May 16 2010

Capítulo XLIV: La Constitución de la Segunda República


El 09 de Diciembre de 1931 el Presidente de las Cortes promulgaría la Constitución por la que se regiría la Segunda República. Donde se recogía una extensa variedad de derechos individuales, políticos y sociales. Decretando la soberanía popular y el sufragio universal, tanto masculino, como, por primera vez, femenino, para los mayores de 23 años. Se declaraba la división de poderes: legislativo (Cortes), ejecutivo (Presidente de la República y Gobierno) y Judicial.

La Administración de justicia se organizaba en base a: la independencia de los jueces, la unidad de fuero, gratuidad para los ciudadanos que carecieran de los recursos económicos suficientes y participación popular en la configuración de Jurados. Creándose el Tribunal de Garantías Constitucionales, fuertemente criticado por disponer de una composición demasiado politizada. El cual resolvía sobre: recursos de inconstitucionalidad; de amparo; cuestiones de inconstitucionalidad de las leyes: sobre la responsabilidad criminal del Presidente de la República, del Presidente del Gobierno y de los ministros, así como de los magistrados del Tribunal Supremo. Por último también se encargaría de dirimir en torno a las controversias suscitadas por conflictos de competencias entre el Estado y las regiones autónomas.

La organización territorial se adscribiría a un modelo que se calificó como Estado integral, a medio camino entre el unitario y el federal. Aspecto influenciador en la ulterior Constitución de 1978. Y su economía se supeditaba a un sistema mixto, siguiendo la estela de los postulados keynesianos.

Los órganos constitucionales serían los siguientes:

  • Las Cortes. A semejanza de la Constitución de 1812: unicamerales. Suprimiéndose el Senado, al estimarse anacrónico y no auténticamente representante del pueblo español, así como un elemento que inevitablemente retardaría cualquier decisión.
  • El Presidente de la República. Encargado junto con el Presidente del Gobierno de la dirección política del Estado. Elegido por seis años por los propios parlamentarios y un número igual de compromisarios, escogidos mediante sufragio universal, directo y secreto. Una vez concluido su mandato, no le sería factible acceder al mismo cargo hasta transcurridos otros seis años. Entre sus funciones se encontraban designar y separar de su puesto al Presidente del Gobierno. Igualmente, y a propuesta de este último, nombrar a los ministros. La promulgación de las leyes, ostentando también la facultad de ejercer el veto suspensivo sobre las mismas. Siendo su figura política y jurídicamente responsable ante el Congreso. Correspondiendo al Tribunal de Garantías Constitucionales instruir cualquier causa, con indicios de criminalidad, abierta contra él, previa acusación de las Cortes.

El Presidente de la República podía además disolver el Congreso hasta dos veces en su mandato, en cuyo caso, a los diputados entrantes se les permitiría analizar la conveniencia de tal determinación y dictaminar, si así lo deliberasen, su destitución. Hecho que sucedió en 1936 sobre la persona de Niceto Alcalá Zamora (1877-1949).

  • El Gobierno. Compuesto por el Presidente o Jefe de Gobierno y los ministros. Dedicados básicamente a la alta dirección y gestión de los servicios públicos. En cuanto a su poder normativo se ceñiría a: elaborar los proyectos de ley que posteriormente se someterían al debate y dictamen parlamentario, dictar decretos y la potestad reglamentaria. Requiriendo el gobierno de una doble confianza, la concedida por el Presidente de la República y la proveniente de las Cortes. Quedando evidenciada la inestabilidad política de la época, al tener en cuenta que desde el 14 de Abril de 1931 al 18 de Julio de 1936 se sucedieron diecinueve gobiernos. La media de duración sería de poco más de tres meses. Inclusive alguno se mantuvo únicamente cuatro o cinco semanas en el poder.

Este convulso periodo, donde chocaron frontalmente dos ideologías: la liberal y la marxista, estuvo liderado por lo general por representantes públicos de gran talla, quienes quizás obviaron, que ante todo, el fin último de la política es garantizar la cohesión social. Objetivo que debe primar sobre cualquier decisión gubernamental, en pro de evitar la fractura, como postreramente aconteció. Resultando sumamente irresponsable muchas de las diatribas lanzadas desde los escaños del Congreso. Las cuales fueron utilizadas en la calle para justificar todo tipo de particulares actitudes. Y por ende para enfrentar a la población.

