Europea.

Por otro lado negociarían con el PSOE el cierre del mapa autonómico, quedando conformado por las diecisiete Comunidades Autónomas hoy en día existentes. Ya bajo el gobierno socialista se aprobarían los Estatutos de Autonomía restantes. Y es que a pesar de la dura oposición ejercida por Felipe González, Leopoldo Calvo Sotelo afirmaría en Noviembre de 2006: “Echo de menos todos los días a Felipe González. El PSOE era entonces un partido de Estado y con sentido de la responsabilidad.” En cuanto a la cuestión autonómica se pronunciaría de la ulterior manera: “Sí, sin vacilaciones ni reservas mentales ni de ningún otro orden, a las autonomías (…) Pero no, claramente no, a un entendimiento ligero de las autonomías como disolución de una patria común forjada por la historia.”

Además promulgaría la controvertida ley del divorcio, lo que dividiría aún más a la ya maltrecha UCD. Organización afectada por claros síntomas de regresión paranoide”. Fragmentación en diversos grupos, atrincherados en pequeños reinos que ya no comparten un proyecto común, sino únicamente el propio. Tendencia a la traición. Ahondamiento de las heridas, hasta convertirlas en insalvables. Imagen que fue percibida nítidamente por los ciudadanos.

En Noviembre de 1981 el líder del sector socialdemócrata, Fernández Ordóñez, abandonaría la UCD. Al arrancar 1982 varios diputados se adherirían a Alianza Popular. En Marzo otros 10 del ala socialdemócrata se aglutinarían en torno al Partido de Acción Democrática, que recalaría finalmente en el PSOE. El 29 de Julio de 1982 Adolfo Suárez fundaría el Centro Democrático y Social (CDS). Después le seguirían un grupo de democristianos creando el Partido Demócrata Popular, que concurrirá en coalición con Alianza Popular a la contienda de 1982. La originaria Alianza Popular desembocaría en 1989, luego de su refundación, en el vigente Partido Popular, donde acabarían integrándose la mayoría de los democristianos, entre los que se encontraban políticos tan conocidos del panorama actual como: Jaime Mayor Oreja o Javier Arenas. En Agosto Leopoldo Calvo Sotelo ante tan dantesco panorama determinará la disolución de las Cámaras y convocará elecciones.

El 28 de Octubre de 1982 se celebrarían los comicios generales. Los grandes derrotados serían: la UCD que pasaría de los 168 escaños de 1979 a 11,  disolviéndose el 18 de Febrero de 1983;  y el PCE que se quedaría con exclusivamente 4 de los 23 diputados de 1979. Sin embargo, el PSOE de los 121 parlamentarios de 1979 ascendería hasta 202. Nutriéndose  de la mitad de los votos comunistas y el 30% centrista. Coalición Popular, donde estaba integrada la originaria Alianza Popular, rebautizada en 1979 como Coalición Democrática y que convergerá postreramente, en 1989, luego de su refundación, en el vigente Partido Popular, se haría con otro 40% del electorado de UCD y conquistaría 107 escaños, número muy superior a los 10 obtenidos con anterioridad. Configurándose a partir de ese momento como primera fuerza opositora.

Periodo que concluiría con la consolidación de una ficticia democracia, cuyas fallas iniciales, producidas en pro de poder suturar las pasadas heridas, se han ido agrandando paulatinamente. Concluyendo en un sistema muy similar en sus usos y costumbres al de la Restauración. Donde se muestra urgente ejecutar la proclama de Maura: “La Revolución desde arriba” : “(…) España entera necesita una revolución en el gobierno radicalmente, rápidamente, brutalmente; tan brutalmente que baste para que los que estén distraídos se enteren, para que nadie pueda ser indiferente y tengan que pelear hasta aquellos mismos que asisten con resolución de permanecer alejados (…)

(…) No; más que nunca es ahora necesario restablecer aquella ya casi olvidada, de tiempo que ha que fue perdida, confianza entre gobernantes y gobernados; y ya no hay más que un camino, que es la revolución audaz, la revolución temeraria desde el Gobierno, porque la temeridad es, no obra de nuestro albedrío, sino imposición histórica de los ajenos desaciertos. Nunca habría sido fácil la revolución desde el Gobierno, nunca habría sido recomendable, si hubiera podido dividirse la facultad y esparcirse la obra en el curso del tiempo; pero cada día que pasa, (…), es mucho más escabrosa, mucho más difícil, y el éxito feliz mucho más incierto; y no está lejano el día en que ya no quede ni ese remedio (…)”.

