Imágenes de TVE emitidas en 1977, donde se daba paso a la presentación electoral de las diferentes fuerzas políticas que concurrirían a los comicios generales del 15 de Junio. Las primeras elecciones democráticas tras la Segunda República. Donde concurrieron: la Unión de Centro Democrático (UCD) de Adolfo Suárez; el PSOE, con Felipe González a la cabeza; el PCE, liderado por Santiago Carrillo; Alianza Popular (AP), dirigida por Manuel Fraga Iribarne; Unidad Socialista, tutelada por el profesor Enrique Tierno Galván y su PSP; la Federación de la Democracia Cristiana de Joaquín Ruiz-Giménez.
El 09 de Diciembre de 1931 el Presidente de las Cortes promulgaría la Constitución por la que se regiría la Segunda República. Donde se recogía una extensa variedad de derechos individuales, políticos y sociales. Decretando la soberanía popular y el sufragio universal, tanto masculino, como, por primera vez, femenino, para los mayores de 23 años. Se declaraba la división de poderes: legislativo (Cortes), ejecutivo (Presidente de la República y Gobierno) y Judicial.
La Administración de justicia se organizaba en base a: la independencia de los jueces, la unidad de fuero, gratuidad para los ciudadanos que carecieran de los recursos económicos suficientes y participación popular en la configuración de Jurados. Creándose el Tribunal de Garantías Constitucionales, fuertemente criticado por disponer de una composición demasiado politizada. El cual resolvía sobre: recursos de inconstitucionalidad; de amparo; cuestiones de inconstitucionalidad de las leyes: sobre la responsabilidad criminal del Presidente de la República, del Presidente del Gobierno y de los ministros, así como de los magistrados del Tribunal Supremo. Por último también se encargaría de dirimir en torno a las controversias suscitadas por conflictos de competencias entre el Estado y las regiones autónomas.
La organización territorial se adscribiría a un modelo que se calificó como Estado integral, a medio camino entre el unitario y el federal. Aspecto influenciador en la ulterior Constitución de 1978. Y su economía se supeditaba a un sistema mixto, siguiendo la estela de los postulados keynesianos.
Los órganos constitucionales serían los siguientes:
Las Cortes. A semejanza de la Constitución de 1812: unicamerales. Suprimiéndose el Senado, al estimarse anacrónico y no auténticamente representante del pueblo español, así como un elemento que inevitablemente retardaría cualquier decisión.
El Presidente de la República. Encargado junto con el Presidente del Gobierno de la dirección política del Estado. Elegido por seis años por los propios parlamentarios y un número igual de compromisarios, escogidos mediante sufragio universal, directo y secreto. Una vez concluido su mandato, no le sería factible acceder al mismo cargo hasta transcurridos otros seis años. Entre sus funciones se encontraban designar y separar de su puesto al Presidente del Gobierno. Igualmente, y a propuesta de este último, nombrar a los ministros. La promulgación de las leyes, ostentando también la facultad de ejercer el veto suspensivo sobre las mismas. Siendo su figura política y jurídicamente responsable ante el Congreso. Correspondiendo al Tribunal de Garantías Constitucionales instruir cualquier causa, con indicios de criminalidad, abierta contra él, previa acusación de las Cortes.
El Presidente de la República podía además disolver el Congreso hasta dos veces en su mandato, en cuyo caso, a los diputados entrantes se les permitiría analizar la conveniencia de tal determinación y dictaminar, si así lo deliberasen, su destitución. Hecho que sucedió en 1936 sobre la persona de Niceto Alcalá Zamora (1877-1949).
El Gobierno. Compuesto por el Presidente o Jefe de Gobierno y los ministros. Dedicados básicamente a la alta dirección y gestión de los servicios públicos. En cuanto a su poder normativo se ceñiría a: elaborar los proyectos de ley que posteriormente se someterían al debate y dictamen parlamentario, dictar decretos y la potestad reglamentaria. Requiriendo el gobierno de una doble confianza, la concedida por el Presidente de la República y la proveniente de las Cortes. Quedando evidenciada la inestabilidad política de la época, al tener en cuenta que desde el 14 de Abril de 1931 al 18 de Julio de 1936 se sucedieron diecinueve gobiernos. La media de duración sería de poco más de tres meses. Inclusive alguno se mantuvo únicamente cuatro o cinco semanas en el poder.
Este convulso periodo, donde chocaron frontalmente dos ideologías: la liberal y la marxista, estuvo liderado por lo general por representantes públicos de gran talla, quienes quizás obviaron, que ante todo, el fin último de la política es garantizar la cohesión social. Objetivo que debe primar sobre cualquier decisión gubernamental, en pro de evitar la fractura, como postreramente aconteció. Resultando sumamente irresponsable muchas de las diatribas lanzadas desde los escaños del Congreso. Las cuales fueron utilizadas en la calle para justificar todo tipo de particulares actitudes. Y por ende para enfrentar a la población.
La Segunda República fue una iniciativa en gran medida de los intelectuales, al frente de los cuales se situaría la generación del 14, capitaneada por José Ortega y Gasset (1883-1955). Quien viendo el cariz que tomaban las cosas, al parecer decepcionado, decidiría disolver la Agrupación al Servicio de la República en 1932. A través de un manifiesto, publicado en el periódico Luz el 29 de Octubre, “dejando en libertad a sus hombres para retirarse de la lucha política o para reagruparse bajo nuevas banderas y hacia nuevos combates”. Cuyos miembros se repartieron entre el Grupo Republicano Independiente, el Frente Popular o la Falange Española.