La Segunda República fue una iniciativa en gran medida de los intelectuales, al frente de los cuales se situaría la generación del 14, capitaneada por José Ortega y Gasset (1883-1955). Quien viendo el cariz que tomaban las cosas, al parecer decepcionado, decidiría disolver la Agrupación al Servicio de la República en 1932. A través de un manifiesto, publicado en el periódico Luz el 29 de Octubre, “dejando en libertad a sus hombres para retirarse de la lucha política o para reagruparse bajo nuevas banderas y hacia nuevos combates”. Cuyos miembros se repartieron entre el Grupo Republicano Independiente, el Frente Popular o la Falange Española.

Un contexto eminentemente conflictivo. Repleto de abruptas contiendas protagonizadas por las dos eternas Españas. Impidiendo la fraternal reconciliación bajo la bandera de la tercera: la de la libertad, la integración y el progreso.

Y en cierta medida pareciera que los puntos candentes de aquel momento, volviesen a surgir en esta era: la controvertida constitucionalidad del polémico Estatuto catalán, la presunta politización del Tribunal Constitucional, los recelos a tenor del reparto competencial,…Incluso la Gran Depresión mundial que azotaba al mundo en aquel instante, bien pudiera pensarse que se reproduce ahora igualmente. Dificultando la recuperación en España su crisis político-social, lo que provocaría un retraimiento de la inversión del capital privado, el cual terminaría por buscar refugio en países más estabilizados.

Como nota anecdótica, supuestamente existe hasta una coincidencia en la obligación de retirar los crucifijos de las escuelas. Disposición dictada el 16 de Enero de 1932, mediante Orden del Director General de Primera Enseñanza.

El grado de desencanto fue tal, que Salvador de Madariaga (1886-1978) llegaría a definir a la Segunda República como el “trágico disparate”. Incluso Unamuno (1864-1936) apoyaría inicialmente a los rebeldes, cuya sublevación y fallido intento de Golpe de Estado desencadenaría la cruenta Guerra Civil. Queriendo ver en los militares la autoridad regeneracionista necesaria para encauzar la deriva nacional. Rectificando rápidamente su actitud y arrepintiéndose públicamente el 12 de Octubre de 1936, en el acto de apertura del curso académico de la Universidad de Salamanca, ante los improperios lanzados por el  general José Millán-Astray: “Se ha hablado aquí  de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. (…) Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis”

(Miguel de Unamuno)

Para acto seguido, luego de los encendidos ataques del militar,  continuar: “Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España”.

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Mar 25 2010

La madurez pictórica sorolliana comienza tras la Restauración


Mucho hemos comentado sobre ilustres liberales: José Ortega y Gasset, Salvador de Madariaga, Unamuno, Benito Pérez Galdós, el Premio Novel José Echegaray y Eizaguirre, Francisco Giner de los Ríos; y de su relación con el celebérrimo pintor valenciano, Joaquín Sorolla (1863-1923). Sin embargo, no hemos profundizado suficientemente en un periodo que marcó la existencia de un país y de una época: La Restauración. Y que con sus errores y aciertos, contribuyeron al despegue económico e intelectual nacional.

Régimen parlamentario sustentado en dos partidos políticos de corte liberal: el conservador de Antonio Cánovas del Castillo, y el progresista de Práxedes Mateo Sagasta. Consistente en la alternancia de ambas formaciones en el poder. Así Cánovas presidiría los siguientes gobiernos: 1875-1881; 1884-1885; 1890-1892; 1895-1897. Sagasta: 1881-1884; 1885-1890; 1892-1895; 1897-1902. Y el último estaría dirigido por el conservador Silvela, entre 1902 y 1903.

Siendo Cánovas quien ideó el denominado sistema de bipartidismo o turnismo, con el que se buscaba alcanzar la mayor estabilidad político-social. No obstante, tal intención quedaría desvirtuada al emplearse asiduamente mecanismos de fraude electoral: el encasillado o el pucherazo, en pro de erigir una elite política, que se apoyó en todo momento en el caciquismo.

El Jefe de Gabinete convocaba las elecciones, aunque anteriormente el Rey elaboraba una lista, preservando la mayoría para sus afines y ciertos puestos para la oposición, de tal modo que quedasen siempre en inferioridad.  La candidatura confeccionada era filtrada a los gobernadores civiles que debían conseguir su aprobación en las urnas.

