Jul 04 2010

La Administración Pública del siglo XXI


En reiteradas ocasiones hemos venido hablando de la imperiosa necesidad de adoptar un modelo de Aministración Pública verdaderamente liberal. Que escuche a los ciudadanos  y que en base a ello diseñe medidas adecuadas para solventar sus problemas. Procurando el mínimo intervencionismo, implantando exclusivamente las vías para que puedan actuar óptimamente las fuerzas espontáneas del mercado, sin alterar en modo alguno el proceso. Que no quiere decir que se abandone a su suerte a los más desfavorecidos, sino al contrario, esforzarse sumamente en ayudar a aquellos que no alcancen el mínimo nivel para valerse por sí mismos en esta sociedad.

No cabe duda de que la globalización ya es imparable. Las nuevas tecnologías empujan para que salgan de su retraso económico muchísimos países del tercer mundo, eliminando las barreras geográficas y favoreciendo las transacciones mercantiles. Por ejemplo, en una hipotética fábrica, el diseño del producto puede ser obra de un ingeniero en Alemania, la comercialización en  la red corre a cuenta de un equipo de informáticos latinoamericanos, la planta de realización se ubica en Asia, el grupo de post-venta en Europa y el departamento contable en Norteamérica. Esto hoy por hoy es una realidad. El tele-trabajo, Internet, el correo electrónico, las videoconferencias,… posibilitan no sólo que se intercambien conocimientos, sino que cualquier firma aumente considerablemente tanto sus consumidores potenciales, como su competitividad. Sin embargo, el que quiera afrontar exitosamente estos nuevos retos, tendrá que olvidarse de lo aprendido hasta ese momento y asimilar nuevas materias. Teniendo ineludiblemente que adaptarse también a este sistema el aparato gubernamental.

Lo coherente pues, sería apoyarnos en el modelo democrático liberal, fundamentado en la Constitución, norma jurídica suprema compuesta por preceptos de carácter universal que se aplican al conjunto de personas, independientemente de donde residan. Porque para que se propicie el intercambio comercial en cada uno de los territorios, son obligatorias reglas de fácil entendimiento y de gran similitud al resto de los Estados. Lo ilógico es el virus de la “reglamentitis” que afecta continuamente a los cargos públicos, lo que termina por desembocar en situaciones de enorme inseguridad jurídica y que se retraiga consecuentemente el inversor. Como ocurre con los asuntos urbanísticos o turísticos españoles, que no sólo conllevan una diferenciación con otras naciones, sino que las desigualdades son llamativamente manifiestas entre las distintas Comunidades Autónomas que integran nuestra patria.

Debiendo reforzar el área formativa para preparar a las nuevas generaciones, invirtiendo en investigación y desarrollo. Un dato clarificador es que en el último informe PISA nos situaban a la cola en educación, y la fuga de nuestros científicos a otras latitudes para profundizar en sus respectivos campos se mantiene continua y constante. En un mundo súper competitivo mediático y global cómo es el actual, únicamente mediante la innovación seremos capaces de reestructurar nuestra economía.

¿Crees que nuestros políticos comparten esta visión, o siguen anquilosados en el vuelva  usted mañana y la política clientelar?

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May 26 2010

EL 30 de Mayo Canarias celebra su Día

Publicado por Ibiza Melián en Canarias


El 30 de Mayo Canarias se viste de gala para conmemorar su gran Día. El folclore y la tradición salpican la multitud de actos institucionales que se celebran en cada uno de los rincones archipielágicos. Todos los canarios y turistas que vienen cada año a disfrutar de nuestras hermosas islas y hoteles baratos en Tenerife o en Gran Canaria celebran este día tan importante para la comunidad. Pues fue en esta fecha, concretamente en 1983, cuando se constituyó el primer Parlamento Canario. Presidido por el socialista Pedro Guerra. El Ejecutivo de la época estuvo liderado por el siempre omnipresente Gerónimo Saavedra, actual alcalde de la ciudad de Las Palmas.

