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“Auto de fe”, pintado por Pedro Berruguete en 1475
Quedando atrapados poco a poco en tan excelsa disertación:
“Hay veces que no doy crédito a lo escuchado, cuando más y más regulación reclama el ciudadano. Luego de haberse exitosamente inoculado el mensaje, por los estamentos siempre privilegiados, de que la raíz de nuestros males radica en el exceso de libertad. En tanto en cuanto ese preciado anhelo para nada plenamente alcanzado, mas en manifiesto retroceso, es una conquista relativamente reciente y demasiado frágil en Occidente. Espíritu que irrumpe en Oriente en el 2010 con las primaveras árabes.
Las revoluciones del s. XVIII trajeron aires renovados al mundo occidental, pero los que durante infinidad de siglos habían acumulado reiteradas prerrogativas les resultaba difícil de ellas desprenderse. Solo fue tras la Segunda Guerra Mundial cuando se declara que la soberanía radica en el pueblo, anteriormente en la nación, y precediendo a ésta en el Rey durante el periodo de monarquías absolutistas. Comienzan a recogerse en las Constituciones lo que hoy llamamos derechos sociales, siendo vanguardistas en este aspecto la mejicana de 1917 y la alemana de 1919, instituyéndose el Tribunal Constitucional, por primera vez en Austria en 1920 y en el resto de los Estados mayoritariamente tras finalizar las Segunda Guerra Mundial, en pro de salvaguardar la aplicación de los consagrados constitucionalmente derechos fundamentales. Será en el siglo XIX cuando se implante el sufragio universal masculino, precedentemente censitario, que se instaura en las postrimerías del siglo XVIII y en el que solo un 2 ó 3% de la población tenía derecho a voto. Entre las dos grandes y dramáticas guerras del siglo XX las mujeres consiguen acceder a las urnas en algunos países, en Suiza por ejemplo tendrán que esperar hasta hace escaso tiempo, exactamente a 1971.
Pero lo paradójico fue que si bien en la declaración francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 se decreta que: “Toda sociedad en la que no está asegurada (…) la separación de poderes no tiene Constitución”, luego de la Primera Guerra Mundial el parlamento pierde preponderancia en favor del ejecutivo, quedando prácticamente eclipsado hoy por este último. Resultando un claro síntoma de que aunque nosotros pensemos que sí, a esto ya no se le podría llamar estrictamente democracia. Sin contar que en algunas naciones como la nuestra, además lo que impera es un Estado de partidos, al carecer de listas abiertas o elección nominal por circunscripción electoral, agravado por el hecho de reconocerse nimiamente la voz de las minorías, pues carecemos de la segunda vuelta o hemos optado por la controvertida Ley D’Hondt que refuerza a las organizaciones mayoritarias. Derivando en el angosto bipartidismo y pudiendo desembocar finalmente las mayorías en el consabido populismo o en gobiernos tiránicos característicos del siglo XX.
El ideario ha sido asimilado, con un derecho penal en expansión. Ya que no hay que olvidar que éste es un constreñimiento de los derechos individuales, al que conforme al principio de intervención mínima o de “ultima ratio”, al usar los recursos más onerosos para el individuo (penas y medidas de seguridad), se ha de acudir como última vía. Debiendo, de ser posible, optar por otras ramas del Derecho (multas administrativas, indemnizaciones por vía civil, etc). Mas casi se usa ya como primera alternativa. Además de que la presunción de inocencia se ha pulverizado y el carácter de resocialización del delincuente, con el fin de tornarlo apto para integrarlo nuevamente en la sociedad, omitido. Precepto defendido a lo largo de la historia española entre otros por Francisco Giner de los Ríos, baluarte del Krausismo español. Hasta la extinta cadena perpetua quieren rescatar, sin contar que en algunos países la execrable pena de muerte aún existe. No siendo todavía clasificada su abolición por el derecho internacional público como una norma imperativa o de “ius cogens”, es decir, de obligado cumplimiento frente a todos. Otorgándoseles tan sólo este alto rango de protección a: la libre determinación de los pueblos o la prohibición: del uso de la fuerza, del genocidio, de la discriminación por razón de raza o religión, de la esclavitud. A lo que hay que sumar la tibieza de la ONU a la hora de dictar resolución alguna, paralizada por el poder de veto de las cinco grandes potencias (EEUU, Rusia, China, Francia y Reino Unido), cuyo voto en contra dentro del Consejo de Seguridad impide cualquier actuación. Pesando más a veces hipotéticamente las circunstancias económicas del momento que la supuesta tragedia de seres inocentes. Países que lograron este privilegio al ser el bloque vencedor en la Segunda Guerra Mundial, creando así la Organización de las Naciones Unidas (ONU), constituida vigentemente por 193 Estados Miembros, que reemplazó a la Sociedad de Naciones (SDN) erigida luego de la Primera Guerra Mundial.