Los caciques locales manipulaban censos electorales, incluyendo en él personas ya fallecidas, y excluyendo a otras vivas. Ejercían una política eminentemente clientelar, basada en lograr votos a cambio de favores: trabajos en el ayuntamiento, agilización en trámites burocráticos,…El lema que esgrimían resulta sumamente aclaratorio en cuanto a estos comportamientos: “para los enemigos la ley, para los amigos el favor”.

Una vez acabado este periodo comenzaría la que se considera la fase de madurez artística de Sorolla y que arranca en 1903 conSol de la Tarde”. Por lo que estimamos que si aspiramos a entender mejor a Sorolla y su obra, hay que situarlo en su contexto.

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Mar 24 2010

Retrato de Galdós pintado por Sorolla


Entre los cuadros pintados por Joaquín Sorolla (1863-1923) se encuentra el celebérrimo retrato del escritor liberal canario: Benito Pérez Galdós, pintado en 1894. Imagen enormemente familiar para los españoles, ya que durante muchos años estuvo impresa en los antiguos billetes de mil pesetas.

Lienzo propiedad del Cabildo de Gran Canaria, quien lo adquirió en 1973, tras comprarlo a los nietos del simpar novelista. Y que habitualmente se encuentra colgado de las paredes de la Casa-Museo Pérez Galdós, cita en la capital de la isla.

Es en esa cosmopolita ciudad, punto de encuentro de culturas y civilizaciones, caracterizada por su tricontinentalidad, a caballo entre América, África y Europa, donde nace el más importante novelista nacional después de Cervantes. Concretamente el 10 de Mayo de 1843. Y será ahí donde comenzará a impregnarse del espíritu liberal de la época, gracias al aprendizaje adquirido en el Colegio San Agustín, en el que ingresó en 1852. Centro que divulgaba las corrientes imperantes en Europa a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Abogando por la búsqueda de la verdad a través de la observancia rigurosa de la realidad y la experimentación. Transmitiéndoles los docentes a sus pupilos las avanzadas teorías del momento, tales como la evolución de las especies de Darwin.

Su timidez y parquedad en palabras le acompañarán desde su niñez hasta el final de sus días. Así como su afición al dibujo y al piano. Siendo en su tierra natal donde comenzarán sus incursiones en el mundo de la literatura, mediante multitud de colaboraciones en los más populares periódicos insulares.

Después de cursar el bachillerato en el Instituto de la Laguna, marchará a Madrid para matricularse en la facultad de Derecho. No obstante, pronto abandonará los estudios para dedicarse en cuerpo y alma al noble arte de reflejar las vivencias de nuestra sociedad.

A pesar de no ser declarado el mentor de la Generación del 98, son numerosas las coincidentes características de este grupo con los textos galdosianos: su interés por el paisaje patrio; por las costumbres de sus gentes; su fascinación por los autores clásicos y sus personajes, y en especial por “El Quijote” de Cervantes. Recreando asiduamente en sus libros la paranoia, la esquizofrenia, la imposibilidad de distinguir entre el mundo real del inventado. Sin olvidar su  preocupación por la debilidad de España. Estado anclado en el pasado, incapaz de adaptarse al progreso. Por otro lado, su postura también fue siempre contraria a cualquier fanatismo dogmático.

Son propios de su estilo: la exactitud de sus descripciones; el conocimiento de la condición humana, que recrean en el lector la sensación de acontecimientos ya vividos. Destacando su maestría en el uso del diálogo, no buscando el preciosismo, sino la cercanía del lenguaje, sin eludir vocablos empleados cotidianamente por el pueblo, a pesar de que pudieran ser considerados un tanto soeces. Si populares fueron sus narraciones, no menos sus piezas teatrales. Aunque sin duda el máximo exponente de la genialidad de todos los tiempos serán sus “Episodios Nacionales”, que arrancan con la guerra romántica por excelencia, la de la Independencia.

Su hechizo por España lo llevará a adentrarse en la política activa, inicialmente como diputado de la mano del partido liberal de Sagasta. Faceta que aprovecharán sus adversarios para emprender una campaña de desprestigio contra su obra y su persona, lo que propiciará que la academia sueca no le otorgue el Premio Nobel. Sin embargo, si se le concedió un sillón en la Real Academia de la Lengua Española.