Un contexto eminentemente conflictivo. Repleto de abruptas contiendas protagonizadas por las dos eternas Españas. Impidiendo la fraternal reconciliación bajo la bandera de la tercera: la de la libertad, la integración y el progreso.
Y en cierta medida pareciera que los puntos candentes de aquel momento, volviesen a surgir en esta era: la controvertida constitucionalidad del polémico Estatuto catalán, la presunta politización del Tribunal Constitucional, los recelos a tenor del reparto competencial,…Incluso la Gran Depresión mundial que azotaba al mundo en aquel instante, bien pudiera pensarse que se reproduce ahora igualmente. Dificultando la recuperación en España su crisis político-social, lo que provocaría un retraimiento de la inversión del capital privado, el cual terminaría por buscar refugio en países más estabilizados.
Como nota anecdótica, supuestamente existe hasta una coincidencia en la obligación de retirar los crucifijos de las escuelas. Disposición dictada el 16 de Enero de 1932, mediante Orden del Director General de Primera Enseñanza.
El grado de desencanto fue tal, que Salvador de Madariaga(1886-1978) llegaría a definir a la Segunda República como el “trágico disparate”. Incluso Unamuno (1864-1936) apoyaría inicialmente a los rebeldes, cuya sublevación y fallido intento de Golpe de Estado desencadenaría la cruenta Guerra Civil. Queriendo ver en los militares la autoridad regeneracionista necesaria para encauzar la deriva nacional. Rectificando rápidamente su actitud y arrepintiéndose públicamente el 12 de Octubre de 1936, en el acto de apertura del curso académico de la Universidad de Salamanca, ante los improperios lanzados por el general José Millán-Astray:“Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. (…) Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis”
(Miguel de Unamuno)
Para acto seguido, luego de los encendidos ataques del militar, continuar: “Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España”.
(Revista la Flaca, ironizando sobre el Unitarismo o centralismo y el Federalismo)
Por raro que pareciese el cambio de régimen en España esta vez no se producía a manos de un pronunciamiento militar, sino de forma natural, sobre los cimientos de un sistema ya agotado. El largo periodo de la Restauración, capitaneada por una longeva Monarquía que no supo adaptarse a los nuevos tiempos, daría paso a la Segunda República mediante unas elecciones democráticas.
Los anhelos de regeneración brotaban en gran parte de la sociedad. La cual era eminentemente rural, desempeñando un 45,5% de la población activa funciones agrícolas, mostrándose perentoria una reforma agraria. Dedicándose el resto a la industria y sector servicios. Propiciando abismales desigualdades regionales, por lo que se requería no sólo una profunda modernización política, sino también socioeconómica. Además de una mejora de las condiciones laborales. Economía enormemente lastrada por la crisis que azotó virulentamente al mundo durante la denominada “Gran Depresión”, la cual no se superaría hasta después de la Segunda Guerra Mundial.
Por otro lado el gran analfabetismo reinante, denunciado vehementemente desde hacía tiempo por: los institucionistas; regeneracionistas; Generación del 98; y del 14; a la que se sumarían la savia nueva del 27, considerablemente influenciada por el pensamiento de José Ortega y Gasset; lucharían por universalizar la educación, intentando llegar a sectores hasta ese momento marginados. Aumentando el cuerpo de maestros estatales, incrementándoles el sueldo y mejorando sus condiciones.
Uno de los aspectos que se trataría igualmente estribaría en torno a las espinosas cuestiones suscitadas a tenor de los nacionalismos y regionalismos. Asimismo se pretendía ejecutar una reconversión del colectivo militar, buscando restarle protagonismo en el área pública, además de su fiel adhesión al nuevo gobierno republicano. En cierta manera quizás para evitar que se repitiese otro golpe de Estado, fórmula a la que tantas veces se recurrió en el pasado. Augurio que postreramente se cumpliría.
No obstante, sería en el ámbito religioso donde se enfrentarían los sectores más radicalizados de las dos Españas. Encono que alcanzaría su momento álgido el 11 de Mayo de 1931, tras el incendio y asalto de numerosos conventos, colegios y centros católicos a manos de un grupo de exaltados.
A pesar de que el Vaticano dio claras órdenes a los obispos para que aceptasen al nuevo orden político instaurado, siendo por lo general la actitud de éstos bastante prudente al respecto, acatando lo mandatado, inevitablemente surgieron tempranamente notas discordantes. El 1 de Mayo de 1931 el cardenal primado Pedro Segura (1880-1957), lanzaba a través de una pastoral una incendiaria soflama: “Cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avanzan resueltamente, ningún católico puede permanecer inactivo”. Instando a los monárquicos a reorganizarse para arrebatar el poder en las urnas a los republicanos.
Siguiendo tales indicaciones, el 10 de Mayo se inaugura en Madrid un Circulo Monárquico, que aspiraba a aglutinar el máximo número de apoyos, al objeto de concurrir a los siguientes comicios. En un momento del acto, uno de los asistentes al mismo, puso en funcionamiento un gramófono, escuchándose inmediatamente la Marcha Real. Lo que fue interpretado por los republicanos que alcanzaron a oír la melodía en el exterior como un auténtico ataque. Iniciándose a partir de ahí los caóticos disturbios. Provocando finalmente la sustitución del cardenal primado por la Santa Sede, ante la gravedad de los sucesos acontecidos y por su negativa a modificar su beligerante actitud, en pro de no enardecer más los ánimos.