Líneas rojas que hacen engordar aún más el señorío del Estado, generando, de no controlar adecuadamente su tamaño, una aberración, que cual Leviatán, al objeto de la consecución de una meta, por más loable que este sea, se despreocupe de los medios pisoteando derechos universales, inalienables al ser humano. Ejecutando controvertidas ponderaciones de derechos fundamentales, que pudieran escorarse según la dimensión o interés del grupo de presión. Distorsionando el precepto de la máxima claridad del derecho y seguridad jurídica.
Viniéndoseme por ello a la mente, ante este peligroso y descomunal gigante desarrollado, las palabras del insigne Nobel de Literatura de 1990 Octavio Paz: “el crecimiento monstruoso del Estado, ‘el ogro filantrópico’, es simultáneamente causa y expresión de nuestros males. Los liberales creían que gracias al desarrollo de la libre empresa florecería la sociedad civil y, simultáneamente, la función del Estado se reduciría a la de simple supervisor de la evolución espontánea de la humanidad. (…) ¡Esperanzas y profecías evaporadas! El Estado del siglo XX, se ha revelado como una fuerza más poderosa que la de los antiguos imperios y como un amo más terrible que los viejos tiranos y déspotas. Un amo sin rostro, desalmado y que obra no como un demonio, sino como una máquina”.
Y es que si rememoramos nuestra historia, primeramente hubo una pincelada de participación política, nacida con la polis griega. No obstante, sólo gozaban de todos los derechos un pequeño núcleo de ciudadanos, quedando fuera de la comunidad: los esclavos, las mujeres y los extranjeros. Dando paso a la Antigua Roma, que va desde la Monarquía (754-510 a.C) hasta la República (510-27 a.C), donde el “maistas”, similar a lo que muchos siglos después se denominaría soberanía, pertenecía al pueblo. Posteriormente, con el Principado, inaugurado entre el 27 y 23 a.C. el “maistas”, se entregaba por delegación al Príncipe. Quien acapara progresivamente ingentes cantidades de poder, creando la ley, generando hasta entonces las normas las asambleas populares. Refiriéndose a ello el prestigioso jurista Ulpiano (fenecido en el 228) al aseverar que: “Lo que complace al príncipe tiene fuerza de ley”. Pero esta legitimación hacía aguas, ante un pueblo cada vez más desorientado por tanto privilegiado, y será en el 313 mediante el edicto de tolerancia religiosa, promulgado por Constantino y Licinio, cuando se cristianice el imperio. Convirtiéndose el emperador por gracia divina en el representante de Dios en la Tierra. Asimilando como suyos los preceptos cristianos, que había sabido hacer acopio de los dispares símbolos paganos, principal causa por la que el cristianismo se había extendido enorme y rápidamente entre las distintas capas sociales. Conllevando su reconocimiento la fidelidad de este amplio sector de la sociedad a la casta gobernante. Potenciando el Emperador la aristocratización de la Iglesia. Pasando a ostentar el Papa el poder espiritual y el Emperador el temporal. Dando paso a las herejías, es decir, a la eliminación de todo pensamiento discrepante.