Porque, parafraseando a Adolfo Suárez cuando pronunció en las Cortes, el 9 de Junio de 1976, aquellos famosos versos del célebre poeta liberal de la Generación del 98, Antonio Machado:

“Está el hoy abierto al mañana.
Mañana, al infinito.
Hombres de España: ni el pasado ha muerto
ni está el mañana,
ni el ayer escrito.”

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(Leopoldo Calvo Sotelo)

El candidato escogido por la UCD y sugerido por Adolfo Suárez para sustituirlo en la presidencia del gobierno sería Leopoldo Calvo Sotelo (1926-2008). Quien se había educado en el centro liberal de Madrid, “Colegio Estudio”, devoto aplicador de las teorías de Francisco Giner de los Ríos y de suInstitución Libre de Enseñanza. Leopoldo era poseedor de una vasta cultura. Hablaba perfectamente: inglés, francés, italiano, alemán y portugués. Concluyendo su formación como ingeniero de Caminos, Canales y Puertos en 1951 y doctorándose en 1960.

Proveniente del mundo de la empresa, arrancaría su incursión política como procurador en Cortes por el tercio sindical, puesto en el que permanecería cuatro años, para en 1975 ser nombrado Ministro de Comercio dentro del gabinete de Carlos Arias Navarro. Primer gobierno conformado bajo el reinado de Juan Carlos I, en el que se encontraban igualmente Suárez y Fraga entre otros. Siendo ya Suárez máximo jefe del ejecutivo lo designaría Ministro de Obras Públicas en 1976. Cargo del que dimitiría para organizar la contienda electoral de 1977 por la UCD. Portavoz del Congreso del grupo parlamentario de UCD entre 1977 y 1978. Ministro para las relaciones con la Comunidad Económica Europea de 1978 a 1979. Y previamente a erigirse como Presidente ostentaría la Vicepresidencia del Gobierno para Asuntos Económicos (1980-81).

Nuevamente el artículo 99 de la Constitución Española resultaría de gran trascendencia en una investidura. Concretamente su apartado tercero
, donde se expone: “Si el Congreso de los Diputados, por el voto de la mayoría absoluta de sus miembros, otorgare su confianza a dicho candidato, el Rey le nombrará Presidente. De no alcanzarse dicha mayoría, se someterá la misma propuesta a nueva votación cuarenta y ocho horas después de la anterior, y la confianza se entenderá otorgada si obtuviere la mayoría simple.” Pues al sólo contar Leopoldo Calvo Sotelo con el apoyo de la UCD, quien no albergaba mayoría absoluta en el hemiciclo, hubo que repetir la votación del viernes 20 de Febrero, el lunes 23. Fecha sumamente aciaga para nuestra historia, donde pareciera que una vez más los aires de libertad serían acallados por el tan común, en nuestro pasado constitucional, pronunciamiento.

El día 23, a las 18:22, el teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero, irrumpiría en la Cámara con un grupo de guardias civiles armados. Instando a los parlamentarios a que se tirasen al suelo, bramando aquella mítica frase: “¡Quieto todo el mundo!”. Imágenes que quedarían grabadas para la posteridad por las cámaras de Televisión Española.

Automáticamente el general Gutiérrez Mellado (1912-1995), Vicepresidente primero para Asuntos de la Seguridad y Defensa Nacional del Gobierno, se levanta de su escaño y conmina a los asaltantes a deponer las armas, haciendo uso de la posición que le confería ser el militar de mayor rango allí presente. Como respuesta, al objeto de reducirlo, Tejero disparará al aire, lo que será seguido por una ráfaga de fusiles, mientras otros asaltantes forcejeaban infructuosamente con el casi septuagenario y gallardo mando. En cuanto al resto acatarían las prescripciones de Tejero, siendo Adolfo Suárez y Santiago Carrillo los únicos diputados que se mantengan sentados.

Suárez presuntamente manifestaría, con anterioridad a su dimisión: “La clase dirigente de este país ya no me soporta. Los poderes fácticos me han ganado la batalla.” Y es que para un sector del Ejército era considerado como un traidor, tras decretar la legalización del Partido Comunista. Turbulento contexto al que se sumaba el recrudecimiento de la crisis económica; la organización territorial con la inauguración del Estado de las Autonomías, vaticinando algunos la fractura de España como Nación; más la difícil adaptación de determinados sujetos al régimen democrático. Quedando evidenciada la inquina de los militares en aquel 23-F al dirigirse a él.  El cabo Burgos le increparía: “¿Tú que te crees el más guapito?”. A las 19:10 Suárez se pondría en pie solicitando hablar con el principal organizador de tan tremendo dislate. Decretando Tejero su reclusión en una habitación aparte y permaneciendo aislado durante diecisiete interminables horas.