(El cardenal primado Pedro Segura)
Episodio que llevaría a José Ortega y Gasset a manifestar su pública repulsa, editada en el Sol, el 11 de Mayo de 1931: “(…) Quemar (…) conventos e iglesias no demuestran ni verdadero celo republicano ni espíritu de avanzada, sino más bien un fetichismo primitivo o criminal que lleva lo mismo a adorar las cosas materiales que a destruirlas. El hecho repugnante avisa del único peligro grande y efectivo que para la República existe: que no acierte a desprenderse de las formas y las retóricas de una arcaica democracia en vez de asentarse desde luego e inexorablemente en un estilo de nueva democracia. Inspirados por ésta, no hubieran quemado los edificios. (…) La imagen de la España incendiaria, la España de fuego inquisitorial, les habría impedido, si fuesen de verdad hombres de esta hora, recaer en esos estúpidos usos crematorios.(…)”
El 28 de Junio de ese año el gobierno convocaría elecciones a Cortes Constituyentes, con el fin de dotarse, a la mayor brevedad, de un entramado legal sobre el que se consolidara el nuevo régimen. A quien les correspondería elaborar la Constitución. Agrias sesiones de debate en las que se escenificaría la confrontación entre las dos formas de entender España.
Entre los diputados electos se encontraría el sempiterno maestro, José Ortega y Gasset, adscrito a la Agrupación al Servicio de la República. Quien ya comenzaba a atisbar el triste desenlace de la joven democracia. Declarando, el 9 de Septiembre de 1931 en Crisol, a modo de presagio:
“(…) ¡No falsifiquéis la República! ¡Guardad originalidad! ¡No olvidéis ni un instante cómo y por qué advino! (…)
(…) ¿Cuál es la República auténtica y cuál la falsificada? ¿La de “derecha”, la de “izquierda”? Siempre he protestado contra la vaguedad esterilizadora de estas palabras, que no responden al estilo vital del presente –ni en España ni fuera de España. (…) No es cuestión de “derecha” ni de “izquierda” la autenticidad de nuestra República, porque no es cuestión de contenido en los programas. El tiempo presente, y muy especialmente en España, tolera el programa más avanzado. Todo depende del modo y del tono. Lo que España no tolera ni ha tolerado nunca es el “radicalismo” –es decir, el modo tajante de imponer un programa-. Por muchas razones, pero entre ellas una que las resume todas. El radicalismo sólo es posible cuando hay un absoluto vencedor y un absoluto vencido. Sólo entonces puede aquél proceder perentoriamente y sin miramiento a operar sobre el cuerpo de éste. Pero es el caso que España –compárese su historia con cualquier otra- no acepta que haya ni absoluto vencedor ni absoluto vencido. (…)
(…) Las Cortes Constituyentes deben ir sin vacilación a una reforma, pero sin radicalismo –esto es, sin violencia y arbitrariedad partidista-. En un Estado sólidamente constituido pueden, sin riesgo último, comportarse los grupos con cierta dosis de espíritu propagandista; pero en una hora constituyente eso sería mortal. Significaría prisa por aprovechar el resquicio de una situación inestable, y el pueblo español acaba por escupir de sí a todo el que “se aprovecha”. Lo que ha desprestigiado más a la Monarquía fue que se “aprovechase” de los resortes del Poder público puestos en su mano. Una jornada magnífica como ésta, en que puede colocarse holgadamente y sin dejar la deuda de graves heridas y hondas acritudes, al pueblo español frente a su destino claro y abierto, puede ser anulada por la torpeza del propagandismo.
Yo confío en que los partidos (…) no pretenderán hacer triunfar a quemarropa, sin lentas y sólidas propagandas en el país, lo peculiar de sus programas. La falsa victoria que hoy, por un azar parlamentario, pudieran conseguir caería sobre la propia cabeza. La historia no se deja fácilmente sorprender. A veces lo finge, pero es para tragarse más absolutamente a los estupradores.
Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: “¡No es esto, no es esto!”
La República es una cosa. El “radicalismo” es otra. Si no, al tiempo.”
Las Cortes Constituyentes de 1931 (escaños por partido)
Posteriormente, el 8 de Noviembre de 1931, en el Sol, haría un llamamiento a la exigida unidad, en aras del progreso nacional. Alertando de que el no rectificar el perfil de la República conduciría indefectiblemente al suicidio:
“(…) En estos días, con la aprobación del texto constitucional y la elección de Presidente, queda establecida jurídicamente la República española. Tenemos ya un cauce legal por donde pueda fluir fecundamente nuestra vida colectiva; tenemos ya bajo nuestras planteas un suelo de Derecho donde hincar los talones e iniciar la marcha histórica. Termina, pues, en estos días el primer acto de la implantación de la forma republicana en nuestra vieja, en nuestra viejísima España. No es el momento excelente (…) para que hagamos un alto y recogiendo bien las riendas de la atención, miremos en rededor, percibamos claramente la situación interna de nuestro país; (…) y sobre todo, proyectemos en grande la arquitectura de nuestro porvenir. (…)
(…)Van transcurridos siete meses de vida republicana, y es hora ya de hacer un primer balance y algunas cosas más que un balance.