Nuestra Comunidad entró en la España de las autonomías por la vía lenta. Pues éxclusivamente Cataluña, cuyo Estatuto fue aprobado en 1932; así como el País Vasco y Galicia, cuya autorización data de 1936; alcanzaron el máximo techo competencial desde el principio, tras refrendarse la Constitución de 1978. Fue en este año cuando se conformó en las Cañadas del Teide la Primera Junta de Canarias, que daría paso en 1983 a la configuración de nuestro Parlamento y reglamento básico.

Aunque nuestros primeros intentos se remontan a la Segunda República. Quedando abortados en 1936 tras el intento de Golpe de Estado y posterior Dictadura Franquista. Enterrando con ello la posibilidad de sacar a la luz un texto que reflejase las singularidades de nuestro territorio, teniendo que esperar varias décadas para que ese sueño se convirtiera en realidad.

Muchos de los reclamos de ese momento aún hoy continúan sin solución. La lides por la concepción de una Canarias única, pues sólo así seremos capaces de exigir nuestro merecido puesto en España, Europa y el mundo, se han manifestado reiteradamente. Historia marcada por los continuos envites del ilógico pleito insular, que primeramente se suscitaron a tenor de las diferencias entre las islas capitalinas y posteriormente entre estas y las periféricas.

Nuestra fuerte dependencia económica de un casi exclusivo sector productivo, como es el turístico, nos podría pasar factura en esta etapa de inestabilidad mundial. La gran incógnita del 2013, cuando muchos de los Fondos de Cohesión y Estructurales, provenientes de Europa se agoten, se cierne sobre nosotros. Lo que nos demuestra que nuestras reivindicaciones en Bruselas se han de oír alto y claro para que se reconozca nuestra ultraperificidad, y como tal recibamos un trato mejorado.

A nuestra excepcional ubicación geográfica entre tres continentes: Europa, África y América, no hemos sabido sustraer todavía la totalidad de su potencialidad. Quedando esta tricontinentalidad más en un slogan, que en hechos veraces y medibles.

El debate sobre los incentivos fiscales que contiene el REF, sumamente importante en tanto en cuanto mejora la competitividad de nuestras empresas; así como la demarcación de las aguas territoriales; de seguro coparán infinidad de titulares.

Y desde aquí sólo nos resta esperar, que las cuestiones expuestas, se subsanen con prontitud y celeridad; o por lo menos que notemos avances antes de la próxima efeméride.

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May 12 2010

Capítulo XLIII: Rápida desvirtuación de una joven democracia


(Revista la Flaca, ironizando sobre el Unitarismo o centralismo y el Federalismo)

Por raro que pareciese el cambio de régimen en España esta vez no se producía a manos de un pronunciamiento militar, sino de forma natural, sobre los cimientos de un sistema ya agotado. El largo periodo de la Restauración, capitaneada por una longeva Monarquía que no supo adaptarse a los nuevos tiempos, daría paso a la Segunda República mediante unas elecciones democráticas.

Los anhelos de regeneración brotaban en gran parte de la sociedad. La cual era eminentemente rural, desempeñando un 45,5% de la población activa funciones agrícolas, mostrándose perentoria una reforma agraria. Dedicándose el resto a la industria y sector servicios. Propiciando abismales desigualdades regionales, por lo que se requería no sólo una profunda modernización política, sino también socioeconómica. Además de una mejora de las condiciones laborales. Economía enormemente lastrada por la crisis que azotó virulentamente al mundo durante la denominada “Gran Depresión”, la cual no se superaría hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Por otro lado el gran analfabetismo reinante, denunciado vehementemente desde hacía tiempo por: los institucionistas; regeneracionistas; Generación del 98; y del 14; a la que se sumarían la savia nueva del 27, considerablemente influenciada por el pensamiento de José Ortega y Gasset; lucharían por universalizar la educación, intentando llegar a sectores hasta ese momento marginados. Aumentando el cuerpo de maestros estatales, incrementándoles el sueldo y mejorando sus condiciones.