(Congreso de los Diputados)

El desmantelamiento del golpe no sólo se debió a la postura contraria de la mayoría de la sociedad civil y política, que concebían como irreversible el Estado democrático, sino también a las gestiones del monarca. Así como a la dirección que había llevado al frente de su cartera Gutiérrez Mellado, la cual buscaba reorganizar el Ejército y constreñirlo a lo meramente castrense, relegando a puestos de menor importancia a aquellos que se reputaban menos afectos al sistema democrático. Determinante se mostraría pues su política de nombramientos, oficiales que se reafirmarían durante el 23-F en su deber constitucional. Como fue el caso de los generales: Gabeiras, primer jefe del Estado Mayor; Quintana Lacaci, gobernador militar de Madrid; Aramburu Topete, director general de la Guardia Civil y Sáenz de Santamaría, que dirigía la Policía Nacional.

Al acto de indisciplina de Tejero lo acompañaría el de Jaime Milans del Boch, sacando en Valencia los carros de combate a la calle. Mas se logró aplacar la pretensión de otro conato disidente que tramaba copar la sede de Radiotelevisión Española en Madrid. Entretanto Su Majestad sería el encargado de requerir uno a uno a los mandos militares nacionales para garantizar su fidelidad al régimen constitucional.

Poco antes de las diez de la noche intervendría, a través de Radio Nacional y Radio Exterior, Jordi Pujol, presidente de la Generalidad de Cataluña, llamando a la tranquilidad.

A la medianoche llegaría al Congreso el general Alfonso Armada, quien se ofrecería para presidir un gobierno de concentración entre las distintas facciones políticas. Espetándole Tejero: “Yo no he asaltado el congreso para esto”, pues él esperaba un gabinete netamente militar en el que apareciera Milans. Probablemente las discrepancias fueron un detonante más del fracaso del pronunciamiento. La estocada final la aportaría el Rey, con su aparición en televisión a la una de la madrugada. Ataviado con el uniforme de Capitán General de los Ejércitos declararía: “(…) La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum.” En la jornada posterior al golpe Santiago Carrillo afirmaría: “Hoy todos somos monárquicos”.

Días después, Leopoldo Calvo Sotelo, el que sería Presidente de la Nación hasta Diciembre de 1982, manifestaría: “Es momento para proclamar nuestra fe en el orden constitucional y declarar paladinamente que hoy un auténtico grito de “¡Viva España!” no encierra una verdad distinta que la de “¡Viva la Constitución! y “¡Viva la democracia.””

En Febrero de 1982 se juzgarán a 32 de los implicados en la trama golpista, primeramente por el tribunal militar, trasladándose posteriormente la causa al Supremo, en pro de endurecer las penas. Milans del Bosch, Alfonso Armada y Antonio Tejero Molina, serían condenados a 30 años de prisión. Acierto que se le atribuye al ejecutivo de Leopoldo Calvo Sotelo y que él explicaría de la ulterior manera: “Creo que mi Gobierno cumplió el objetivo de hacer justicia civil y de devolver a los españoles la fe quebrantada en la monarquía parlamentaria.”

Al 23-F hay que sumar tres conspiraciones golpistas, que no llegarían a ejecutarse al ser antes abortadas, auspiciadas durante la vigente etapa democrática. La “Operación Galaxia”, prevista para el 17 de Noviembre de 1978, con la intención de paralizar los procesos de reforma democrática iniciados, contando también entre sus protagonistas con Antonio Tejero. La desarticulada igualmente por el gabinete de Leopoldo Calvo Sotelo, dispuesta para el 27 de Octubre de 1982, la víspera de las elecciones generales, con implicación de cerca de 400 personas. Y la última, que se sepa, al parecer estaba ideada para el 2 de Junio de 1985, ya bajo el gobierno socialista, jornada coincidente con la efeméride del Día de las Fuerzas Armadas, a celebrar ese año en la Coruña.

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Otra de las figuras claves de aquel momento, e injustamente olvidada, es la de Torcuato Fernández-Miranda (1915-1980). Al que le tocó desempeñar un papel similar al de Cánovas del Castillo (1828-1897) en la nueva Restauración de los Borbones en el trono. Presuntamente autor ideológico de la “Ley para la Reforma Política, así como facilitador y diseñador del camino que nos conduciría hasta la presente etapa democrática.