Son (…) instantes de rango sublime, o ¿es que creéis que podemos entrar en tan soberana faena como es organizar una nación, edificar un fuerte Estado, si seguimos los españoles como hasta aquí, con un temple de ánimo chabacano, flojas las mentes y el albedrío sin una formidable tensión de disciplina? (…)
(…) ¿De dónde va a venir el tono y calidad a nuestra historia, sino del tono y calidad que logren alcanzar nuestras vidas individuales? Como en el deporte es necesario un especial entrenamiento y hace falta seguir un régimen de vida que mantenga el cuerpo en forma, asegurando la plena elasticidad de sus facultades, para hacer historia es menester que el ciudadano, el simple ciudadano, se halle moralmente en forma, (…) tenso como un arco que va a disparar su flecha hacia lo alto. Sin eso no habrá nada. Y uno de los crímenes más insistentes de la Monarquía fue el fomentar continuamente nuestra propensión a la chocarrería, el chiste envilecedor, a las ridículas disputas de casinillo. Bajo atmósfera tal, estad seguros de que las almas no pueden querer lo grande; antes bien, minusculizadas, encanalladas, miopes como ratones se perderán en el laberinto miserable de las querellas de rincón, y no podrán ver las líneas sencillas, pero gigantes, que orientan al pueblo en sus renacimientos. (…)
(…) Hemanos españoles, no toleréis en vosotros ni en vuestro alrededor el triunfo de la chabacanería; mirad que por ese punto se ha ido siempre la media toda de las posibilidades españolas; ni consintáis tampoco que domine la vida pública el falso apasionamiento atropellado y pueblerino. (…)
(…) La ocasión es magnífica para hacer de España un pueblo de vida contenta y plenaria, respetado por todos los extraños. ¿No es una enorme pena que se desvirtúe esta ocasión para dejar que triunfen las pequeñeces, las manías, las palabras hueras y, sobre todo, la angostura de visión histórica? (…)
(…)Nada grave, por fortuna, ni irremediable ha acontecido; pero es evidente que si se compara nuestra República en la hora feliz de su natividad con el ambiente que ahora la rodea, el balance arroja una pérdida, y no, como debiera, una ganancia. No disputemos sobre la cuantía de la pérdida, no disputemos sobre el más o el menos de esta pérdida. Lo que tenemos que hacer es reconocerla. No se han sumado nuevos quilates al entusiasmo republicano; al contrario, le han sido restados. Y si esto es indiscutible, lo será también extraer la inmediata e inexcusable consecuencia: que es preciso rectificar el perfil de la República.
Nació esta República nuestra en forma tan ejemplar que produjo la respetuosa sorpresa de todo el mundo. Caso insólito y envidiable; acontecía un cambio de régimen, no por manejos, ni por golpes de mano, ni por subversiones parciales, sino de la manera inevitable, exuberante y sencilla, como brota la fruta en el frutal. Este modo, diríamos espontáneo, de nacer la República, nos garantiza que el grave cambio no era una ligereza, no era un capricho, no era un ataque histérico, ni era una anécdota, sino que había sido una necesidad profunda de la nación española, que se sentía forzada a sacudir de sobre sí el cuerpo extraño de la Monarquía.
Lo que no se comprende es que habiendo sobrevenido la República con tanta plenitud y tan poca discordia, sin apenas herida, ni apenas dolores, hayan bastado siete meses para que empiece a cundir por el país desazón y descontento, desánimo; en suma, tristeza. ¿Por qué nos han hecho una República triste y agria bajo la joven constelación de una República naciente?(…)
(…)La época moderna vivió impulsada por el racionalismo y el capitalismo, dos principios emanados de cierto tipo de hombre que ya en el siglo XV se llamaba “el burgués”. Y si España se apagó al entrar en ese clima como una bujía se apaga por sí misma al ser sumergida en el aire denso de una cueva, fue sencillamente porque ese tipo de hombre era en nuestra raza escaso y endeble, y el alma racional se ahogaba en la atmósfera de aquellos principios. Y si no ha gozado España de salud durante la Edad Moderna porque era insuficientemente burguesa. (…)
(…)Se reconocerá no haber grandes probabilidades de que en el mundo actual, al acontecer un cambio de régimen, el nuevo Estado que nazca sea, hablando con propiedad, un Estado burgués. Y como yo voy ha hacer un llamamiento a todas las fuerzas eficaces del país, entre ellas a las llamadas burguesas, especialmente a las capitalistas, y quiero que este llamamiento mío sea entusiasta, pero a la vez serio y riguroso, me interesa que quedan claras ciertas cosas elementales. Una de ellas, ésta: cualesquiera que sean las diferencias políticas que existen o puedan existir mañana en nuestra vida pública, es preciso que nadie cometa la estupidez de desconocer que desde hace sesenta años el más enérgico factor de la historia universal es el magnífico movimiento ascensional de las clases obreras. Se trata de una corriente tan profunda y sustancial, que tiene la grandeza e incoercibilidad de los hechos geológicos. Toda política, pues, inspírela uno u otro temperamento, tendrá que ir a la postre inscrita dentro de este formidable influjo. Tiene que contar con él y aceptarlo, como se acepta el avance de nuestro sistema solar hacia la constelación de Hércules.(…)
(…) No cabe tampoco confundir ese movimiento ascensional de la humanidad obrera con el laborismo, socialismo, sindicalismo o comunismo, que son meras fórmulas, propagandas, ensayos, todo lo importantes que se quiera, pero que a la postre no representan sino interpretaciones transitorias y relativamente superficiales de aquella realidad, mucho más profunda e inexorable.