Uno de los aspectos que se trataría igualmente estribaría en torno a  las espinosas cuestiones suscitadas a tenor de los nacionalismos y regionalismos. Asimismo se pretendía ejecutar una reconversión del  colectivo militar, buscando restarle protagonismo en el área pública, además de su fiel adhesión al nuevo gobierno republicano. En cierta manera quizás para evitar que se repitiese otro golpe de Estado, fórmula a la que tantas veces se recurrió en el pasado. Augurio que postreramente se cumpliría.

No obstante, sería en el ámbito religioso donde se enfrentarían los sectores más radicalizados de las dos Españas. Encono que alcanzaría su momento álgido el 11 de Mayo de 1931, tras el incendio y asalto de numerosos conventos, colegios y centros católicos a manos de un grupo de exaltados.

A pesar de que el Vaticano dio claras órdenes a los obispos para que aceptasen al nuevo orden político instaurado, siendo por lo general la actitud de éstos bastante prudente al respecto, acatando lo mandatado, inevitablemente surgieron tempranamente notas discordantes. El 1 de Mayo de 1931 el cardenal primado Pedro Segura (1880-1957), lanzaba a través de una pastoral una incendiaria soflama: “Cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avanzan resueltamente, ningún católico puede permanecer inactivo”. Instando a los monárquicos a reorganizarse para arrebatar el poder en las urnas a los republicanos.

Siguiendo tales indicaciones, el 10 de Mayo se inaugura en Madrid un  Circulo Monárquico, que aspiraba a aglutinar el máximo número de apoyos, al objeto de concurrir a los siguientes comicios. En un momento del acto, uno de los asistentes al mismo, puso en funcionamiento un gramófono, escuchándose inmediatamente la Marcha Real. Lo que fue interpretado por los republicanos que alcanzaron a oír la melodía en el exterior como un auténtico ataque. Iniciándose a partir de ahí los caóticos disturbios. Provocando finalmente la sustitución del cardenal primado por la Santa Sede, ante la gravedad de los sucesos acontecidos y por su negativa a modificar su beligerante actitud, en pro de no enardecer más los ánimos.

(El cardenal primado Pedro Segura)

Episodio que llevaría a José Ortega y Gasset a manifestar su pública repulsa, editada en el Sol, el 11 de Mayo de 1931: “(…) Quemar (…) conventos e iglesias no demuestran ni verdadero celo republicano ni espíritu de avanzada, sino más bien un fetichismo primitivo o criminal que lleva lo mismo a adorar las cosas materiales que a destruirlas. El hecho repugnante avisa del único peligro grande y efectivo que para la República existe: que no acierte a desprenderse de las formas y las retóricas de una arcaica democracia en vez de asentarse desde luego e inexorablemente en un estilo de nueva democracia. Inspirados por ésta, no hubieran quemado los edificios. (…) La imagen de la España incendiaria, la España de fuego inquisitorial, les habría impedido, si fuesen de verdad hombres de esta hora, recaer en esos estúpidos usos crematorios.(…)”

El 28 de Junio de ese año el gobierno convocaría elecciones a Cortes Constituyentes, con el fin de dotarse, a la mayor brevedad, de un entramado legal sobre el que se consolidara el nuevo régimen. A quien les correspondería elaborar la Constitución. Agrias sesiones de debate en las que se escenificaría la confrontación entre las dos formas de entender España.

