Mar 23 2010

Retratos de Echegaray pintados por Sorolla


El primer Premio Nobel español, José Echegaray y Eizaguirre (1832-1916), fue también retratado por Joaquín Sorolla (1863 -1923). Uno de dichos cuadros es propiedad del Banco de España, que data de 1905 y otro de 1910  perteneciente a The Hispanic Society of Americade Nueva York.

Echegaray fue un gran pensador liberal: ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, matemático, político y dramaturgo español.

Está considerado el más grande matemático nacional del siglo XIX. Introdujo en nuestro país la geometría de Chasles, la teoría de Galois y las funciones elípticas. Escribiendo libros de gran interés para la ciencia, a la que situó con su trabajo en la esfera europea.

Al igual que los intelectuales de su tiempo, fue tremendamente crítico con el retraso en el que estaba sumida España. Fechando los orígenes del liberalismo y del florecimiento de la ciencia en nuestro territorio en el periodo comprendido durante la ocupación arábiga, entre el año 900 de su llegada hasta su expulsión. Estimándolos por tanto como precursores de los escolásticos. Teoría que albergan igualmente otros estudiosos contemporáneos. Para él desde esa etapa  hasta el momento de su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias, el 11 de Marzo de 1866esta materia había sufrido un aletargamiento. Palabras por las que recibió una dura contestación:

“Si prescindiendo de aquellos siglos en que la civilización arábiga hizo de España el primer país del mundo en cuanto a la ciencia se refiere, sólo nos fijamos en la época moderna, y comenzamos a contar desde el siglo XV, bien comprendéis que no es ésta, ni puede ser ésta, en verdad, la historia de la ciencia en España, porque mal puede tener historia científica, pueblo que no ha tenido ciencia. La imperfecta relación que habéis oído, es resumen histórico de la ciencia matemática sí, pero en Italia, en Francia, en Inglaterra, en Holanda, en Alemania, en Suiza, que es donde renace la geometría cartesiana, la teoría de ecuaciones, el análisis algebraico, la teoría de los números, los cálculos del infinito, el análisis indeterminado, el cálculo combinatorio, la moderna geometría trascendente y la teoría de las curvas: es la historia de la ciencia allá donde hubo un Viete, un Descartes, un Fermat, un Harriot, un Wallis, un Newton, un Leibnitz, un Lagrange, un Cauchy, un Jacobi, un Abel; no es la historia de la ciencia, aquí donde no hubo más que látigo, hierro, sangre, rezos, braseros y humo”.

Hombre de gran reputación fuera y dentro de nuestras fronteras: cuatro veces ministro y dos Presidente de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; Presidente del Ateneo de Madrid; Director de la Real Academia Española, senador vitalicio,…

Como Ministro de Fomento realizó la Ley de Bases de Ferrocarril. Y cuando ostentó la cartera de Hacienda optó por darle al Banco de España carácter nacional, otorgándole el monopolio de la emisión de billetes. Intervención gubernamental contraria a las ideas de la Escuela Austriaca. Sin embargo, defendió denodadamente el libre comercio y ante todo abogó por un presupuesto estatal equilibrado. Vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, apeló por el librecambismo y la apertura exterior de la agricultura y de la industria española. Profundo conocedor de los liberales clásicos: Smith, Mill,…

Más el olvido al que ha sido sometido, se muestra por lo expuesto de inusitada injusticia. Tal vez porque ha prevalecido de su polifacética actividad, especialmente su labor de dramaturgo. Obras teatrales consideradas por la generación del 98, al igual que los lienzos de Sorolla, poco comprometidas con los problemas que padecía la sociedad de su época.

Piezas exponentes de un Romanticismo tardío, donde con un lenguaje grandilocuente, alternó el verso y la prosa. Persiguiendo simplemente entretener a su público, el cual lo adoraba. Sus representaciones tenían una enorme acogida, como también las de Galdós, de vertiente realista y costumbrista. No así las de los noventaochistas, incomprendidas por los espectadores que adolecían quizás aún de la formación intelectual necesaria para ello. Tengamos en cuenta que la tasa de analfabetismo en aquel entonces se situaba en torno al 60%.

Tal era el grado de animadversión, que cuentan que en una ocasión Valle Inclán necesito una transfusión y cuando Echegaray al enterarse acudió al hospital para donar su sangre, éste al verlo le dijo al médico: “De ese no quiero sangre, doctor, la tiene llena de gerundios.”