Galdós murió en Madrid, cuyos habitantes en infinidad de veces describió, el 4 de Enero de 1920, ciego y pobre, pero vitoreado por sus residentes. Ese día su cuerpo inerte que yacía en su domicilio envuelto en la bandera española, salió de su hogar para dirigirse solemnemente al cementerio de la Almudena, acompañado por más de 20.000 madrileños.

Serán posteriormente los intelectuales de la generación del 14 quienes más datos nos aportarán sobre la vida de Don Benito y su carácter singular: enamoradizo, dadivoso y desprendido por igual: Ramón Pérez de Ayala, Madariaga.

“En una ocasión don Gabino Pérez, su editor, le quiso comprar en firme sus derechos literarios de las dos primeras series de los Episodios nacionales por quinientas mil pesetas, una fortuna entonces. Don Benito replicó: «Don Gabino, ¿vendería usted un hijo?». Y, sin embargo, don Benito no sólo no disponía jamás de un cuarto, sino que había contraído deudas enormes. Las flaquezas con el pecado del amor son pesadas gabelas. Pero éste no era el único agujero por donde el diablo le llevaba los caudales, sino, además, su dadivosidad irrefrenable, de que luego hablaré. En sus apuros perennes acudía, como tantas otras víctimas, al usurero. Era cliente y vaca lechera de todos los usureros y usureras madridenses, a quienes, como se supone, había estudiado y cabalmente conocía en la propia salsa y medio típico, con todas sus tretas y sórdida voracidad. ¡Qué admirable cáncer social para un novelista! (Léase su Fortunata y Jacinta y la serie de los Torquemadas). Cuando uno de los untuosos y quejumbrosos prestamistas le presentaba a la firma uno de los recibos diabólicos en que una entrega en mano de cinco mil pesetas se convierte, por arte de encantamiento, con carácter de documento ejecutivo o pagaré al plazo de un año, en una deuda imaginaria de cincuenta mil pesetas, don Benito tapaba con la mano izquierda el texto, sin querer leerlo, y firmaba resignadamente. Los intereses de la deuda ficticia así contraídos le llevaban casi todo lo que don Benito debía recibir por liquidaciones mensuales de la venta de sus libros. Muy pocos años antes de la muerte de don Benito, un periodista averiguó por esto su precaria situación económica y la hizo pública, con que se suscitó un movimiento general de vergüenza, simpatía y piedad(…). A principios de mes acudían a casa de don Benito, o bien le acechaban en las acostumbradas calles, atajándole al paso, copiosa y pintoresca colección de pobres gentes, dejadas de la mano de Dios; pertenecían a ambos sexos y las más diversas edades, muchos de ellos de semblante y guisa asaz sospechosos; todos, de vida calamitosa, ya en lo físico, ya en lo moral, personajes cuyas cuitas no dejaba de escuchar evangélicamente(…). Don Benito se llevaba sin cesar la mano izquierda al bolsillo interno de la chaqueta, sacaba esos papelitos mágicos denominados billetes de banco, que para él no tenían valor ninguno sino para ese único fin, y los iba aventando.”

Ramón Pérez de Ayala, «Más sobre Galdós», en Divagaciones literarias, Madrid: Biblioteca Nueva, 1958, pp. 162–163.


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Mar 20 2010

Castilla, Sorolla y Francisco Giner de los Ríos


Decía el gran pensador José Ortega y Gasset, que existían dos Españas que rivalizaban entre sí, no posibilitando con ello el progreso. Y a veces pareciese que se continuase así. Lo digo, porque supuestamente persistimos en catalogar a los grandes intelectuales en un bando u otro, y dependiendo de ello serían buenos o malos. Lo cual resulta paradójico, puesto que cuando un pueblo anhela avanzar, ha de ser capaz de mirar su historia abstrayéndose de cualquier apasionamiento, aprendiendo de este modo de sus presuntos errores. Ya que la gama cromática de los sucesos nunca suele ser blanca o negra, albergando en su interior infinidad de matices.

Si analizamos la fecundidad ideológica y cultural de la edad de plata, a la que pertenecen los hombres y mujeres de la generación del 98, del 14 y del 27, sus maravillosos logros quedan eclipsados por relatos difusos. Biografías y hechos quizás en muchas ocasiones tergiversados por una interesada utilización propagandística en distintos momentos y por diferentes sectores.