Fue profesor de Derecho Político de Juan Carlos I. Incluso hay quien asevera que el monarca le propuso presidir el gobierno de la nación a lo que supuestamente respondió: “Majestad, el animal político que llevo dentro me pide la presidencia del gobierno, pero creo que le seré más útil desde la presidencia de las Cortes.” Cargo que comportaba igualmente la dirección del Consejo del Reino. Y será desde esos puestos desde donde logre desmantelar el antiguo régimen, mediante la “Ley para la Reforma Política”, optando, según sus palabras, por ir “de la ley a la ley a través de la ley”. Además de hacer factible la inclusión de Adolfo Suárez, en la terna elaborada por el Consejo del Reino, entre cuyos candidatos Juan Carlos I debía escoger al sustituto de Carlos Arias Navarro. A la salida de la postrera sesión del Consejo, al dirigirse para hacer entrega al monarca de la referida lista, exclamaría: “Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido”. Una vez aprobada por las Cortes la norma que supondría el hara-kiri franquista” dimitiría, al estimar cumplida la labor que le fue encomendada por Su Majestad, antes de que se celebraran las primeras elecciones libres desde Febrero de 1936, y que se convocarían para el 15 de Junio de 1977.

La “Ley para la Reforma Política” transformó el marco jurídico franquista, considerada como una norma puente entre éste y la etapa constitucional. Era un texto breve que buscaba erigir mediante las urnas unas nuevas Cortes, que serían las encargadas de elaborar la Constitución. Se decantaba por el bicameralismo (Congreso y Senado), frente al unicameralismo del franquismo. Introduciendo innovadores preceptos: democracia, soberanía popular, inviolabilidad de los derechos fundamentales de las personas,…Cercenando las amplias prerrogativas del Monarca previstas en las leyes franquistas. Las Cortes aún franquistas le otorgarían su beneplácito el 18 de Noviembre de 1976, obteniendo: 425 votos afirmativos, 59 negativos y 13 abstenciones. Siendo refrendada por los españoles el 15 de Diciembre del mismo año, suscrita por el 94,16% de los votantes, estimándose la abstención en un 22,3%.

Previamente a los comicios del 15 de Junio el gobierno de Suárez legalizará los Sindicatos y reformará la Ley de Asociaciones, al objeto de permitir la participación de los diversos partidos políticos. Aún así se mantendrá el artículo 172.5 del Código Penal, que prohibía las asociaciones que “sometidas a disciplina internacional, se propongan un régimen totalitario”, en clara alusión al Partido Comunista. No obstante, el 9 de Abril, el que será conocido como el “Sábado Santo Rojo”, por coincidir con la Semana Santa, el Presidente decretará su confirmación. Santiago Carrillo al conocer la noticia declarará públicamente: “(…) Yo no creo que el Presidente Suárez sea un amigo de los comunistas. Le considero más bien un anticomunista, pero un anticomunista inteligente que ha comprendido que las ideas no se destruyen con represión e ilegalizaciones. Y que está dispuesto a enfrentar a las nuestras, las suyas. Bien, ése es el terreno en el que deben dirimirse las divergencias. Y que el pueblo, con su voto, decida. (…)” Determinación que provoca el encono de cierto grupúsculo militar, entrañando un ingrediente más a añadir al caldo que se estaba gestando y que terminará por bullir el 23 de Febrero de 1981, el aciago 23-F. Mas en ese instante únicamente aflora la dimisión irrevocable del Ministro de Marina, el almirante Pita de Veiga. Situándose Suárez, a partir de ahí, en la diana de infinidad de conjuros, motivado por lo que es interpretada para algunos como una decisión demasiado osada y para otros como una auténtica traición.

(Extracto de periódico de la época)

El 15 de Junio tendrá lugar el tan anhelado plebiscito. Resultará vencedora la formación de Adolfo Suárez, la coalición electoral UCD, aunque no con mayoría absoluta, se hará con 165 escaños del Congreso y 106 senadores. Le seguirá el PSOE con 118 diputados y 35 senadores. El PCE con 20 escaños en el Congreso. Alianza Popular, liderada por el incombustible Manuel Fraga Iribarne, con 16 Diputados y 2 senadores. Asimismo conseguirán representación, entre otros, las distintas facciones nacionalistas: Convergencia i Unió (CIU), Partido Nacionalista Vasco (PNV),…

El 22  de Julio de 1977, el Rey aperturaría solemnemente las primeras Cortes democráticas con esta alocución: “Este solemne acto de hoy tiene una significación histórica concreta: el reconocimiento de la soberanía del pueblo español. El camino recorrido hasta el día de hoy no ha sido fácil, pero ha resultado posible por la sensata madurez del pueblo español, por el realismo y capacidad de evolución de los líderes y por la favorable actitud de los altos órganos del Estado. Hemos conseguido que las instituciones den cabida en su seno a todas aquellas opciones que cuentan con respaldo en la sociedad española. Entre todos hemos construido los cimientos de una estructura sólida para la convivencia en libertad, justicia y paz.” Mensaje que deja entrever su paso a un segundo plano y el constreñimiento de su labor a funciones meramente representativas.