Pero según el Evangelio de Tomás, texto copto de Nag Hammadi, Jesús dijo: “Yo soy la luz que está sobre todos ellos. Yo soy el Universo: el universo ha surgido de mí y ha llegado hasta mí. Partid un leño y allí estoy yo, levantad una piedra y allí me encontraréis.” Habla de una religión íntima, personal del individuo, que al igual que el resto de religiones monoteístas, preponderan el misticismo individual. La andadura iniciática que ha de emprender todo ser humano para la perfección espiritual lograr. Sin embargo, si en este razonamiento intuyésemos algún atisbo de acierto, mermaríamos importancia a los intermediarios de Dios en la Tierra, y sobre todo a los gobernantes que lo han utilizado para su poder durante más de mil años frente al pueblo legitimar.
Jesús hablaba de bondad, de austeridad, perdón, explicando su mensaje a modo de sencillas parábolas, capaces de ser captadas por cualquier ser humano con independencia de su formación y preparación. Recogiendo símiles que ya indicaban las culturas ancestrales, buscando con ello que calara fácilmente en los humanos el nuevo dogma. Los mándalas utilizados por el hinduismo y budismo aparecen en los rosetones de las iglesias góticas, construidas por lo que conocemos como masonería operativa, es decir gremios de obreros duchos en la construcción. Alegóricamente nace el 25 de Diciembre que coincide prácticamente con el solsticio de invierno, celebrado desde el antiguo Egipto. En todas se habla de modelar al hombre sobre el barro, es decir, buscar su perfección. Se otorga gran importancia a la figura femenina, al estar cada individuo constituido por dos polos opuestos, que han de guardar simetría. Relacionándose con la madre tierra a la Virgen María, de suma veneración por parte de los templarios. Como concebiría el psiquiatra Carl Gustav Jung sustrato del inconsciente colectivo, arquetipos que se recogen en las dispares culturas, y que magistralmente recuperaron crípticamente los alquimistas.
En el Concilio de Nicea, 325, el emperador Constantino será el encargado de que los actuales dogmas cristianos prosperen y de que otros se releguen al ostracismo, calificándolos de heréticos. Si bien es cierto que no se inventó nada, se ocultaron supuestas verdades. La leyenda habla de infinidad de libros escondidos en la sede papal privando al mundo de su conocimiento.
Uno de los primeros en sufrir la nueva furia sería Arrio, presumiblemente de origen libio y muerto hipotéticamente por envenenamiento, quien fundó la corriente del arrianismo, de considerable desarrollo en Oriente. Condenado por herejía en el Concilio de Nicea. Teoría que rechaza la Trinidad y defiende que Jesús fue alumbrado, si bien con atributos divinos. Lo que lo asemejaría entonces a un profeta, con un marcado corte humano. Como tal pudo tener descendencia, la denominada “de sangre real”, encarnada para algunos en la dinastía merovingia. Teorías de las que se harían supuestamente eco los templarios luego de sus viajes a las cruzadas, pues era en esta zona donde más enraizó el parecer de Arrio.

Pero semejantes creencias resultaban de suma peligrosidad para el poder imperante, pues éste basaba su hegemonía en la “res publica christiana”, donde siguiendo los axiomas de Agustín de Hipona (s. IV), agustinismo político, todo poder provenía de Dios, fuera de la Iglesia no existía nada, siendo Jesús su Jefe, y por delegación en la tierra el Emperador. El derecho tenía que ser antiguo y bueno. Proveniente de la creación, por lo que nadie se podía quejar de lo que el Supremo había decidido para él en vida, por mal que fuera si había sido dispuesto por la gracia divina. Siglos y siglos de sometimiento, de reclusión en la oscuridad.