Entre los diputados electos se encontraría el sempiterno maestro, José Ortega y Gasset, adscrito a la Agrupación al  Servicio de la República. Quien ya comenzaba a atisbar el triste desenlace de la joven democracia. Declarando, el 9 de Septiembre de 1931 en Crisol, a modo de presagio:

“(…) ¡No falsifiquéis la República! ¡Guardad originalidad! ¡No olvidéis ni un instante cómo y por qué advino! (…)

(…) ¿Cuál es la República auténtica y cuál la falsificada? ¿La de “derecha”, la de “izquierda”? Siempre he protestado contra la vaguedad esterilizadora de estas palabras, que no responden al estilo vital del presente –ni en España ni fuera de España. (…) No es cuestión de “derecha” ni de “izquierda” la autenticidad de nuestra República, porque no es cuestión de contenido en los programas. El tiempo presente, y muy especialmente en España, tolera el programa más avanzado. Todo depende del modo y del tono. Lo que España no tolera ni ha tolerado nunca es el “radicalismo” –es decir, el modo tajante de imponer un programa-. Por muchas razones, pero entre ellas una que las resume todas. El radicalismo sólo es posible cuando hay un absoluto vencedor y un absoluto vencido. Sólo entonces puede aquél proceder perentoriamente y sin miramiento a operar sobre el cuerpo de éste. Pero es el caso que España –compárese su historia con cualquier otra- no acepta que haya ni absoluto vencedor ni absoluto vencido. (…)

(…) Las Cortes Constituyentes deben ir sin vacilación a una reforma, pero sin radicalismo –esto es, sin violencia y arbitrariedad partidista-. En un Estado sólidamente constituido pueden, sin riesgo último, comportarse los grupos con cierta dosis de espíritu propagandista; pero en una hora constituyente eso sería mortal. Significaría prisa por aprovechar el resquicio de una situación inestable, y el pueblo español acaba por escupir de sí a todo el que “se aprovecha”. Lo que ha desprestigiado más a la Monarquía fue que se “aprovechase” de los resortes del Poder público puestos en su mano. Una jornada magnífica como ésta, en que puede colocarse holgadamente y sin dejar la deuda de graves heridas y hondas acritudes, al pueblo español frente a su destino claro y abierto, puede ser anulada por la torpeza del propagandismo.

Yo confío en que los partidos (…) no pretenderán hacer triunfar a quemarropa, sin lentas y sólidas propagandas en el país, lo peculiar de sus programas. La falsa victoria que hoy, por un azar parlamentario, pudieran conseguir caería sobre la propia cabeza. La historia no se deja fácilmente sorprender. A veces lo finge, pero es para tragarse más absolutamente a los estupradores.

Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: “¡No es esto, no es esto!”

La República es una cosa. El “radicalismo” es otra. Si no, al tiempo.”

Las Cortes Constituyentes de 1931 (escaños por partido)

Posteriormente, el 8 de Noviembre de 1931, en el Sol, haría un llamamiento a la exigida unidad, en aras del progreso nacional. Alertando de que el no rectificar el perfil de la República conduciría indefectiblemente al suicidio:

“(…) En estos días, con la aprobación del texto constitucional y la elección de Presidente, queda establecida jurídicamente la República española. Tenemos ya un cauce legal por donde pueda fluir fecundamente nuestra vida colectiva; tenemos ya bajo nuestras planteas un suelo de Derecho donde hincar los talones e iniciar la marcha histórica. Termina, pues, en estos días el primer acto de la implantación de la forma republicana en nuestra vieja, en nuestra viejísima España. No es el momento excelente (…) para que hagamos un alto y recogiendo bien las riendas de la atención, miremos en rededor, percibamos claramente la situación interna de nuestro país; (…) y sobre todo, proyectemos en grande la arquitectura de nuestro porvenir. (…)

(…)Van transcurridos siete meses de vida republicana, y es hora ya de hacer un primer balance y algunas cosas más que un balance.