A pesar de ello parece factible concebir que la academia sueca lo eligiera para entregarle el Premio Nobel en 1904 por esta y no otra aportación, galardón compartido con el poeta provenzal Frédéric Mistral. Motivada, intuimos, tras la puesta en escena de “O Locura o Santidad”, estrenada en el Teatro Real de Estocolmo en 1895 con enorme éxito.

Si bien Echegaray se definía esencialmente como un matemático:

“Las matemáticas forman una salsa que viene bien a todos los guisos del espíritu. Las matemáticas armonizan con la música y con el arte en general. Ocasiones hubo en que el afán y la necesidad de ganar dinero me animaron a cultivar la dramática. Pero mi afición a las matemáticas fue constante, era más desinteresada, más pura, más honda, más grande, en una palabra. La política está por debajo de estas otras aficiones. Nunca encontré en ella ese placer íntimo que las matemáticas y la literatura me producían. Reconocí siempre que la política era necesaria en las sociedades modernas, porque con todas sus impurezas es elemento de progreso. Pero nada más. Fui político leal y sincero, y a veces político ardiente, pero la fiebre pasaba pronto y me quedaba tan tranquilo”.

Sin duda alguna una virtuosa figura de nuestra historia, que se merece el mayor de los honores y el más vivo recuerdo. Su proyección en aquel momento fue tal que incluso en Canarias una calle del barrio de San Antonio, cito en el municipio de Telde, Gran Canaria, cuyas primeras edificaciones datan de dicho periodo, lleva su nombre. Y no erraríamos en imaginar que igualmente habrá más en la geografía peninsular.

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Mar 19 2010

España y el Mar para Sorolla y Unamuno


Aunque no cabe duda, de que la genialidad de Sorolla (1863-1923) hoy por hoy no se discute, no siempre fue así, pues durante mucho tiempo se le denostó entre los círculos de la intelectualidad.

Los grandes pensadores de ese momento, abanderados por la Generación del 98, con Unamuno a la cabeza, consideraban que todo esfuerzo debía encaminarse a devolverle a nuestro país la brillantez del pasado. Recordemos que en el periodo comprendido entre el siglo XIX y XX España estaba inmersa en una profunda crisis política y social. Acentuada tras la pérdida de las últimas colonias de ultramar. Un 60% de la población era analfabeta. La hambruna dominante alcanzaba tintes de pandemia. El caciquismo era la forma de gobierno imperante. Irrumpían con fuerza los nacionalismos, al no encontrar respuestas favorables a sus males en las medidas adoptadas por la Administración central. El sector agrario, sobre todo en Galicia, Castilla y Andalucía,  requería de una urgente modernización. Sin darse siquiera una homogeneidad territorial

Defendiendo este grupo de eruditos que la única vía para resolver los problemas de España, pasaba por la formación del pueblo y la europeización. El camino de la transformación exigía primeramente un diagnóstico profundo de la enfermedad, para con posterioridad suministrar los remedios más certeros. Sin embargo, bajo ningún concepto resultaba factible eludir la realidad. Y este sería el motivo de las críticas aceradas hacia Sorolla. Atacando su obra con hirientes calificativos, tales como: “rumor de mercaderes de Levante” (Machado), “gitanos o fenicios” (Valle Inclán) o “lasciva” (Unamuno). En definitiva se le acusaba de reflejar una imagen irreal de nuestra patria, limitándose a ensalzar las bondades de quien le pagaba: figuras  de niños alegres que juegan en el mar, damas que lucen bajo el sol grandes pamelas y elegantes vestidos vaporosos,…

Su no implicación le llevó en muchos casos a la exclusión. Pues sus esfuerzos se centraron exclusivamente en su labor artística y su familia. Sus anhelos los expresaba así: “Yo aspiro a pintar el sol, yo aspiro a con la punta de mi pincel, derramar rayos de luz sobre el lienzo y que queden allí fijos eternamente, pienso dar a mis cuadros la vibración de la luz, la vibración del aire, la vibración del éter.”

En el lado opuesto estaba una de las mentes más privilegiadas, Miguel de Unamuno (1864-1936). Quien tocó con suma maestría distintos campos literarios: poesía, novela, teatro y ensayo. Gracias a sus artículos, llenos de agrios comentarios dirigidos a la clase política, se ganó la reputación de sincero, valiente e indomable, ante la sociedad. Poseedor de una pluma incorruptible e insobornable. Para él el liberalismo, a pesar de sus contradicciones, representaba su filosofía vital, su razón existencial.

Su canto era triste y amargo, cual llanto desgarrado por los sufrimientos ocasionados a su Estado. Describiendo cada uno de sus paisajes y personajes con lágrimas de tinta impresa. Tocado quizás por su idolatrado espíritu de Larra.