Y algo similar ocurre con la figura de Sorolla, hasta hace poco casi un desconocido para el público en general. Sin embargo, gracias a las distintas exposiciones de Joaquín Sorolla (1863-1923) celebradas en el 2009, que fueron todo un éxito, nos hemos adentrado en su vida y en su obra.

Pues bien, al pintor valenciano durante largo tiempo se lo criticó por su hipotético escaso compromiso con la sociedad del momento. Aduciendo que revelaba en sus cuadros una imagen irreal de ella. Algunos de los calificativos que le confirieron estaban llenos de desprecio hacia sus lienzos.

Mas hoy sabemos que no fue así. Concretamente en el caso de las celebérrimas “Visiones de España”. Ahora conocemos que con estos murales, al igual que el resto de contemporáneos liberales: el novel José Echegaray y Eizaguirre, Benito Pérez Galdós, Unamuno, Ramón Pérez de Ayala, Salvador de Madariaga,…, mostró su preocupación por la recuperación nacional. Asumiendo como suya la corriente institucionista, fundamentada en el Krausismo, influenciado por su amigo Francisco Giner de los Ríos. Alma de la mítica Institución Libre de Enseñanza, de la que salieron los destacados protagonistas de esa época.

(Francisco Giner de los Ríos)

Los paneles fueron un encargo del fundador de la Hispanic Society de Nueva York, Archer Milton Huntingtong, en 1911. Quien pretendía transmitir con ellos los usos y costumbres de España y Portugal mediante imágenes que fueran fácilmente comprendidas en EEUU. Motivo por el que exigió a Sorolla que los personajes dibujados estuvieran ataviados con los trajes típicos. Asimismo requirió que se hiciera hincapié en la región andaluza, a la que se dedican 5 de los 14 paneles, vislumbrando esa zona como presumible destino turístico masivo para los norteamericanos, en detrimento de París o Italia que era la opción mayormente escogida en aquel entonces por los estadounidenses.

Ardua labor a la que se dedicó el genio de la luz durante siete años, recorriendo cada uno de los rincones de los parajes elegidos. Comenzó viajando a Oropesa, en Marzo de 1912 y terminó en junio de 1919 en Ayamonte. Empleando en su configuración las señas que para los institucionistas caracterizaban a España:

•    El pueblo. Considerado por este movimiento como los verdaderos protagonistas de nuestra historia. Los ciudadanos anónimos que trabajan duramente jornada tras jornada, con una  especial atención hacia los campesinos. Calificada por Unamuno como la “intrahistoria”.

•    El Paisaje. Y principalmente el de Castilla, como símbolo de nuestra patria.  Francisco Giner de los Ríos, pensaba que el Guardarrama era la columna vertebral de España, siendo Toledo y Ávila dos de las ciudades más emblemáticas. Elementos que utilizará el pintor para esbozar la Castilla ideal, que será el panel que más tiempo le lleve.

•   Los monumentos. Estimando nuestro patrimonio arquitectónico como fuente de riqueza y exponente identitario.

Por otro lado también participó en la Junta para la Ampliación de Estudios, creada en 1907 y disuelta al instaurarse el régimen franquista. Organismo suscitado igualmente por el influjo de Giner y su idea de sacar a nuestro país del retraso en el que estaba sumido, a través del conocimiento, la apertura hacia Europa y la libertad.

Como se ve, la implicación real del artista nada tiene que ver con lo que se contaba de él.

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Mar 11 2010

Capítulo XXXIII: Resulta perentorio reformar nuestro sistema político


(Caricatura satírica del semanario La Flaca al respecto de la farsa electoral)

Me quedé petrificado ante las poderosas palabras pronunciadas por el insigne jurisconsulto y político liberal Manuel Alonso Martínez (1827-1891). El que fuera Presidente de la Comisión encargada de redactar el proyecto de Constitución de 1876, órgano férreamente tutelado por su ideólogo, Antonio Cánovas del Castillo. Y también figura clave para la elaboración del Código Civil de 1889. En las que amargamente aseveraba en los albores de la Restauración: “(…) No hay nada más desigual en España que la lucha del elector con el gobierno; el poder, que tiene en sus manos medios inmensos, es por lo general pródigo y dadivoso con el elector amigo, mientras que es injusto y hasta cruel con el elector adversario (…). Los electores que quieren dar una muestra de independencia arriesgan mucho, sufren en sus personas o en sus familias, o en sus intereses y propiedad (…) Cuando esto sucede un año y otro año, el elector acaba por (…) sentirse con cierto desmayo y desaliento, y por encerrarse en el escepticismo (…)”