Son (…) instantes de rango sublime, o ¿es que creéis que podemos entrar en tan soberana faena como es organizar una nación, edificar un fuerte Estado, si seguimos los españoles como hasta aquí, con un temple de ánimo chabacano, flojas las mentes y el albedrío sin una formidable tensión de disciplina? (…)

(…) ¿De dónde va a venir el tono y calidad a nuestra historia, sino del tono y calidad que logren alcanzar nuestras vidas individuales? Como en el deporte es necesario un especial entrenamiento y hace falta seguir un régimen de vida que mantenga el cuerpo en forma, asegurando la plena elasticidad de sus facultades, para hacer historia es menester que el ciudadano, el simple ciudadano, se halle moralmente en forma, (…) tenso como un arco que va a disparar su flecha hacia lo alto. Sin eso no habrá nada. Y uno de los crímenes más insistentes de la Monarquía fue el fomentar continuamente nuestra propensión a la chocarrería, el chiste envilecedor, a las ridículas disputas de casinillo. Bajo atmósfera tal, estad seguros de que las almas no pueden querer lo grande; antes bien, minusculizadas, encanalladas, miopes como ratones se perderán en el laberinto miserable de las querellas de rincón, y no podrán ver las líneas sencillas, pero gigantes, que orientan al pueblo en sus renacimientos. (…)

(…) Hemanos españoles, no toleréis en vosotros ni en vuestro alrededor el triunfo de la chabacanería; mirad que por ese punto se ha ido siempre la media toda de las posibilidades españolas; ni consintáis tampoco que domine la vida pública el falso apasionamiento atropellado y pueblerino. (…)

(…) La ocasión es magnífica para hacer de España un pueblo de vida contenta y plenaria, respetado por todos los extraños. ¿No es una enorme pena que se desvirtúe esta ocasión para dejar que triunfen las pequeñeces, las manías, las palabras hueras y, sobre todo, la angostura de visión histórica? (…)

(…)Nada grave, por fortuna, ni irremediable ha acontecido; pero es evidente que si se compara nuestra República en la hora feliz de su natividad con el ambiente que ahora la rodea, el balance arroja una pérdida, y no, como debiera, una ganancia. No disputemos sobre la cuantía de la pérdida, no disputemos sobre el más o el menos de esta pérdida. Lo que tenemos que hacer es reconocerla. No se han sumado nuevos quilates al entusiasmo republicano; al contrario, le han sido restados. Y si esto es indiscutible, lo será también extraer la inmediata e inexcusable consecuencia: que es preciso rectificar el perfil de la República.

Nació esta República nuestra en forma tan ejemplar que produjo la respetuosa sorpresa de todo el mundo. Caso insólito y envidiable; acontecía un cambio de régimen, no por manejos, ni por golpes de mano, ni por subversiones parciales, sino de la manera inevitable, exuberante y sencilla, como brota la fruta en el frutal. Este modo, diríamos espontáneo, de nacer la República, nos garantiza que el grave cambio no era una ligereza, no era un capricho, no era un ataque histérico, ni era una anécdota, sino que había sido una necesidad profunda de la nación española, que se sentía forzada a sacudir de sobre sí el cuerpo extraño de la Monarquía.

Lo que no se comprende es que habiendo sobrevenido la República con tanta plenitud y tan poca discordia, sin apenas herida, ni apenas dolores, hayan bastado siete meses para que empiece a cundir por el país desazón y descontento, desánimo; en suma, tristeza. ¿Por qué nos han hecho una República triste y agria bajo la joven constelación de una República naciente?(…)

(…)La época moderna vivió impulsada por el racionalismo y el capitalismo, dos principios emanados de cierto tipo de hombre que ya en el siglo XV se llamaba “el burgués”. Y si España se apagó al entrar en ese clima como una bujía se apaga por sí misma al ser sumergida en el aire denso de una cueva, fue sencillamente porque ese tipo de hombre era en nuestra raza escaso y endeble, y el alma racional se ahogaba en la atmósfera de aquellos principios. Y si no ha gozado España de salud durante la Edad Moderna porque era insuficientemente burguesa. (…)