El Congreso constituye, el 26 de Julio de 1977, la “Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas”. Quien a su vez nombrará el 1 de Agosto de 1977 la Ponencia encargada de redactar el proyecto de Constitución, formada por: 3 miembros de UCD, 1 por el PSOE, 1 del grupo comunista, otro de la minoría catalana y el último de Alianza Popular. No interviniendo el PNV, causa probable de la escasa acogida que tuvo el texto constitucional en el País Vasco, donde sólo votó el 30% del electorado. El documento fue ratificado tanto por el Congreso, como por el Senado el 31 de Octubre de 1978, y será sometido a referendo el 6 de Diciembre de 1978. El PNV hará campaña por la abstención, alcanzando ésta el 32,88 % en todo el país. Finalmente resultaría apoyada por el 87,87 % de los españoles, entrando en vigor el 29 de Diciembre de 1978.

Documento de gran extensión, sólo superado en nuestra historia constitucional por la norma fundamental de 1812. Influenciado por la Constitución de 1812 y 1931. Compuesto por 11 títulos, 169 artículos, cuatro disposiciones adicionales, nueve disposiciones transitorias, una derogatoria y otra final. A tenor del artículo 1.3: “La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria.” Nace el Estado de la Autonomías, a medio camino entre el unitario y el federal, en virtud de lo dispuesto en el artículo 2: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.” Donde aparecen los tres principios básicos del Estado Autonómico: autonomía, unidad y solidaridad.

Otra peculiaridad será el bicameralismo asimétrico de las Cámaras, con preeminencia del Congreso, limitándose el Senado a prácticamente un órgano de segunda lectura de los proyectos remitidos por el Congreso. Pretendiéndosele dar un fuerte componente territorial mediante una reforma aún en proceso. Por otro lado se definirá el Estado como aconfesional, si en etapas anteriores esta cuestión suscitó acalorados debates, en la vigente Constitución se consiguió un acuerdo unánime acerca de este punto. Debido a su difícil modificación es valorado como un texto rígido.

El rasgo más destacable de la norma jurídico suprema fue su gran consenso, nunca antes se había dado en la historia española tan amplia conformidad en torno a una Constitución. Lo que se logró a costa de la claridad y precisión del documento, hallándose: reiteraciones, dobles regulaciones de un mismo supuesto, expresiones vacías de contenido en sentido jurídico. Siendo característico también su ambigüedad. Ya desde su redacción, en pro del pretendido consenso, se daba por sentado que habría que recurrir al Tribunal Constitucional por las controvertidas cuestiones autonómicas. Entendible en esa etapa quizás ante el recuerdo de los trágicos precedentes históricos, mas con la consolidación de la democracia esta cuestión no sólo no se ha sabido solventar sino que se ha agravado considerablemente. Mostrándose ya difícilmente compatible con el marco constitucional discutibles pretensiones regionales, a no ser que optemos por otro tipo de modelo estatal, que pasa inexorablemente por la modificación de la norma jurídica suprema.

Otro punto que nos reportará enormes quebraderos de cabeza a la postre sería esa preponderancia que se conferirá a los partidos políticos, a modo de resarcimiento por el ostracismo infligido durante el periodo franquista, recogida en el artículo 6: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.” Lo que derivará en la partidocracia vigente, convirtiéndose en vez de en la aclamada vía de participación ciudadana, en un muro infranqueable para la libertad individual.

El espíritu de consenso alcanzado durante la elaboración de la norma jurídica suprema será sintetizado magistralmente por Suárez en la ulterior opinión: “(…) Nuestra Constitución es obra del más amplio y profundo consenso y es, por tanto, punto de encuentro y marco de diálogo de todos los españoles y de todas las partes territoriales que integran la nación española y del estado de derecho. Es signo de reconciliación nacional y punto de partida para la profundización de nuestra convivencia democrática. Por primera vez en nuestra historia política no quisimos una constitución que implicara la imposición de unos españoles sobre otros, aunque esta proviniera del ejercicio legítimo de la mayoría parlamentaria.”


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