Mas los distintos reinos se empiezan a cansar del subyugamiento al Emperador y al Papa, por lo que apoyan a otras corrientes religiosas en pro de lograr mayores cotas de poder. Siendo la Paz de Westfalia (1648) la que marque un antes y un después. Tratados que pusieron punto y final a la denominada Guerra de los Treinta Años. Disputas entre católicos y protestantes, que afloran con la irrupción de los movimientos de reforma de Lutero (1517), Zwinglio (1522) y Calvino (1541). Formalizando la igualdad soberana, definición que puede apreciarse en el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas (ONU) como: “la fe (…) en la igualdad de derechos (…) de las naciones grandes y pequeñas”. Acabando con la subordinación al Emperador y al Papa de la Edad Media. Momento coincidente con el Renacimiento, donde por primera vez el individuo empieza a alcanzar categoría vital gracias al humanismo, fomentado por los aires de reforma. Pidiendo movimientos, presuntamente dentro de la propia Iglesia Católica, cambios. Como quizás fue la secreta Orden Rosacruz.
Si bien hasta ese momento existieron diferentes modos de entender la doctrina, siempre de manera soterrada. La Orden del Císter, siendo Bernardo de Claraval mentor de la Orden del Temple, propulsor de su expansión por toda Europa, se contraponía a la Orden del Cluny al clamar por una mayor austeridad. Y otros que darán lugar a la Inquisición, concebida inicialmente para reprimir a los cátaros del siglo XIII. Línea defensora de una fe pretendidamente pura, en la que debería prevalecer el espíritu, despojando a sus miembros de todo lo material. Intentando volver a los primeros movimientos cristianos del s. I y II, extendido entre las capas más pobres y contrarios a la opresión imperial. Previamente a quedar absorbida por el poder político y de arroparla con ostentosidad.
Lo que demuestra que pocos años de efímera libertad hemos disfrutado. Ya que no hay que omitir los intentos de involución del siglo XX, los cuales nos dejaron una masacre sin parangón a causa de dos grandes Guerras Mundiales. Solicitando algunos ahora en el siglo XXI que volvamos a dar un paso atrás, aprovechándose de los miedos del ser humano y de su ansia de seguridad para sustraernos poco a poco nuestras libertadas. Alegando eso tan intangible e incomprensible como es el bien común o interés general.”
Llegó la tarde y con ella mi anhelado retorno a las sinuosas páginas de aquella magnífica obra. Habiéndose acrecentado, tras las argumentaciones de Libertad, aún más si cabe, mi curiosidad por tan enigmática época. Donde después de continuos avances y retrocesos nuestro Estado Constitucional creyó alcanzar, por fin, la paz y tranquilidad. No obstante, nada más lejos de la realidad. Puesto que al culminar el referido periodo, con cincuenta años escasos, sobrevino nuevamente una Dictadura. Siendo el Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, quien se haría con el poder mediante el habitual, en nuestro territorio patrio, golpe de Estado, el 13 de Septiembre de 1923.
Erigiéndose la Restauración como una larga etapa de relativa estabilidad, en la que España optó por instituirse como un Estado liberal de derecho. Iniciándose el 29 de Diciembre de 1874 con el pronunciamiento del General Martínez Campos en Sagunto. Momento histórico en el que confluyeron prestigiosas mentes liberales. Personajes de la talla de: Antonio Cánovas del Castillo (1828 – 1897), Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), Manuel Alonso Martínez (1827-1891), Francisco Silvela (1843-1905), Antonio Maura (1853-1925) y José Canalejas (1854-1912), entre otros muchos.