(…)Se reconocerá no haber grandes probabilidades de que en el mundo actual, al acontecer un cambio de régimen, el nuevo Estado que nazca sea, hablando con propiedad, un Estado burgués. Y como yo voy ha hacer un llamamiento a todas las fuerzas eficaces del país, entre ellas a las llamadas burguesas, especialmente a las capitalistas, y quiero que este llamamiento mío sea entusiasta, pero a la vez serio y riguroso, me interesa que quedan claras ciertas cosas elementales. Una de ellas, ésta: cualesquiera que sean las diferencias políticas que existen o puedan existir mañana en nuestra vida pública, es preciso que nadie cometa la estupidez de desconocer que desde hace sesenta años el más enérgico factor de la historia universal es el magnífico movimiento ascensional de las clases obreras. Se trata de una corriente tan profunda y sustancial, que tiene la grandeza e incoercibilidad de los hechos geológicos. Toda política, pues, inspírela uno u otro temperamento, tendrá que ir a la postre inscrita dentro de este formidable influjo. Tiene que contar con él y aceptarlo, como se acepta el avance de nuestro sistema solar hacia la constelación de Hércules.(…)

(…) No cabe tampoco confundir ese movimiento ascensional de la humanidad obrera con el laborismo, socialismo, sindicalismo o comunismo, que son meras fórmulas, propagandas, ensayos, todo lo importantes que se quiera, pero que a la postre no representan sino interpretaciones transitorias y relativamente superficiales de aquella realidad, mucho más profunda e inexorable.

De modo (…) que el triunfo de la República no podía ser el triunfo de ningún determinado partido o combinación de ellos, sino la entrega del Poder público a la totalidad cordial de los españoles.

Porque no se ha hecho eso, o para hablar con más cautela y tal vez con más justicia, porque se ha dado la impresión de que no se hacía eso, sino que se aprovechaba ese triunfo espontáneo y nacional de la República para arropar en él propósitos, preferencias, credos políticos particulares, que no eran coincidencia nacional, es por lo que resulta que al cabo de siete meses ha caído la temperatura del entusiasmo republicano y trota España, entristecida, por ruta a la deriva. Y eso es lo que hay que rectificar. (…)

(…)España es el país, entre todos los conocidos, donde el Poder público, una vez afirmado, tiene mayor influjo, tiene un influjo incontrastable, porque, desgraciadamente, nuestra espontaneidad social ha sido siempre increíblemente débil frente a él. Pues bien: la Monarquía era una Sociedad de socorros mutuos que habían formado unos cuantos grupos para usar del Poder público. Esos grupos representaban una porción mínima de la nación (…)

(…) El Estado contemporáneo exige una constante y omnímoda colaboración de todos sus individuos, y esto, no por razones de justicia política, sino por ineludible forzosidad. Las necesidades del Estado actual son de tal cuantía y tan varias, que necesita la permanente prestación de todos sus miembros, y por eso, en la actualidad, gobernar es contar con todos. Por tal necesidad, que inexorablemente imponen las condiciones de la vida moderna, Estado y nación tienen que estar fundidos en uno; esta fusión se llama democracia. Es decir, que la democracia ha dejado de ser una teoría y un credo político que unos cuantos agitan para convertirse en la anatomía inevitable de la época actual. Por tanto, es inútil discutir sobre ella; la democracia es el presente, no es que en el presente haya demócratas.

(Revista la Flaca, “La fuerza de la razón”. Donde se aprecia a las grandes potencias del momento (Francia, USA, etc.) con sus respectivos líderes tirando de un carro con una mujer que representa la razón.)

Pues bien, señores: la República significa nada menos que la posibilidad de nacionalizar el Poder público, de fundirlo con la nación, de que nuestro pueblo vague libremente a su destino, de dejarlo fare da se, que se organice a su gusto; que elija su camino sobre el área imprevisible del futuro, que viva a su modo y según su interna inspiración. Yo he venido a la República, como otros muchos, movido por la entusiasta esperanza de que, por fin, al cabo de centurias se iba a permitir a nuestro pueblo, a la espontaneidad nacional, corregir su propia fortuna, regularse a sí mismo, como hace todo organismo sano; rearticular sus impulsos en plena holgura, sin violencia de nadie, de suerte, que en nuestra sociedad cada individuo y cada grupo fuesen auténticamente lo que son, sin quedar, por la presión o el favor, deformada su sincera realidad.