Fueron sus palabras en contra de la Dictadura de Primo de Rivera, las que propiciaron su destierro a la Isla de Fuerteventura, Canarias. Y fue allí donde aprendió a amar a la Mar: “Es en Fuerteventura donde he llegado a conocer a la mar, donde he llegado a una comunión mística con ella, donde he absorbido su alma y su doctrina.”

Tal fue la repercusión de Unamuno, que a su muerte dijo Ortega y Gasset, que tras su último suspiro se impuso en España un silencio atroz. Arrebatándonos el cielo para siempre su indomable e irrepetible voz.

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Mar 17 2010

Capítulo XXXV: Vuelva usted mañana


Una lágrima se deslizó lentamente por mi mejilla, por primera vez atisbaba a comprender mínimamente el dolor que atormentaba perennemente a Libertad. No obstante, el mal que ella achacaba a Matahambre quizás no se circunscribiese exclusivamente a esta comarca. Ni tan siquiera a Golfi y sus secuaces, o al todopoderoso Don Oprobio. Tampoco a un concreto espectro político. Amargamente empezaba a intuir que tal como definiera Unamuno a la envidia: “la carcoma del alma española”. Igualmente esta dolencia estuviese pudriendo las raíces de la democracia en nuestra patria.

Y es que aquellos pasajes, concebidos por Joaquín Costa hace ya casi un siglo, eran lo más parecido a la vigente realidad. Y la proclama de Maura una imperiosa necesidad.

Recordé las promesas de Golfi a los frágiles jóvenes de Matahambre: “Vótame”, les decía, “Y tendrás un puesto en el Ayuntamiento”. Abandonando los estudios a edades sumamente tempranas. Convirtiéndolos en carne de cañón ante cualquier eventual crisis, al carecer, al alcanzar la treintena, de oficio, ni beneficio. Y futuriblemente sujetos a más que probables Expedientes de Regulación de Empleo, cuando la recaudación municipal aminorase. ¿No se englobaría esto en la definición enunciada por Costa al respecto del clientelismo político? Porque si Golfi realmente pensase en sus vecinos, ante todo desearía el máximo grado de formación para las nuevas generaciones, porque al fin y al cabo a ellas concierne el futuro. Lo contrario es pretender que nada cambie, manteniéndose el poder gubernamental constantemente en las mismas manos. Aquí constreñido a: “La banda de Juan Palomo: yo me lo guiso y yo me lo como”.

Memoré a Don Oprobio eximiendo del pago a sus inquilinos comerciales a cambio de apoyar semejante causa, exigiéndoles mirar para otro lado mientras se perpetraban multitudinarias fechorías. La historia de Miguel y las facturas consistoriales. El relato de Libertad en torno a la Revisión del Plan General de Ordenación Urbana.

Igualmente evoqué la leyenda de Soledad, la taciturna cocinera del bar municipal. Madre del pobre Mario que un triste día sucumbió a las redes del cacique mayor. Le garantizaron fiesta y diversión sin parangón, y poco a poco la adicción lo atrapó. Despojándolo de autocontrol. Se sirvieron de su ser para coaccionar o intimidar. Conminándolo a entrar en ajenas moradas, al objeto de amedrentar a sus legítimos propietarios. Y para cuando fue un estorbo, pues a alguien podría delatar, lo desterraron del pueblo, sin oportunidad de retornar jamás. No sin antes introducir a otros tantos en tan nefasto desenlace, empleado como otra arma más para ejercer la supremacía y el dominio sobre los ciudadanos de estos parajes. Si bien supuestamente los susodichos casos acontecen con demasiada asiduidad, sobre ellos preferimos correr un tupido velo, por ser tan dantesco el horror que ni los más execrables ojos prefieren verlo. Tratándolos algunos de meras supersterías o simples habladurías.

O los famosos hipotéticos expedientes agilizados o retrasados, incluso dejando que se caduquen los sancionados. Lo extraño de todo es que la Administración posee eficientes sistemas informáticos. En los que con sólo introducir el número de los referidos expedientes te indica en qué departamento está, cuándo fue su entrada y cuándo ha de ser su salida, así como su número de orden dentro de los pendientes de informar por el área correspondiente. Habilitado para que con la Ley de acceso electrónico de los ciudadanos a los Servicios Públicos, aprobada en el 2007, los administrados desde sus casas pudiesen consultar sus gestiones en la corporación y conocer a través de la red el estado de su petición en cada momento. Mas misteriosamente estas casillas raramente se rellenan. Conllevando a que si osas preguntar por la documentación registrada, se transforme en realidad aquel jocoso artículo escrito por el gran maestro, Mariano José de Larra, y titulado: Vuelva usted mañana:

“(…)Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, (…)Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar.(…)Vuelto de informe, se cayó en la cuenta (…) de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro. (…)

(…)–De aquí se remitió con fecha de tantos –decían en uno.