Su ideólogo indiscutible sería Antonio Cánovas del Castillo, propulsor del liberalismo doctrinario en España. Movimiento que aboga por el “justo medio”, a imagen y semejanza del sistema británico, que tan buenos resultados ha dado en aquellas tierras. Donde recordemos que no existe un único texto denominado Constitución, sino que se conservarán los históricos, que convivirán con otros nuevos, conformando las llamadas convenciones constitucionales. Perfiladas por la interpretación jurisdiccional. Y que en la práctica conferirán gradualmente el máximo protagonismo al Parlamento, en detrimento del Poder real. De ahí la mítica frase del constitucionalismo inglés tradicional: “El Rey estaría obligado incluso a firmar la Ley que lo condenara a muerte”. Sin embargo, España adolecía de la larga trayectoria parlamentaria y democrática británica. Configurándose este punto como significativo óbice para la consolidación del susodicho régimen político en nuestro país.
Extrayendo los seguidores de esta corriente su asunción en relación al estudio del Derecho Público y su desenvolvimiento en el pasado. Mostrando un gran pragmatismo en la toma de decisiones. Siendo quizás por ello igualmente calificada esta línea como conservadora, por anteponer la conciliación de posturas, eludiendo cualquier abrupta ruptura. Diferenciándose así, del liberalismo progresista, sintetizado por Práxedes Mateo Sagasta. A quienes no preocupaba en demasía decretar medidas tal vez más inmediatamente controvertidas. Aunque en la práctica los dispares matices terminaron por ser casi imperceptibles.
Pero para Francisco estos apelativos inducían a error. Ya que la primordial desavenencia entre ambos sectores radicaba en la toma de decisiones. Los primeros aspirando al máximo grado de cohesión social, fin último de la política. Y los segundos anteponiendo la facción programática del grupo a lo descrito. Mas si progreso es desear la mejora de un Estado, en suma todos somos progresistas. Estribando el disentimiento en la forma de llegar al prefijado objetivo.
No obstante, el partido liberal conservador encabezado por Cánovas, su líder hasta 1897, pasaría a calificarse exclusivamente como conservador a partir de 1884. Lo mismo sucedería con el partido liberal fusionista dirigido por Sagasta, que acabaría llamándose solamente partido liberal. Creándose ambas formaciones dinásticas bajo la fórmula de “notables”. Notables locales agrupados entre sí, en torno a cierto número de diputados y con una efímera cohesión.
Las sugeridas teorías lograron su aplicación gracias a los convulsos prolegómenos y al Rey de la dinastía bornónica restaurado, Alfonso XII. Cuya injerencia será mínima, dejando a los parlamentarios la dirección política y a Antonio Cánovas diseñar libremente el sistema que habría de regir esa era. Supeditada a la Constitución de 1876. Una síntesis de: la Constitución de 1845, en cuanto a la soberanía compartida entre el Rey y las Cortes, aseverando en su artículo 18: “la potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey”; y la de 1969, con respecto a la amplia declaración de derechos individuales y la tolerancia. Documento breve, flexible y elástico. Que abordaba exclusivamente los asuntos fundamentales y dejaba el resto a lo que determinasen futuras leyes. Ambigüedad que se reflejó también en la Constitución de 1978, al objeto de concitar en torno a ella la variedad de fuerzas.
Los órganos constitucionales serían:
• El Rey. Dotado de amplias prerrogativas, características de una monarquía limitada. Entre las que se encontraban: la iniciativa legislativa, el derecho a veto, la capacidad de disolución de las Cortes y el libre nombramiento del Gobierno. Si bien su discrecionalidad fue escasa con el reinado de Alfonso XII (1875-1885); y asimismo en la Regencia de María Cristina (1885-1902), su esposa, al advenimiento de su pronta muerte; se produjo un cambio sustancial con la entronización de Alfonso XIII, su hijo, jurando la Constitución en 1902 e iniciando así su reinado personal. Abuelo de nuestro actual monarca, Juan Carlos I.
(Alfonso XIII y María Cristina la Reina Regente. Cuadro de Luis Álvarez Catalá en 1898)
Las negativas consecuencias que suscitó la intromisión de Alfonso XIII en la actividad parlamentaria, propició que la susodicha cuestión se tuviese muy presente en la redacción de la vigente Constitución, la de 1978. Optando sus constituyentes por privar al rey de implicación alguna en el debate político cotidiano. Circunscribiéndose las actuaciones de la corona a funciones fundamentalmente simbólicas y representativas del Estado.
