Posts Tagged ‘Mariano José de Larra’
La presente obra se adentra en los axiomas de la filosofía liberal. Pasando desde sus postulados, a su significado aplicado a un buen gobierno, ejemplos prácticos, iniciativas a tomar, así como un somero estudio de la obra de distintos autores liberales. Un inicial acercamiento a un controvertido movimiento mayormente incomprendido.
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Recuerda que igualmente se encuentra a tu disposición la novela “Historias de un pueblo”:
Y el ensayo sobre la obra de Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923) “La relación de Sorolla con los liberales de su época”:
El primer Premio Nobel español, José Echegaray y Eizaguirre (1832-1916), fue también retratado por Joaquín Sorolla (1863 -1923). Uno de dichos cuadros es propiedad del Banco de España, que data de 1905 y otro de 1910 perteneciente a “The Hispanic Society of America” de Nueva York.
Echegaray fue un gran pensador liberal: ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, matemático, político y dramaturgo español.
Está considerado el más grande matemático nacional del siglo XIX. Introdujo en nuestro país la geometría de Chasles, la teoría de Galois y las funciones elípticas. Escribiendo libros de gran interés para la ciencia, a la que situó con su trabajo en la esfera europea.
Al igual que los intelectuales de su tiempo, fue tremendamente crítico con el retraso en el que estaba sumida España. Fechando los orígenes del liberalismo y del florecimiento de la ciencia en nuestro territorio en el periodo comprendido durante la ocupación arábiga, entre el año 900 de su llegada hasta su expulsión. Estimándolos por tanto como precursores de los escolásticos. Teoría que albergan igualmente otros estudiosos contemporáneos. Para él desde esa etapa hasta el momento de su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias, el 11 de Marzo de 1866, esta materia había sufrido un aletargamiento. Palabras por las que recibió una dura contestación:
“Si prescindiendo de aquellos siglos en que la civilización arábiga hizo de España el primer país del mundo en cuanto a la ciencia se refiere, sólo nos fijamos en la época moderna, y comenzamos a contar desde el siglo XV, bien comprendéis que no es ésta, ni puede ser ésta, en verdad, la historia de la ciencia en España, porque mal puede tener historia científica, pueblo que no ha tenido ciencia. La imperfecta relación que habéis oído, es resumen histórico de la ciencia matemática sí, pero en Italia, en Francia, en Inglaterra, en Holanda, en Alemania, en Suiza, que es donde renace la geometría cartesiana, la teoría de ecuaciones, el análisis algebraico, la teoría de los números, los cálculos del infinito, el análisis indeterminado, el cálculo combinatorio, la moderna geometría trascendente y la teoría de las curvas: es la historia de la ciencia allá donde hubo un Viete, un Descartes, un Fermat, un Harriot, un Wallis, un Newton, un Leibnitz, un Lagrange, un Cauchy, un Jacobi, un Abel; no es la historia de la ciencia, aquí donde no hubo más que látigo, hierro, sangre, rezos, braseros y humo”.
Hombre de gran reputación fuera y dentro de nuestras fronteras: cuatro veces ministro y dos Presidente de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; Presidente del Ateneo de Madrid; Director de la Real Academia Española, senador vitalicio,…
Como Ministro de Fomento realizó la Ley de Bases de Ferrocarril. Y cuando ostentó la cartera de Hacienda optó por darle al Banco de España carácter nacional, otorgándole el monopolio de la emisión de billetes. Intervención gubernamental contraria a las ideas de la Escuela Austriaca. Sin embargo, defendió denodadamente el libre comercio y ante todo abogó por un presupuesto estatal equilibrado. Vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, apeló por el librecambismo y la apertura exterior de la agricultura y de la industria española. Profundo conocedor de los liberales clásicos: Smith, Mill,…
Mas el olvido al que ha sido sometido, se muestra por lo expuesto de inusitada injusticia. Tal vez porque ha prevalecido de su polifacética actividad, especialmente su labor de dramaturgo. Obras teatrales consideradas por la generación del 98, al igual que los lienzos de Sorolla, poco comprometidas con los problemas que padecía la sociedad de su época.