–Aquí no ha llegado nada –decían en otro.(..)

(…)Hubo que hacer otro.¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio! (…)

(…)Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: “A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado (…)”.

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Mar 16 2010

Joaquín Sorolla y Bastida, reflejo de una época


Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923) es considerado el pintor de la luz y muy probablemente el de mayor proyección internacional. Se le atribuyen más de 2.200 creaciones. Un genio al que le tocó coexistir en la España del siglo XIX y XX. País que se propuso reflejar en los 14 paneles de gigantescas dimensiones que dibujó por encargo, concretamente entre 1913 y 1919,  para la Hispanic Society of America cita en Nueva York, destinados a adornar la biblioteca. Donde proyecta las dispares singularidades regionales con un vibrante esplendor y movimiento. Un auténtico tributo a su tierra y a sus gentes.

Fragmentos de nuestra historia que suponen el origen de irreversibles transformaciones, aderezadas por la incipiente esperanza de dejar atrás los regímenes absolutistas y dar la bienvenida a la Ilustración, con el abrazo consecuente al moderno Estado liberal. Sistema fundamentado en la independencia y división de poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. Doctrina diseñada por el jurista y filósofo francés Montesquieu a mediados del siglo XVIII. Y si algo determina a esta fórmula, es que el pueblo es libre y soberano, estando representado en la Asamblea a través de sus diputados electos. Encargada de dictar las normas de igual aplicación para todos, universalistas, suscritas en la Constitución.

Sin embargo, nuestra patria, de claro temperamento pasional, tuvo un constitucionalismo anclado en la perenne inestabilidad. Que germina  en los albores del XIX, durante la Guerra de la Independencia (1808-1814), alzamiento de las guerrillas ciudadanas en contra del invasor francés. Y nace con la aprobación de la primera Constitución, la de Cádiz en 1812. Coetánea con el movimiento del Romanticismo, entre cuyos máximos exponentes cabría destacar a Mariano José de Larra en las letras y al mítico Goya con sus figuras costumbristas esbozadas entre claroscuros.

No obstante, la consolidación de la democracia, únicamente llegaría con el refrendo de nuestra vigente carta Magna en 1978. Con anterioridad, las evanescentes excepciones sucumben ante abruptos periodos totalitarios.

Efímeros destellos como: el sexenio revolucionario (1868-1873), con la Constitución de 1869; la Primera República (1873-1874), con un proyecto de Constitución federal que no se llegó a promulgar; y la Segunda República, proclamada el 14 de Abril de 1931, dirigida por una norma suprema exigible jurídicamente que establecía las bases para la descentralización política, y que permitió la redacción de los Estatutos de Autonomía de Cataluña y el País Vasco. Aunque rápidamente, tras estallar la Guerra Civil (1936-1939) y con la posterior dictadura franquista (1939-1975), el sufragio universal resulta derogado.

Una España aquella, en clara alusión al célebre axioma pronunciado por José Ortega y Gasset (1883-1955), rehén de sus “circunstancias”. Insigne pensador liberal a quien Sorolla supo nítidamente retratar mediante su peculiar maestría.


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Feb 25 2010

“Vuelva usted mañana (artículo del Bachiller)”


(Mariano José de Larra)

“Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza. Nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.


Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica; de éstos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como [nuestras ruinas] nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.


Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo [comparáramos] compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.


Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.


Un extranjero de éstos fué el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.


Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Parecióme el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fué preciso explicarme más claro.


–Mirad –le dije–, monsieur Sans-délai, que así se llamaba; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.
–Ciertamente –me contestó–. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizados en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran de los quince, cinco días.


Al llegar aquí monsieur Sans-délai, traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fué bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.


–Permitidme, monsieur Sans-délai –le dije entre socarrón y formal–, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.
–¿Cómo?
–Dentro de quince meses estáis aquí todavía.
–¿Os burláis?
–No por cierto.
–¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!
–Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.
–¡Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal [siempre] de su país por hacerse superiores a sus compatriotas.
–Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.
–¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad.
–Todos os comunicarán su inercia.


Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.


Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido; encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días: fuimos.