• El Gobierno. Será a partir de ahí cuando se defina la figura del Presidente. Aunque no estuviese tácitamente reconocida en la norma jurídica suprema, se distinguirá del resto de miembros del gabinete. Componentes penalmente responsables, acusando el Congreso y juzgando el Senado.
A pesar de que la Carta Magna establecía que correspondía al Rey nombrar y cesar, bajo su justo criterio, a los Ministros, esta potestad sería ejercida por quien recibiera el encargo del monarca para conformar Gobierno, es decir, el Presidente.
• Las Cortes: Congreso y Senado, con similares facultades (bicameralismo perfecto).El Senado estaría constituido por: Senadores por “derecho propio” (Grandes de España y alta jerarquía eclesiástica); vitalicios, nominados por la Corona; y aquellos que resultasen escogidos por los ciudadanos. Conteniendo plenitud de Diputados electos el Congreso.
• La Administración de Justicia. Sometida a la Ley de 1870, modificada posteriormente mediante decretos y finalmente reformada por la Ley Adicional de 1882. Promulgándose asimismo la Ley de Enjuiciamiento Civil (1881); la de Enjuiciamiento Criminal (1882), la cual ha perdurado hasta nuestros días; y la Ley del Jurado de 1888.
(Alfonso XIII de España y su familia posando junto a la familia Zuloaga en una exposición celebrada en la casa familiar de la calle Bailén de Madrid en 1911)
Además, uno de los grandes logros fue el Código Civil de 1889, en el que resultaría crucial la figura del político liberal y jurista: Manuel Alonso Martínez. Quien concibió la idea de que el Parlamento se limitase a establecer una Ley de Bases, en la que se contemplarían los principios a desarrollar luego por una Comisión técnica creada al efecto. Entendiendo que se trataba de un trabajo especializado y no político, y el dejarlo plenamente a la discusión parlamentaria dilataría en el tiempo su culminación. Procurándose dar una respuesta a la calificada como “cuestión foral”, a través de la elaboración de Apéndices que describían las instituciones forales a conservar en las provincias donde existiesen.
El régimen pivotaba sobre el “turnismo”, teóricamente la alternancia pacífica entre las dos formaciones mayoritarias: el Partido Liberal-Conservador de Cánovas y el Partido Liberal-Fusionista de Práxedes Mateo Sagasta. Ya que Cánovas, que había sido Ministro por la Unión Liberal, bajo el reinado de Isabel II, esgrimía que su debacle fue motivada por la ostentación exclusiva del poder por parte de los moderados. Esperando con la fórmula del turnismo, dar cabida a ambas posturas mayoritarias, a semejanza del bipartidismo británico. Idénticamente a lo que acontece presuntamente hoy en día en nuestro país. Persiguiendo con ello una supuesta estabilidad, atendiendo a los agitados precedentes. Siendo cierto que lo consiguió originalmente, posibilitando el desarrollo económico de la nación, el sistema fue desvirtuándose poco a poco, al ser incapaz de insertar en el mismo a las contrarias voces, que aunque en inferioridad, progresivamente fueron acerando sus proclamas: los carlistas; los republicanos; el movimiento obrero (anarquistas y socialistas); la oposición intelectual; y los nacionalismos y regionalismos, en Cataluña y el País Vasco.
Otro aspecto candente se desencadenará en lo tocante al sufragio. Aprobándose al comienzo el censatario, restringido a un concreto número de personas. Paradójicamente en pro de erradicar la influencia de los caciques locales sobre el voto. Para en 1890 aprobarse la Ley de Sufragio Universal Masculino, convirtiéndose España en la pionera europea en la proclamación de esta medida. No obstante, la manipulación del mismo, fue el gran Talón de Aquiles del sistema.