De modo (…) que el triunfo de la República no podía ser el triunfo de ningún determinado partido o combinación de ellos, sino la entrega del Poder público a la totalidad cordial de los españoles.
Porque no se ha hecho eso, o para hablar con más cautela y tal vez con más justicia, porque se ha dado la impresión de que no se hacía eso, sino que se aprovechaba ese triunfo espontáneo y nacional de la República para arropar en él propósitos, preferencias, credos políticos particulares, que no eran coincidencia nacional, es por lo que resulta que al cabo de siete meses ha caído la temperatura del entusiasmo republicano y trota España, entristecida, por ruta a la deriva. Y eso es lo que hay que rectificar. (…)
(…)España es el país, entre todos los conocidos, donde el Poder público, una vez afirmado, tiene mayor influjo, tiene un influjo incontrastable, porque, desgraciadamente, nuestra espontaneidad social ha sido siempre increíblemente débil frente a él. Pues bien: la Monarquía era una Sociedad de socorros mutuos que habían formado unos cuantos grupos para usar del Poder público. Esos grupos representaban una porción mínima de la nación (…)
(…) El Estado contemporáneo exige una constante y omnímoda colaboración de todos sus individuos, y esto, no por razones de justicia política, sino por ineludible forzosidad. Las necesidades del Estado actual son de tal cuantía y tan varias, que necesita la permanente prestación de todos sus miembros, y por eso, en la actualidad, gobernar es contar con todos. Por tal necesidad, que inexorablemente imponen las condiciones de la vida moderna, Estado y nación tienen que estar fundidos en uno; esta fusión se llama democracia. Es decir, que la democracia ha dejado de ser una teoría y un credo político que unos cuantos agitan para convertirse en la anatomía inevitable de la época actual. Por tanto, es inútil discutir sobre ella; la democracia es el presente, no es que en el presente haya demócratas.
(Revista la Flaca, “La fuerza de la razón”. Donde se aprecia a las grandes potencias del momento (Francia, USA, etc.) con sus respectivos líderes tirando de un carro con una mujer que representa la razón.)
Pues bien, señores: la República significa nada menos que la posibilidad de nacionalizar el Poder público, de fundirlo con la nación, de que nuestro pueblo vague libremente a su destino, de dejarlo fare da se, que se organice a su gusto; que elija su camino sobre el área imprevisible del futuro, que viva a su modo y según su interna inspiración. Yo he venido a la República, como otros muchos, movido por la entusiasta esperanza de que, por fin, al cabo de centurias se iba a permitir a nuestro pueblo, a la espontaneidad nacional, corregir su propia fortuna, regularse a sí mismo, como hace todo organismo sano; rearticular sus impulsos en plena holgura, sin violencia de nadie, de suerte, que en nuestra sociedad cada individuo y cada grupo fuesen auténticamente lo que son, sin quedar, por la presión o el favor, deformada su sincera realidad.
Eso es lo que significaba para mí eso que algunos llaman “simple cambio de forma de gobierno”, y que es, a mi juicio, transformación mucho más honda y sustanciosa que todos los aditamentos espectaculares que quieran añadirle los arbitrarios y angostos programas de angostísimos partidos.
Y el error que en estos meses se ha cometido, ignoro por culpa de quién, tal vez sin culpa de nadie, pero que se ha cometido, es que al cabo de ellos, cuando debíamos todos sentirnos embalados en un alegre y ascendente destino común, sea preciso reclamar la nacionalización de la República, que la República cuente con todos y que todos se acojan a la República. Al día siguiente de sobrevenido el triunfo (no se olvide que en unas elecciones, no en una barricada) pudo elegir el Gobierno, en pleno albedrío, entre una de estas dos cosas: o seguir siendo el antiguo Comité revolucionario o declararse representante de una nueva y rigurosa legalidad que iniciaba su constitución. Al preferir lo primero, por lo menos al preferirlo más bien que lo otro, quedó ya en su raíz desvirtuada la originalidad del cambio de régimen, de ese hecho histórico esencial que ha emanado directamente de nuestro pueblo entero como un acto de su colectiva aspiración: ese hecho que no es de ningún grupo, ni grande ni pequeño, sino de la totalidad del pueblo español, hecho al cual debiera volver su atención y debiera atenerse todo el que no quiera equivocarse en el próximo porvenir. Este hecho es la verdad de España, superior a todo capricho, y que aplastará cualquier frívola intención de interpretarlo arbitrariamente. Aquella conducta del pueblo español es el texto fundamental de que nuestra política tiene que ser el pulcro y fiel comentario. Y esa conducta significaba un ansia de orden nuevo y un asco del desorden en que había ido cayendo la Monarquía: primero, el desorden pícaro de los viejos partidos, sin fe en el futuro de España; luego, el desorden petulante y sin unción de la Dictadura.