–Vuelva usted mañana –nos respondió la criada–, porque el señor no se ha levantado todavía.
–Vuelva usted mañana –nos dijo al siguiente día–, porque el amo acaba de salir.
–Vuelva usted mañana –nos respondió al otro–, porque el amo está durmiendo la siesta.
–Vuelva usted mañana –nos respondió el lunes siguiente–, porque hoy ha ido a los toros.
–¿Qué día, a qué hora se ve a un español? Vímosle por fin, y Vuelva usted mañana –nos dijo–, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio.


A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.


Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.


Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.


No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero, a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.


Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!


–¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai? –le dije al llegar a estas pruebas.
–Me parece que son hombres singulares…
–Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca.


Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.


A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.


–Vuelva usted mañana –nos dijo el portero–. El oficial de la mesa no ha venido hoy.
–Grande causa le habrá detenido –dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad! al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.


Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero:


–Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.
–Grandes negocios habrán cargado sobre él–, dije yo.


Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo [acertar] el acertar.


–Es imposible verle hoy –le dije a mi compañero–; su señoría está, en efecto, ocupadísimo.


Diónos audiencia el miércoles inmediato, y ¡qué fatalidad! el expediente había pasado a informe, por desgracia, a la única persona enemiga indispensable de monsieur y [su plan] de su plan, porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.
Vuelto de informe, se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fué el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro.


–De aquí se remitió con fecha de tantos –decían en uno.
–Aquí no ha llegado nada –decían en otro.
–¡Voto va! –dije yo a monsieur Sans-délai– ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?


Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio!


–Es indispensable –dijo el oficial con voz campanuda–, que esas cosas vayan por sus trámites regulares.


Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de servicio.


Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: “A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado”.


–¡Ah, ah, monsieur Sans-délai! –exclamé riéndome a carcajadas–; éste es nuestro negocio.


Pero monsieur Sans-délai se daba a todos los oficinistas, que es como si dijéramos a todos los diablos.


–¿Para esto he echado yo viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: Vuelva usted mañana? ¿Y cuando este dichoso mañana llega, en fin, nos dicen redondamente que no? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo a hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse a nuestras miras.
–¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.


Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.


–Ese hombre se va a perder –me decía un personaje muy grave y muy patriótico.
–Esa no es una razón –le repuse–; si él se arruina, nada, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía o de su ignorancia.
–¿Cómo ha de salir con su intención?
–Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse; ¿no puede uno aquí morirse siquiera, sin tener un empeño para el oficial de la mesa?
–Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere [hacer].
–¿A los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor?
–Sí, pero lo han hecho.
–Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. Conque, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, ¿será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si podrían perjudicar los antiguos al moderno.
–Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo.
–Por esa razón deberían darle a usted papilla todavía como cuando nació.
–En fin, señor [Bachiller] Fígaro, es un extranjero.
–¿Y por qué no lo hacen los naturales del país?
–Con esas socaliñas vienen a sacarnos la sangre.
–Señor mío –exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia–, está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabían más que ellas.


Un extranjero –seguí –que corre a un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero. Si pierde, es un héroe; si gana, es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya, ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el del dinero; ha dado de comer a los pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuído al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros: a su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia, ha debido el llegar a ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las últimas; a los extranjeros han debido los Estados Unidos… Pero veo por sus gestos de usted –concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo– que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes esperanzas! [La fortuna es que hay hombres que mandan más ilustrados que usted, que desean el bien de su país, y dicen: "Hágase el milagro y hágalo el diablo." Con el Gobierno que en el día tenemos, no estamos ya en el caso de sucumbir a los ignorantes o a los malintencionados, y quizá ahora se logre que las cosas vayan a mejor, aunque despacio, mal que les pese a los batuecos.]


Concluída esta filípica, fuíme en busca de mi Sans-délai.


–Me marcho, señor [Bachiller] Fígaro–me dijo–. En este país no hay tiempo para hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más notable.
–¡Ay! mi amigo –le dije–, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.
–¿Es posible?
–¿Nunca me habéis de creer? Acordáos de los quince días…


Un gesto de monsieur Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.


–Vuelva usted mañana–nos decían en todas partes–, porque hoy no se ve.
–Ponga usted un memorialito para que le den a usted permiso especial.


Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y… Contentóse con decir: –Soy [un] extranjero–. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos!


Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver [a fuerza de esquelas y de volver] las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de [las] nuestras costumbres [de nuestros batuecos]; diciendo, sobre todo, que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino volver siempre mañana, y que a la vuelta de tanto mañana, eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.


¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo y pereza de abrir los ojos para hojear [los pocos folletos] que tengo que darte [ya], te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fué de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé: Vuelva usted mañana; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones: ¡Eh, mañana le escribiré! Da gracias a que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!”

(El Pobrecito Hablador, enero de1833)



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