Alzándose como una de las épocas más prósperas económica e intelectualmente, conocida como la “Edad de Plata de las letras y las ciencias españolas”. El Desastre del 98, con el que se pierden las últimas Colonias de Ultramar estimulará la aparición en escena de una serie de pensadores: “Los Institucionistas”, liderados por Francisco Giner de los Ríos; “La Generación del 98”, a cuya cabeza se situará Unamuno; “Los Regeneracionistas”, destacando Joaquín Costa; y “La Generación del 14”, capitaneados por José Ortega y Gasset. Preocupados por salvar a España de los males que la aquejaban.
Y por otro lado, el Desastre de Annual, que llevó a la retirada de las mal pertrechadas tropas españolas del Rif, al Norte de Marruecos. No sólo promovería el pronunciamiento de Miguel Primo de Rivera, hipotéticamente para evitar que el expediente abierto por las negligencias que ocasionaron aquel hecho se le diese curso en el Parlamento, sino que alumbraría a otro futuro dictador: Francisco Franco. Batalla desde la que se relanzaría su carrera militar. Entregándole Alfonso XIII, en Enero de 1923, la medalla militar y el cargo honorífico de gentilhombre de cámara. Brindándose el monarca, más tarde, como padrino de la boda de Franco, representado en el enlace por el Gobernador Civil de Oviedo, el General Losada.
(Desastre de Anual. Cadáveres en Monte Arruit. Alrededor de 2.900 militares españoles perecieron el 9 de agosto de 1921 en esa posición.)
(Blog Formación de Formadores)
Benito, el eterno maestro del “Instituto de Educación Secundaria Manuel Bartolomé Cossío”, es un defensor a ultranza de los preceptos promulgados por el krausismo. Movimiento filosófico que influyó poderosamente en la corriente educativa y liberal de la España contemporánea. Concretamente durante el periodo comprendido entre finales del siglo XIX y el inicio de la dictadura franquista.
(Karl Christian Friedrich Krause)
Sus orígenes se remontan a las teorías del filósofo idealista alemán, Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832). De las cuales se hizo eco el jurista español Julián Sanz del Río alrededor de 1840. Tras leer un libro, traducido al castellano, escrito por Heinrich Ahrens, uno de los discípulos de Krause. Texto que recogía el manual docente del Curso de Derecho Natural que Ahrens había impartido en la Sorbona en 1833.
A partir de ahí Julián Sanz del Río esboza un ideario de fuerte componente moral, que da a la razón el predominio sobre todas las cosas. Sin negar la vertiente mística, pues cabe reseñar que el jurista era profundamente católico. Sin embargo, afirma que sólo a través del conocimiento y la ciencia podrá avanzar nuestra sociedad. Relegando las creencias religiosas al ámbito privado. Consagrando la sinceridad y la honradez como valores fundamentales de la conducta humana. Concibiendo un hombre de fuertes principios. Uno de sus postulados, que quizás más definan el carácter abnegado al que se aspiraba sería: “haz el bien por el bien mismo”. Comportando un ascético estilo de vida.
Pensamientos que propagará abiertamente desde 1854, valiéndose para ello de su puesto de docente en la Universidad de Madrid. Y de los que Francisco Giner de los Ríos (1839-1915) rápidamente se hará acopio. Desarrollándolos y poniéndolos en práctica en la Institución Libre de Enseñanza (ILE). Centro que inaugurará en 1876 y en el que colaborarán otros catedráticos. En el artículo 15 de la ILE se recoge: “Esta Institución es completamente ajena a todo espíritu e interés de comunión religiosa, escuela filosófica o partido político, proclamando únicamente el principio de la libertad e inamovilidad de la ciencia y de la consiguiente independencia de su indagación y exposición respecto de cualquiera otra autoridad que no sea la de la conciencia.”