Eso es lo que significaba para mí eso que algunos llaman “simple cambio de forma de gobierno”, y que es, a mi juicio, transformación mucho más honda y sustanciosa que todos los aditamentos espectaculares que quieran añadirle los arbitrarios y angostos programas de angostísimos partidos.

Y el error que en estos meses se ha cometido, ignoro por culpa de quién, tal vez sin culpa de nadie, pero que se ha cometido, es que al cabo de ellos, cuando debíamos todos sentirnos embalados en un alegre y ascendente destino común, sea preciso reclamar la nacionalización de la República, que la República cuente con todos y que todos se acojan a la República. Al día siguiente de sobrevenido el triunfo (no se olvide que en unas elecciones, no en una barricada) pudo elegir el Gobierno, en pleno albedrío, entre una de estas dos cosas: o seguir siendo el antiguo Comité revolucionario o declararse representante de una nueva y rigurosa legalidad que iniciaba su constitución. Al preferir lo primero, por lo menos al preferirlo más bien que lo otro, quedó ya en su raíz desvirtuada la originalidad del cambio de régimen, de ese hecho histórico esencial que ha emanado directamente de nuestro pueblo entero como un acto de su colectiva aspiración: ese hecho que no es de ningún grupo, ni grande ni pequeño, sino de la totalidad del pueblo español, hecho al cual debiera volver su atención y debiera atenerse todo el que no quiera equivocarse en el próximo porvenir. Este hecho es la verdad de España, superior a todo capricho, y que aplastará cualquier frívola intención de interpretarlo arbitrariamente. Aquella conducta del pueblo español es el texto fundamental de que nuestra política tiene que ser el pulcro y fiel comentario. Y esa conducta significaba un ansia de orden nuevo y un asco del desorden en que había ido cayendo la Monarquía: primero, el desorden pícaro de los viejos partidos, sin fe en el futuro de España; luego, el desorden petulante y sin unción de la Dictadura.

A esa unidad de la voluntad nacional que la República tiene que significar es preciso que volvamos, porque hay a la puerta de la República, instalados en hilera, unos hombres que perturban la obra de los gobernantes e impiden el ingreso en la República del buen español, pacífico y mesurado. Hacen ellos grandes aspavientos de revolución, la cual podrá en alguno ser sentimiento sincero; pero revolución que hoy en España sería no buena o mala, sino algo más definitivo: históricamente falsa. Exigen esos hombres pruebas de pureza de sangre republicana y se dedican a recitar sin parar las más decrépitas antífonas de la caduca beatería democrática. Urge salvar a la República de esa vieja democracia que amenaza arrastrarla cien años atrás; urge salvarla en nombre de una nueva democracia más sobria y magra, más constructiva y eficaz; en suma: la democracia de la juventud. Esta tenemos que constituirla.

La composición del Gobierno provisional era un documento de carne y hueso que acreditaba y simbolizaba el carácter nacional, y no particular o partidista, del cambio de régimen. Era natural que existiesen elementos dispuestos a tergiversar su sentido y pretender que eran ellos quienes habían traído la República, y en consecuencia, que la República había venido en beneficio de ellos. El Gobierno no debió tolerar ni un minuto este falseamiento del gran hecho nacional.