Piezas exponentes de un Romanticismo tardío, donde con un lenguaje grandilocuente, alternó el verso y la prosa. Persiguiendo simplemente entretener a su público, el cual lo adoraba. Sus representaciones tenían una enorme acogida, como también las de Galdós, de vertiente realista y costumbrista. No así las de los noventaochistas, incomprendidas por los espectadores que adolecían quizás aún de la formación intelectual necesaria para ello. Tengamos en cuenta que la tasa de analfabetismo en aquel entonces se situaba en torno al 60%.
Tal era el grado de animadversión, que cuentan que en una ocasión Valle Inclán necesito una transfusión y cuando Echegaray al enterarse acudió al hospital para donar su sangre, éste al verlo le dijo al médico: “De ese no quiero sangre, doctor, la tiene llena de gerundios.”
A pesar de ello parece factible concebir que la academia sueca lo eligiera para entregarle el Premio Nobel en 1904 por esta y no otra aportación, galardón compartido con el poeta provenzal Frédéric Mistral. Motivada, intuimos, tras la puesta en escena de “O Locura o Santidad”, estrenada en el Teatro Real de Estocolmo en 1895 con enorme éxito.
Si bien Echegaray se definía esencialmente como un matemático:
“Las matemáticas forman una salsa que viene bien a todos los guisos del espíritu. Las matemáticas armonizan con la música y con el arte en general. Ocasiones hubo en que el afán y la necesidad de ganar dinero me animaron a cultivar la dramática. Pero mi afición a las matemáticas fue constante, era más desinteresada, más pura, más honda, más grande, en una palabra. La política está por debajo de estas otras aficiones. Nunca encontré en ella ese placer íntimo que las matemáticas y la literatura me producían. Reconocí siempre que la política era necesaria en las sociedades modernas, porque con todas sus impurezas es elemento de progreso. Pero nada más. Fui político leal y sincero, y a veces político ardiente, pero la fiebre pasaba pronto y me quedaba tan tranquilo”.
Sin duda alguna una virtuosa figura de nuestra historia, que se merece el mayor de los honores y el más vivo recuerdo. Su proyección en aquel momento fue tal que incluso en Canarias una calle del barrio de San Antonio, sito en el municipio de Telde, Gran Canaria, cuyas primeras edificaciones datan de dicho periodo, lleva su nombre. Y no erraríamos en imaginar que igualmente habrá más en la geografía peninsular.
Aunque no cabe duda, de que la genialidad de Sorolla (1863-1923) hoy por hoy no se discute, no siempre fue así, pues durante mucho tiempo se le denostó entre los círculos de la intelectualidad.
Los grandes pensadores de ese momento, abanderados por la Generación del 98, con Unamuno a la cabeza, consideraban que todo esfuerzo debía encaminarse a devolverle a nuestro país la brillantez del pasado. Recordemos que en el periodo comprendido entre el siglo XIX y XX España estaba inmersa en una profunda crisis política y social. Acentuada tras la pérdida de las últimas colonias de ultramar. Un 60% de la población era analfabeta. La hambruna dominante alcanzaba tintes de pandemia. El caciquismo era la forma de gobierno imperante. Irrumpían con fuerza los nacionalismos, al no encontrar respuestas favorables a sus males en las medidas adoptadas por la Administración central. El sector agrario, sobre todo en Galicia, Castilla y Andalucía, requería de una urgente modernización. Sin darse siquiera una homogeneidad territorial
Defendiendo este grupo de eruditos que la única vía para resolver los problemas de España, pasaba por la formación del pueblo y la europeización. El camino de la transformación exigía primeramente un diagnóstico profundo de la enfermedad, para con posterioridad suministrar los remedios más certeros. Sin embargo, bajo ningún concepto resultaba factible eludir la realidad. Y este sería el motivo de las críticas aceradas hacia Sorolla. Atacando su obra con hirientes calificativos, tales como: “rumor de mercaderes de Levante” (Machado), “gitanos o fenicios” (Valle Inclán) o “lasciva” (Unamuno). En definitiva se le acusaba de reflejar una imagen irreal de nuestra patria, limitándose a ensalzar las bondades de quien le pagaba: figuras de niños alegres que juegan en el mar, damas que lucen bajo el sol grandes pamelas y elegantes vestidos vaporosos,…
Su no implicación le llevó en muchos casos a la exclusión. Pues sus esfuerzos se centraron exclusivamente en su labor artística y su familia. Sus anhelos los expresaba así: “Yo aspiro a pintar el sol, yo aspiro a con la punta de mi pincel, derramar rayos de luz sobre el lienzo y que queden allí fijos eternamente, pienso dar a mis cuadros la vibración de la luz, la vibración del aire, la vibración del éter.”