Al concluir aquel pasaje no alcanzo a describir la inmensurable congoja que inundó mi corazón. Memorando el preciso instante en el que Luis nos dijo adiós en la estación. Una tarde gris de un domingo de Septiembre. Quedando Matahambre tras su marcha cada vez más vacío, triste y frío. Abocado a abandonar a su amada Libertad, tras las presiones de Golfi al objeto de que cerrara Gestoría la Verdad. Había pasado más de un siglo de aquellos vocablos lanzados al viento, pero paradójicamente cada vez se tornaban más patentes. Quizás no en el resto del Estado, no sé. Sin embargo, en esta pequeña comarca de la Comunidad Castellano Manchega se manifiestan continuamente.

Afirman los historiadores que la alternancia pacífica de los partidos dinásticos en el gobierno durante la Restauración, “turnismo”, se sustentaba en el fraude electoral. En el momento en que la formación gobernante entraba en crisis el monarca escogía a otro Presidente. Confeccionándose desde el Ministerio de Gobernación una lista de futuribles diputados, detallando sus nombres y apellidos y el distrito por el que resultarían electos, suficientes para aupar en el poder al nuevo sector y siempre reservando un determinado número a la oposición. Lo que recibiría el calificativo de “encasillado”.  Correspondiendo al cacique local que las mencionadas candidaturas fuesen votadas por el pueblo. Logrado mediante componendas varias: otorgando favores a diestro y siniestro, ofreciendo puestos de trabajo en la corporación, prometiendo la agilización de trámites administrativos,…En definitiva, creando una auténtica red clientelar en torno suyo. Y si fuese oportuno empleando técnicas tales como: el pucherazo, insertando en las urnas más votos del candidato que se quiere que gane; o inscribiendo o borrando del censo a quien se estimase, incluso apuntando a difuntos si fuese menester (“lázaros”). Dando apariencia legal a unos comicios abyectamente manipulados.

Mas otro fragmento de la obra Oligarquía y caciquismo como forma de gobierno en España”, escrita por Joaquín Costa (1846–1911), me recordó a Don Oprobio y a La banda de Juan Palomo: yo me lo guiso y yo me lo como”.

Joaquín Costa promulgaba una ideología eminentemente liberal, aunque marcadamente diferenciada del liberalismo doctrinario imperante en esa etapa. Adscrito al movimiento denominado como “regeneracionista”, considerándosele como su sumo exponente. Corriente que manteniendo al igual que: Los Institucionistas, La Generación del 98y La Generación del 14, una honda preocupación de los males que aquejaban a nuestra patria, adquirieron su máximo relieve en el lenguaje político, por encima del literario.

Narrando Costa magistralmente y quizás exageradamente, o no, lo acontecido en aquel periodo, lo que en cierta forma serviría para definir, si bien llevado al paroxismo, lo ocurrido igualmente en la época vigente:

(Caricatura del semanario La Flaca)

“(…) No es verdad que la soberanía resida en la nación (…) no es verdad que el régimen político de ésta sea el Parlamento (…). ¿Cuál es, pues, ese régimen? (…). Partidos, Constitución, Administración, Cortes, son puro papel pintado con paisajes de sistema parlamentario (…). Resultando que tenemos todas las apariencias y ninguna de las realidades de un pueblo constituido según ley y orden Jurídico (…). ¿Cuál es, pues, la forma de gobierno de España?