A esa unidad de la voluntad nacional que la República tiene que significar es preciso que volvamos, porque hay a la puerta de la República, instalados en hilera, unos hombres que perturban la obra de los gobernantes e impiden el ingreso en la República del buen español, pacífico y mesurado. Hacen ellos grandes aspavientos de revolución, la cual podrá en alguno ser sentimiento sincero; pero revolución que hoy en España sería no buena o mala, sino algo más definitivo: históricamente falsa. Exigen esos hombres pruebas de pureza de sangre republicana y se dedican a recitar sin parar las más decrépitas antífonas de la caduca beatería democrática. Urge salvar a la República de esa vieja democracia que amenaza arrastrarla cien años atrás; urge salvarla en nombre de una nueva democracia más sobria y magra, más constructiva y eficaz; en suma: la democracia de la juventud. Esta tenemos que constituirla.
La composición del Gobierno provisional era un documento de carne y hueso que acreditaba y simbolizaba el carácter nacional, y no particular o partidista, del cambio de régimen. Era natural que existiesen elementos dispuestos a tergiversar su sentido y pretender que eran ellos quienes habían traído la República, y en consecuencia, que la República había venido en beneficio de ellos. El Gobierno no debió tolerar ni un minuto este falseamiento del gran hecho nacional.
Muy pocas veces acontece, señores, que la voluntad prácticamente integral de un pueblo se concentre en unánime decisión para dar una embestida sobre el horizonte, abriendo en él ancho portillo hacia al futuro. Por lo mismo, cuando esto acontece, es un radical deber impedir por todos los medios que esa unificación maravillosa de la vida colectiva quede sin fértil aprovechamiento y recaiga demasiado pronto en la habitual disociación. Es menester conservar este tesoro de unidad, y a los quince días del triunfo, dueño de los resortes más imprescindibles del Poder público, debió el Gobierno declarar que empezaba a constituirse un Estado integral superior a todo partidismo, riguroso frente a toda ambición arbitraria. Hubiera podido hacerlo perfectamente; hubiera podido, aprovechando la mágica ocasión, lanzar al país, en mole solidaria, hacia un plan de sistemáticas reformas dirigido desde arriba, el cual ofrecería a cada uno la ilusión de un nuevo quehacer. Por ejemplo, para no referirme sino al orden de la vida pública, que es el más agudo en todas partes, pudo crear, desde luego, un Consejo de Economía, que rápidamente dictaminase ante el país sobre la situación de nuestra riqueza, sobre los peligros o dificultades probables, sobre lo que se podía esperar y lo que se debía evitar. De esta suerte, cobrando el país conciencia de su situación material, se evitaban muchos apetitos parciales e inconexos, que han deprimido, no diré que gravemente, pero sí en dosis injustificadas, la economía española.
En vez de una política unitaria, nacional, dejó el Gobierno que cada ministro saliese por la mañana, la escopeta al brazo, resuelto a cazar al revuelo algún decreto vistoso, como un faisán, con el cual contentar la apetencia de su grupo, de su partido o de su masa cliente. (…)
(…) De esta suerte quedó la República a merced de demandas particulares, y a veces del chantaje que sobre ella quisiera ejercer cualquier grupo díscolo; es decir, que se esfumó la supremacía del Estado, representante de la nación frente y contra todo partidismo.(…)
(…)Es preciso rectificar el perfil y el tono de la República (…) que interprete ésta como un instrumento de todos y de nadie para forjar una nueva nación, haciendo de ella un cuerpo ágil, diestro, solidario, actualísimo, capaz de dar su buen brinco sobre las grupas de la Fortuna histórica. (…)
(…)La nación es el punto de vista en el cual queda integrada la vida colectiva por encima de todos los intereses parciales de clase, de grupo o de individuo; es la afirmación del Estado nacionalizado, frente a las tiranías de todo género y frente a las insolencias de toda catadura; es el principio que en todas partes está haciendo triunfar la joven democracia; es la nación, en suma, algo que está más allá de los individuos, de los grupos y de las clases; es la obra gigantesca que tenemos que hacer, que fabricar, con nuestras voluntades y con nuestras manos; es, en fin, la unidad de nuestro destino y de nuestro porvenir.(…)
(…)De ordinario, no se ve de la economía sino una pululación de intereses múltiples que divergen y que se contraponen: se habla del interés del capitalista, del interés obrero, del industrial, del comerciante; pero no se advierte que todos esos intereses viven espumando una realidad más amplia que hay tras ellos, distinta de cada uno de ellos: la realidad objetiva de la economía nacional; es decir, el sistema de la riqueza efectiva y posible de un país, dados su clima y su suelo, dadas las condiciones de saber técnico de sus habitantes, las virtudes y los vicios de su carácter. (…)
(…) Proclamaba el socialista Wissel, que fue ministro de Trabajo en Alemania. “La participación de los obreros no puede crecer -decía- sino en la medida en que crezca el rendimiento total de la economía nacional.” Por eso añado yo: un partido de amplitud nacional que acepte ese movimiento ascendente de la humanidad jornalera y que cuide de que sus empresas tengan la seriedad que garantiza el cumplimiento llevará en su programa el máximo aventajamiento del obrero, pero sólo el compatible con la integridad de la economía nacional.