En el lado opuesto estaba una de las mentes más privilegiadas, Miguel de Unamuno (1864-1936). Quien tocó con suma maestría distintos campos literarios: poesía, novela, teatro y ensayo. Gracias a sus artículos, llenos de agrios comentarios dirigidos a la clase política, se ganó la reputación de sincero, valiente e indomable, ante la sociedad. Poseedor de una pluma incorruptible e insobornable. Para él el liberalismo, a pesar de sus contradicciones, representaba su filosofía vital, su razón existencial.
Su canto era triste y amargo, cual llanto desgarrado por los sufrimientos ocasionados a su Estado. Describiendo cada uno de sus paisajes y personajes con lágrimas de tinta impresa. Tocado quizás por su idolatrado espíritu de Larra.
Fueron sus palabras en contra de la Dictadura de Primo de Rivera, las que propiciaron su destierro a la Isla de Fuerteventura, Canarias. Y fue allí donde aprendió a amar a la Mar: “Es en Fuerteventura donde he llegado a conocer a la mar, donde he llegado a una comunión mística con ella, donde he absorbido su alma y su doctrina.”
Tal fue la repercusión de Unamuno, que a su muerte dijo Ortega y Gasset, que tras su último suspiro se impuso en España un silencio atroz. Arrebatándonos el cielo para siempre su indomable e irrepetible voz.
Una lágrima se deslizó lentamente por mi mejilla, por primera vez atisbaba a comprender mínimamente el dolor que atormentaba perennemente a Libertad. No obstante, el mal que ella achacaba a Matahambre quizás no se circunscribiese exclusivamente a esta comarca. Ni tan siquiera a Golfi y sus secuaces, o al todopoderoso Don Oprobio. Tampoco a un concreto espectro político. Amargamente empezaba a intuir que tal como definiera Unamuno a la envidia: “la carcoma del alma española”. Igualmente esta dolencia estuviese pudriendo las raíces de la democracia en nuestra patria.
Y es que aquellos pasajes, concebidos por Joaquín Costa hace ya casi un siglo, eran lo más parecido a la vigente realidad. Y la proclama de Maura una imperiosa necesidad.
Recordé las promesas de Golfi a los frágiles jóvenes de Matahambre: “Vótame”, les decía, “Y tendrás un puesto en el Ayuntamiento”. Abandonando los estudios a edades sumamente tempranas. Convirtiéndolos en carne de cañón ante cualquier eventual crisis, al carecer, al alcanzar la treintena, de oficio, ni beneficio. Y futuriblemente sujetos a más que probables Expedientes de Regulación de Empleo, cuando la recaudación municipal aminorase. ¿No se englobaría esto en la definición enunciada por Costa al respecto del clientelismo político? Porque si Golfi realmente pensase en sus vecinos, ante todo desearía el máximo grado de formación para las nuevas generaciones, porque al fin y al cabo a ellas concierne el futuro. Lo contrario es pretender que nada cambie, manteniéndose el poder gubernamental constantemente en las mismas manos. Aquí constreñido a: “La banda de Juan Palomo: yo me lo guiso y yo me lo como”.
Memoré a Don Oprobio eximiendo del pago a sus inquilinos comerciales a cambio de apoyar semejante causa, exigiéndoles mirar para otro lado mientras se perpetraban multitudinarias fechorías. La historia de Miguel y las facturas consistoriales. El relato de Libertad en torno a la Revisión del Plan General de Ordenación Urbana.
Igualmente evoqué la leyenda de Soledad, la taciturna cocinera del bar municipal. Madre del pobre Mario que un triste día sucumbió a las redes del cacique mayor. Le garantizaron fiesta y diversión sin parangón, y poco a poco la adicción lo atrapó. Despojándolo de autocontrol. Se sirvieron de su ser para coaccionar o intimidar. Conminándolo a entrar en ajenas moradas, al objeto de amedrentar a sus legítimos propietarios. Y para cuando fue un estorbo, pues a alguien podría delatar, lo desterraron del pueblo, sin oportunidad de retornar jamás. No sin antes introducir a otros tantos en tan nefasto desenlace, empleado como otra arma más para ejercer la supremacía y el dominio sobre los ciudadanos de estos parajes. Si bien supuestamente los susodichos casos acontecen con demasiada asiduidad, sobre ellos preferimos correr un tupido velo, por ser tan dantesco el horror que ni los más execrables ojos prefieren verlo. Tratándolos algunos de meras supersterías o simples habladurías.