Por los efectos, sabemos que esa forma de gobierno, sea la que fuere, no nos sienta bien y que necesitamos mudarla por otra, o dicho de otro modo, que necesitamos redimirnos de ella. Ahora bien: es sabido que, para ponerse en cura, lo primero que hace falta es conocer la enfermedad.(…)

(…) La historia política de España es la absoluta ineficacia (…), haciendo preciso reponer el problema de la libertad, de la soberanía nacional y de “España con honra” (…)

(…) Cada región y cada provincia se hallaba dominada por un particular irresponsable diputado o no, vulgarmente apodado en esta relación cacique, sin cuya voluntad o beneplácito no se movía una hoja de papel, no se despachaba un expediente, (…), ni se acometía una obra (…) No había que preguntar si tenías razón, (…) para saber como se fallaría (…) el expediente: había que preguntar si le era indiferente al cacique, y por tanto se mantenía neutral, o si estaba con vosotros o contra vosotros. (…) Se extraviaban los expedientes (…) que él quería que se extraviasen; (…) se imponían multas si era su voluntad que se impusieran (….); las carreteras iban no por donde las trazaban los ingenieros, sino por donde caían sus fincas (…); era diputado, alcalde o regidor a quién él designaba o recibía para instrumento de sus vanidades, de sus medros o de sus venganzas (…). Tenía demarcado por los jerarcas supremos su feudo, el cual abarcaba ora una región, ora una provincia, o bien uno o más distritos dentro de ella. (…)

(Caricatura del semanario La Flaca)

(…) Todo aquel estado de corrupción y de servidumbre, (…) que acabo borrosamente de bosquejar, subsiste íntegro (…) años después, salvo haberse agravado con la hipocresía de la soberanía nacional y el sufragio universal, escarnio e inri de la España crucificada. Lo mismo que entonces, la nación sigue viviendo (….) a los pies del cacique, a cambio de los votos necesarios para fabricar las mayorías parlamentarias en que los pocos centenares de políticos tienen que ampararse para dominar el país. (…) El español vive a merced del acaso, pendiente de la arbitrariedad de una minoría corrompida y corruptora, sin honor,(…) humanidad, infinitamente peor que en los peores tiempos de la Roma pagana. En Europa desapareció hace ya mucho tiempo: si algún rastro queda aquí o allá, es un mero accidente. En España no: forma un vasto sistema de gobierno, organizado (…) por regiones, por provincias, por cantones y municipios, con sus turnos y sus jerarquías, sin que los llamados Ayuntamientos, Diputaciones Provinciales, Alcaldías, (…), Ministerios, sean más que una sombra y como proyección exterior del verdadero Gobierno, que es ese otro subterráneo, instrumento y resultante suya, y no digo que también su editor responsable, porque de las fechorías criminales de unos y de otros no responde nadie. Es como la superposición de dos Estados, uno legal, otro consuetudinario: máquina perfecta el primero, regimentada por leyes admirables, pero que no funciona; dinamismo anárquico el segundo, en que libertad y justicia son privilegio de los malos, donde el hombre recto, como no claudique y se manche, sucumbe.

Fue la «libertad» bandera de la España nueva (…) Generaciones se pasaron la vida gritando ¡viva la libertad! (…). Luego que la vieron, (….), vestida con traje de ley, de decreto, de Constitución, de sufragio, de Parlamento, nos dimos por pagados y satisfechos, y el grito aquel fue mandado recoger, persuadidos de que había quedado sin objeto, de que España había entrado por fin en el concierto de los pueblos libres y propiamente europeos. De esa convicción hemos estado viviendo (…). Difícilmente la psicología (…) podría señalar en la historia un caso de autosugestión más asombroso que éste. Sentíamos la opresión, tocábamos sus frutos en las oficinas, (…), en las Corporaciones, en los colegios electorales, (…), pero no atinábamos con la causa, limitándonos a extrañarnos de que las cosas siguieran lo mismo después que la libertad se había hecho carne (…). Ahí estaba cabalmente el error: las cosas seguían como antes porque la libertad se había hecho papel, sí, pero no se había hecho carne. (…) La verdadera libertad (…) que no hemos conocido todavía. (…)

(…)Eso que complacientemente hemos llamado y seguimos llamando «partidos», no son sino facciones, banderías o parcialidades de carácter marcadamente personal, caricaturas de partidos formadas mecánicamente, a semejanza de aquellas otras que se constituían en la Edad Media y en la corte de los reyes absolutos, sin más fin que la conquista del mando, y en las cuales la reforma política y social no entra de hecho, aunque otra cosa aparente, más que como un accidente, o como un adorno, como insignia para distinguirse o como pretexto para justificar la pluralidad. (…)