Para colaborar en el engrandecimiento de esta economía bajo el régimen republicano se llama desde aquí a las clases productoras españolas. Todo el mundo advierte que, habida cuenta de las condiciones de nuestro suelo, del retraso de nuestra técnica, es nuestro país el que en más breve tiempo y con más facilidad puede lograr un progreso relativo mayor. Todo está por hacer: en la técnica de la producción y en la técnica de la administración. (…)
(…)Está, pues, todo por hacer. Tarea posible es para encender la ilusión de todo el que no sea un inerte, sobre todo si la República consigue contaminar a los españoles de entusiasmo por la técnica. (…)
(…)Piensen, les digo, que la obra por hacer es ingente, y tiene que serla también el instrumento; se trata de tomar a la República en la mano para que sirva de cincel con el cual labrar la estatua de esta nueva España; para urdir la nueva nación, no sólo en sus líneas e hilos mayores, sino en el amoroso detalle de cada villa y de cada aldea. Se trata, señores, de innumerables cosas egregias que podríamos hacer juntos y que se resumen todas ellas en esto: organizar la alegría de la República española.”
Fragmentos entre los que algunos creen encontrar un determinado paralelismo con la etapa actual. ¿Falacia o veracidad? De ser cierto, ¿tan poco hemos aprendido de nuestra más reciente historia?
El PSOE se articula en torno a la figura del ferrolano, Pablo Iglesias (1850-1925), viendo la luz el 2 de Mayo de 1879, en la celebérrima reunión de Casa Labra, de Madrid. Si bien su constitución como partido nacional tendrá que esperar al Congreso celebrado en Barcelona, del 23 al 25 de Agosto de 1888. Habiendo quedado también configurada por idénticos promotores, poco antes, del 12 al 14 del mismo mes, la organización sindical “Unión General de Trabajadores” (UGT). Y es que ambas formaciones nacen como sendas caras de una misma moneda, al objeto de cubrir la lucha obrera en todas sus vertientes: tanto la económica, mantenida con las empresas; como la política, en lo tocante a las administraciones públicas. Es más, hasta la pasada década de los ochenta los militantes del PSOE estaban igualmente obligados a la adscripción a UGT.
El PSOE mantendría su adhesión a la filosofía marxista desde sus inicios hasta 1979. Ideología que queda sintetizada mediante la siguiente frase de su eminente fundador, Pablo Iglesias: “El Partido Socialista es la entera emancipación de la clase trabajadora: es decir, la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola (…)” Oponiéndose al orden económico burgués.
En 1905 lograrían hacerse con 30 actas de concejales en distintas corporaciones locales. Accediendo el mismo Pablo Iglesias, como edil, al Ayuntamiento de Madrid. No obstante, los escasos resultados conseguidos hasta ese momento los abocó a cambiar de estrategia y buscar la confluencia con parte de ese sector burgués que previamente había sido demonizado, por representar el modelo social al que ellos aspiraban a transformar. Así el 17 de Noviembre de 1909 se formalizará la “Conjunción republicano-socialista”, con la que en 1910 Pablo Iglesias obtendría un escaño como diputado.
En 1921 sufrirían la escisión de un grupo, quienes crearán el Partido Comunista de España, de ideología igualmente marxista. Convirtiéndose posteriormente en importantes protagonistas de la oposición al régimen de Franco. Intentando aglutinar a las diversas fuerzas existentes en ese momento en un único movimiento para derrocar al caudillo, abogando por desterrar cualquier halo de rencor y revancha, en pro de reforzar exclusivamente los lazos de unión alrededor de un mismo propósito. De lo que dan fe las siguientes palabras esbozadas por Santiago Carrillo en 1956: “(…) Nosotros entendemos que la mejor justicia para todos los que han caído y sufrido por la libertad consiste, precisamente, en que la libertad se establezca en España. Una política de venganza no serviría a España para salir de la situación en que se encuentra. Lo que España necesita es la paz civil, la reconciliación de sus hijos, la libertad.” Auspiciadores, a partir de 1950, de la concreción de Comisiones Obreras.
Sin embargo, el papel del PSOE como resistencia a Franco resultó cuanto menos difuso. De lo que sí se tiene constancia es de la connivencia que mantuvo con la dictadura de Miguel Primo de Rivera, acontecida desde su pronunciamiento, el 13 de Septiembre de 1923, hasta su dimisión el 28 de Enero de 1930. De quien diría Indalecio Prieto, uno de los máximos dirigentes del PSOE y líder del sector más moderado del mismo, que era un “Dictador sin muertos” y que “ojalá todas las dictaduras fueran como la suya”. Con una notable influencia en dicho gobierno en lo concerniente a legislación social, parte de la cual se recogió en el Código de Trabajo (1926). Incluso Primo de Rivera supuestamente llegó a albergar la idea de erigir un sistema turnista, similar al de la etapa anterior, con el PSOE. Presuntamente gracias a ello UGT tendría un desarrollo exponencial. Mientras que la CNT, fundada en 1910 bajo el espíritu del anarquismo español, el otro gran sindicato obrero, sería fuertemente represaliado, viendo drásticamente sus fuerzas mermadas. Igual fortuna sufriría el Partido Comunista de España.
Del marxismo inicial se terminará abdicando en 1979. Pronunciándose en 1976 Felipe González, el joven secretario general del PSOE en aquel entonces, así: “Nosotros somos socialistas porque somos fundamentalmente anticapitalistas.” Para diez años después, siendo ya presidente del gobierno, aclarar: “El capitalismo es el menos malo de los sistemas económicos.” Terminando por aprender, cuando no pudo cumplir su promesa electoral de crear 800.000 puestos de trabajo en su primera legislatura, que “los empleos los dan los empleadores y no el Estado.” Manifestación realizada a finales de Diciembre de 2008.