(Francisco Giner de los Ríos)
La instrucción de los niños buscaba inculcarles: el respeto, la tolerancia, el diálogo, la humildad, solidaridad, lealtad, seriedad,…No impartiendo clases a la antigua usanza, sino tratando de que el alumno dedujera las respuestas por si mismo, guiado por la batuta de su mentor. Potenciando además sus cualidades deportivas y su sensibilidad hacia el arte. Con el redescubrimiento del paisaje español, como uno de los principales exponentes nacionales. Y especialmente el Guardarrama. Lugares que serán reflejados magistralmente por Sorolla en sus cuadros y que igualmente serán aludidos por los noventaochistas. Eso sí, para conseguir los objetivos marcados resultaba indispensable un número reducido de alumnos por aula.
Aquel proyecto cultural dio origen a individuos de distintas tendencias ético-políticas. Pues uno de los axiomas que continuamente se reiteraba a los muchachos era el siguiente: “Forja tus ideales por convicción y sé coherente con ellos en todo caso. Es decir, piensa como debes vivir y vive como piensas.”
La ILE contó entre su profesorado con el que llegaría a ser uno de los más importantes pedagogos españoles de todos los tiempos, Manuel Bartolomé Cossío (1857-1937). Aunque antes fue el alumno preferido de Giner. Convirtiéndose en el primer catedrático de pedagogía de la Universidad española. Y declarado ciudadano de honor por la Segunda República.
De la segunda promoción de la ILE salieron mentes tan ilustres como la de Antonio Machado. Y de la tercera, por nombrar algunos: Juan Ramón Jiménez o José Ortega y Gasset.
A comienzos del siglo XX la Administración Pública requerirá del asesoramiento de Giner en materia educativa. Entendiendo aquellos gobernantes que nuestro país únicamente lograría el anhelado progreso mediante una adecuada preparación formativa de sus ciudadanos. Siendo en 1907 cuando la Institución Libre de Enseñanza cierre sus puertas y nazca la Junta para la Ampliación de Estudios e investigación científica (JAE). Presidiéndola por muchos años Santiago Ramón y Cajal y contando entre sus eminentes vocales con el también novel español José Echegaray e Izaguirre.
Una de sus mayores hazañas, surgida por la necesidad de europeizarnos, consistiría en el envío de pensionados a Europa. Entre sus becados figuran: Severo Ochoa, en medicina; en pedagogía, Manuel Bartolomé Cossío; en filosofía, José Ortega y Gasset; en poesía, Antonio Machado o Rafael Alberti; escritores de la talla de Ramón Pérez de Ayala; matemáticos, como Julio Pastor;…
Otra de las fructíferas iniciativas que la JAE puso en marcha fue la apertura de la Residencia de Estudiantes en 1910. Cuyo nombre ha quedado ligado a la generación del 27. Ya que en ella residirían: Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel,… Albergando con asiduidad recitales o conferencias. Albert Einstein y Manuel de Falla, son un clarificador ejemplo de la categoría de los invitados a estos actos.
Y es que Francisco Giner de los Ríos, en gran medida, fue el artífice de una brillante etapa de nuestra cultura, la denominada “Edad de Plata”. El culpable de que un joven Benito Pérez Galdós consagrara su vida a la literatura. Quedando ya su huella fuertemente plantada a su muerte en 1915. Y que sólo se difuminaría con el advenimiento del franquismo. Retomándose parcialmente en 1990, con la entrada en vigor de La Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE).
Para entender el sentimiento que Francisco Giner de los Ríos despertó en los intelectuales de esa etapa, basta con leer un poema que Antonio Machado escribió al saber de su fallecimiento. Redactado el 21 de Febrero de 1915 en Baeza:
“Como se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió?… Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!
Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba,
del sol de los talleres,
el viejo alegre de la vida santa.
…¡Oh, sí!, llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama.
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.
Su corazón repose
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas…
Allí el maestro un día
soñaba un nuevo florecer de España.”

