(…)Las definiciones de Aristóteles, se adaptan perfectamente a nuestro estado político actual. Define el gran filósofo griego la oligarquía por relación a la aristocracia, como la demagogia por relación a la democracia y la tiranía por relación al reinado o monarquía. Aristocracia (dice) es el gobierno ejercido por una minoría, y se la denomina así, porque el poder se halla en manos de los hombres de bien, ya porque su objeto no es otro que el mayor bien del Estado y de los asociados. La desviación o degeneración de esta forma de gobierno (añade) es la oligarquía, la cual no tiene otro fin que el interés personal de la minoría misma gobernante. (…)

(…)Significando aristocracia el gobierno del país por una minoría, pero minoría de los mejores, la forma de gobierno en España es lo contrario, el gobierno del país por una minoría también, pero minoría de los peores. (…)

(…)Los cargos concejiles no los desempeñan las personas de más ilustración, de más respetabilidad, de más valía por su posición social, por su sensatez, integridad y espíritu de justicia, quienes se mantienen alejados de las Corporaciones locales por no mancharse, sino los vividores, serviles, sin escrúpulos, que en los oficios de república no ven más sino una granjería. (…) Alcaldes y concejales que, sin oficio ni beneficio, viven magníficamente a costa del común. (…)

(…)Caciques (…), que tiranizan como les place a los convecinos, siempre que guarden las formas legales, para lo cual todos son maestros» «Mientras no se corte de raíz esa planta maldita, (…), y el pobre lugareño siga siendo explotado como una bestia, y víctima el desvalido de todo género de injusticias, humillaciones y vejámenes por parte de los seres más abyectos, fuertes con la protección del centro, las personas cultas y decentes seguirán huyendo de vivir en tales lugares, y. serán inútiles cuantos esfuerzos se hagan (…) para difundir la cultura, el bienestar y la riqueza, porque lo secará y esterilizará todo la ponzoña del caciquismo. (…)

(…)Completa con el cuerpo de caciques las llamadas clases directoras y gobernantes; (…) los oligarcas, la plana mayor de esas mismas clases, domiciliada en (…) Madrid.(…)

(…)El (…) oligarca no es más que el remate de esa organización, el último grado de esa jerarquía. Y es claro que para que el sistema funcione con regularidad y responda a su fin (la apropiación y monopolio de todas las ventajas sociales) es condición precisa que todas las piezas que entran a la parte se muevan armónicamente, inspiradas en un común espíritu, que aprecien de idéntico modo los medios, como aprecian de idéntica manera los fines, y, por tanto, que sea una misma en todos su naturaleza moral. (…)

(…)Personajes y ministros que no darían la mano a algunos individuos, que no los admitirían a su mesa ni en su casa, que si los hallaran en despoblado se llevarían instintivamente las manos al bolsillo, no tienen inconveniente en entregarles una o muchas municipalidades, una Comisión provincial o una Diputación entera (…)

(…)Hasta aquí los dos componentes fundamentales del régimen oligárquico, extraños a la nación y contrapuestos a ella: los prohombres, oligarcas de primer grado; y los que en la jerarquía feudal ocupan grados inferiores, bien que no menos fundamentales y sustantivos, y a que solemos apellidar más determinadamente caciques, de mayor y de menor cuantía, locales, cantonales, provinciales y regionales.(…)

(…)Es el gobierno y dirección de (…) los peores; violación torpe de la ley natural, que mantiene lejos de la cabeza, fuera de todo estado mayor, confundida y diluida en la masa del servum pecus, la élite intelectual y moral del país, sin la que los grupos humanos no progresan, sino que se estancan, cuando no retroceden. (…)

(…)No (…) preguntéis, después de esto, por qué nos estancamos primero y retrocedimos y caímos después: por qué, siguiendo así, no nos levantaremos jamás (…)

(…) La forma actual de gobierno en nuestro país: lo dicho hasta aquí es más que suficiente para dejarla definida como una oligarquía pura en el concepto aristotélico: gobierno del país por una minoría absoluta, que tiende exclusivamente a su interés personal, sacrificándole el bien de la comunidad. (…)

(…)Conocemos el mal; sabemos ya cuál es la forma de gobierno en que se ha empantanado España y por la cual vivimos ajenos a los progresos políticos del siglo: procede ahora que inquiramos cómo debe practicarse la sustitución; qué medidas deben ponerse en juego para sustituir la oligarquía medieval por el régimen de selfgovernment europeo. (…)”

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