Presentándose como revelador al respecto un fragmento de un artículo publicado en “El Independiente”, a comienzos de Septiembre de 1988, redactado por el ilustre escritor Antonio Gala: “A aquel marxismo inicial renunció nuestro socialismo en 1979. Ya no volvió a definirse en relación a él y desde entonces se produjo la inevitable defenestración de la ideología. Por ambición, adaptaciones y presiones se pasó a una tibia socialdemocracia, y luego a un tolerante liberalismo. (…)”
Además el PSOE se hará eco de la “Tercera Vía”, al parecer, en su XXXV Congreso Federal, del que resultaría electo como secretario general, el actual presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Movimiento al que se conocería, en nuestro territorio patrio, con el nombre de Nueva Vía. Corriente promovida por los laboristas ingleses, bajo el liderato de Tony Blair, y los demócratas de Bill Clinton en Estados Unidos. Donde se sugiere un punto intermedio entre el liberalismo y la socialdemocracia, con la intención de articular una nueva ideología tras el fracaso del programa económico socialista, lo que se evidenció con la caída del muro de Berlín acontecida el 9 de Noviembre de 1989. Es por ello que resultó sumamente contradictorio el furibundo ataque del PSOE contra el liberalismo, durante las pasadas elecciones al Parlamento Europeo, del 7 de Junio de 2009.
En aquel XXXV Congreso del PSOE, que tuvo lugar en Madrid, en Julio del 2000, el nuevo secretario general, José Luis Rodríguez Zapatero, haría un llamamiento a la “pasión por la libertad”, premisa que para él habría de imperar perennemente en el socialismo. Sin olvidar su dos grandes slóganes: “talante” y el “cambio tranquilo”. Así en el discurso de clausura de dicho Congreso aclamaría: “No practicaremos ni la crispación, ni la infamia, ni la injuria; no buscaremos la destrucción de nuestros adversarios, porque ellos también son parte necesaria de esta sociedad.” Interpelado sobre el significado que entrañaba el cambio tranquilo, contestaría: “Proponer y aceptar acuerdos (…) Si cada gobierno destruye todo lo anterior, absolutamente todo, será muy difícil que prosperemos.”
Una Historia de España que se reescribe cada día, poniendo sobre el tamiz las dicciones y contradicciones de sus trascendentales protagonistas.
José Ortega y Gasset fue uno de los más importantes filósofos liberales del siglo XX. Nació el 09 de Mayo de 1883 en Madrid, en el seno de una acomodada familia perteneciente a la alta burguesía. Se crió en un ambiente culto, muy relacionado con el mundo de la política y el periodismo. Y aunque con una longeva vida a cuestas, ya que falleció el 18 de Octubre de 1955, sustentada en una prolífica labor intelectual, no conoció el reconocimiento patrio. Cumpliéndose una vez más el sabio refranero popular, al señalar que: “nadie es profeta en su tierra”.
Hace tiempo un dirigente español se definía como un verso suelto dentro de su organización, y quizás fuera eso lo que le pasó a nuestro más ilustre liberal durante la época en la que subsistió. La cual no era otra, utilizando su propia designación, que la de la España de la incompetencia y el favoritismo; la del odio a los mejores, derivando en la carencia de capacitados gobernantes. Palabras lanzadas tal vez fruto de la impotencia y la desilusión.
Participó activamente de la actividad pública, llegando a ser diputado por la provincia de León, cargo que ostentó por el periodo de un año. Publicó multitud de artículos que servirían de fuente de inspiración para otros. En los que destaca su estilo clarificador, su elegancia y belleza literaria. Su firme propósito era intentar que su mensaje fuera asimilado por toda la población, independientemente de sus conocimientos sobre la materia o preparación.
Al irrumpir la Guerra Civil se ve abocado al exilio. Deambuló por París, los Países Bajos y Argentina, para finalmente establecer su residencia en Lisboa. Y aunque desde 1945 hasta el día de su fallecimiento la alternase con estancias en nuestra nación, fue fuera de nuestro territorio donde le confirieron los honores requeridos para un pensador de su estatus, mayormente en Alemania.
Su ideología liberal estaba circunscrita a la perspectiva civil. Contrario a cualquier tipo de radicalismo. Abogaba por la libertad individual, por un Estado pequeño y laico, que estimulara la reflexión y la diversidad de opiniones. Huye de la verdad absoluta, haciendo célebre su frase: “yo soy yo y mi circunstancia”.Refiriéndose a que nuestra visión condiciona nuestra propia realidad, que puede llegar a ser incluso contraria a la de los demás.
En 1978 su hija, Soledad Ortega Spottorno, crearía la Fundación José Ortega y Gasset. Institución que ha llegado a convertirse en uno de los Think Tanks españoles más acreditados. Dedicado a la difusión cultural, el debate, la formación y la investigación, dentro de las Ciencias Sociales y las Humanidades. Acogiendo habitualmente a primerísimas figuras internacionales en distintas disciplinas: política, económica, académica, empresarial.
Un excelso legado aportado por un gran maestro, adelantado a su tiempo, que sufrió la incomprensión, envidias y ataques. Tácticas puestas en práctica por personas cuya mediocridad les impedía vencerlo en el terreno de las ideas, empleando por ello la execrable vía del desprestigio.