O los famosos hipotéticos expedientes agilizados o retrasados, incluso dejando que se caduquen los sancionados. Lo extraño de todo es que la Administración posee eficientes sistemas informáticos. En los que con sólo introducir el número de los referidos expedientes te indica en qué departamento está, cuándo fue su entrada y cuándo ha de ser su salida, así como su número de orden dentro de los pendientes de informar por el área correspondiente. Habilitado para que con la Ley de acceso electrónico de los ciudadanos a los Servicios Públicos, aprobada en el 2007, los administrados desde sus casas pudiesen consultar sus gestiones en la corporación y conocer a través de la red el estado de su petición en cada momento. Mas misteriosamente estas casillas raramente se rellenan. Conllevando a que si osas preguntar por la documentación registrada, se transforme en realidad aquel jocoso artículo escrito por el gran maestro, Mariano José de Larra, y titulado: “Vuelva usted mañana”:
“(…)Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, (…)Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar.(…)Vuelto de informe, se cayó en la cuenta (…) de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro. (…)
(…)–De aquí se remitió con fecha de tantos –decían en uno.
–Aquí no ha llegado nada –decían en otro.(..)
(…)Hubo que hacer otro.¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio! (…)
(…)Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: “A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado (…)”.
Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923) es considerado el pintor de la luz y muy probablemente el de mayor proyección internacional. Se le atribuyen más de 2.200 creaciones. Un genio al que le tocó coexistir en la España del siglo XIX y XX. País que se propuso reflejar en los 14 paneles de gigantescas dimensiones que dibujó por encargo, concretamente entre 1913 y 1919, para la “Hispanic Society of America” cita en Nueva York, destinados a adornar la biblioteca. Donde proyecta las dispares singularidades regionales con un vibrante esplendor y movimiento. Un auténtico tributo a su tierra y a sus gentes.
Fragmentos de nuestra historia que suponen el origen de irreversibles transformaciones, aderezadas por la incipiente esperanza de dejar atrás los regímenes absolutistas y dar la bienvenida a la Ilustración, con el abrazo consecuente al moderno Estado liberal. Sistema fundamentado en la independencia y división de poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. Doctrina diseñada por el jurista y filósofo francés Montesquieu a mediados del siglo XVIII. Y si algo determina a esta fórmula, es que el pueblo es libre y soberano, estando representado en la Asamblea a través de sus diputados electos. Encargada de dictar las normas de igual aplicación para todos, universalistas, suscritas en la Constitución.
Sin embargo, nuestra patria, de claro temperamento pasional, tuvo un constitucionalismo anclado en la perenne inestabilidad. Que germina en los albores del XIX, durante la Guerra de la Independencia (1808-1814), alzamiento de las guerrillas ciudadanas en contra del invasor francés. Y nace con la aprobación de la primera Constitución, la de Cádiz en 1812. Coetánea con el movimiento del Romanticismo, entre cuyos máximos exponentes cabría destacar a Mariano José de Larra en las letras y al mítico Goya con sus figuras costumbristas esbozadas entre claroscuros.
No obstante, la consolidación de la democracia, únicamente llegaría con el refrendo de nuestra vigente carta Magna en 1978. Con anterioridad, las evanescentes excepciones sucumben ante abruptos periodos totalitarios.
Efímeros destellos como: el sexenio revolucionario (1868-1873), con la Constitución de 1869; la Primera República (1873-1874), con un proyecto de Constitución federal que no se llegó a promulgar; y la Segunda República, proclamada el 14 de Abril de 1931, dirigida por una norma suprema exigible jurídicamente que establecía las bases para la descentralización política, y que permitió la redacción de los Estatutos de Autonomía de Cataluña y el País Vasco. Aunque rápidamente, tras estallar la Guerra Civil (1936-1939) y con la posterior dictadura franquista (1939-1975), el sufragio universal resulta derogado.
Una España aquella, en clara alusión al célebre axioma pronunciado por José Ortega y Gasset (1883-1955), rehén de sus “circunstancias”. Insigne pensador liberal a quien Sorolla supo nítidamente retratar mediante su peculiar maestría.