Muy pocas veces acontece, señores, que la voluntad prácticamente integral de un pueblo se concentre en unánime decisión para dar una embestida sobre el horizonte, abriendo en él ancho portillo hacia al futuro. Por lo mismo, cuando esto acontece, es un radical deber impedir por todos los medios que esa unificación maravillosa de la vida colectiva quede sin fértil aprovechamiento y recaiga demasiado pronto en la habitual disociación. Es menester conservar este tesoro de unidad, y a los quince días del triunfo, dueño de los resortes más imprescindibles del Poder público, debió el Gobierno declarar que empezaba a constituirse un Estado integral superior a todo partidismo, riguroso frente a toda ambición arbitraria. Hubiera podido hacerlo perfectamente; hubiera podido, aprovechando la mágica ocasión, lanzar al país, en mole solidaria, hacia un plan de sistemáticas reformas dirigido desde arriba, el cual ofrecería a cada uno la ilusión de un nuevo quehacer. Por ejemplo, para no referirme sino al orden de la vida pública, que es el más agudo en todas partes, pudo crear, desde luego, un Consejo de Economía, que rápidamente dictaminase ante el país sobre la situación de nuestra riqueza, sobre los peligros o dificultades probables, sobre lo que se podía esperar y lo que se debía evitar. De esta suerte, cobrando el país conciencia de su situación material, se evitaban muchos apetitos parciales e inconexos, que han deprimido, no diré que gravemente, pero sí en dosis injustificadas, la economía española.

En vez de una política unitaria, nacional, dejó el Gobierno que cada ministro saliese por la mañana, la escopeta al brazo, resuelto a cazar al revuelo algún decreto vistoso, como un faisán, con el cual contentar la apetencia de su grupo, de su partido o de su masa cliente. (…)

(…) De esta suerte quedó la República a merced de demandas particulares, y a veces del chantaje que sobre ella quisiera ejercer cualquier grupo díscolo; es decir, que se esfumó la supremacía del Estado, representante de la nación frente y contra todo partidismo.(…)

(…)Es preciso rectificar el perfil y el tono de la República (…) que interprete ésta como un instrumento de todos y de nadie para forjar una nueva nación, haciendo de ella un cuerpo ágil, diestro, solidario, actualísimo, capaz de dar su buen brinco sobre las grupas de la Fortuna histórica. (…)

(…)La nación es el punto de vista en el cual queda integrada la vida colectiva por encima de todos los intereses parciales de clase, de grupo o de individuo; es la afirmación del Estado nacionalizado, frente a las tiranías de todo género y frente a las insolencias de toda catadura; es el principio que en todas partes está haciendo triunfar la joven democracia; es la nación, en suma, algo que está más allá de los individuos, de los grupos y de las clases; es la obra gigantesca que tenemos que hacer, que fabricar, con nuestras voluntades y con nuestras manos; es, en fin, la unidad de nuestro destino y de nuestro porvenir.(…)

(…)De ordinario, no se ve de la economía sino una pululación de intereses múltiples que divergen y que se contraponen: se habla del interés del capitalista, del interés obrero, del industrial, del comerciante; pero no se advierte que todos esos intereses viven espumando una realidad más amplia que hay tras ellos, distinta de cada uno de ellos: la realidad objetiva de la economía nacional; es decir, el sistema de la riqueza efectiva y posible de un país, dados su clima y su suelo, dadas las condiciones de saber técnico de sus habitantes, las virtudes y los vicios de su carácter. (…)

(…) Proclamaba el socialista Wissel, que fue ministro de Trabajo en Alemania. “La participación de los obreros no puede crecer -decía- sino en la medida en que crezca el rendimiento total de la economía nacional.” Por eso añado yo: un partido de amplitud nacional que acepte ese movimiento ascendente de la humanidad jornalera y que cuide de que sus empresas tengan la seriedad que garantiza el cumplimiento llevará en su programa el máximo aventajamiento del obrero, pero sólo el compatible con la integridad de la economía nacional.

Para colaborar en el engrandecimiento de esta economía bajo el régimen republicano se llama desde aquí a las clases productoras españolas. Todo el mundo advierte que, habida cuenta de las condiciones de nuestro suelo, del retraso de nuestra técnica, es nuestro país el que en más breve tiempo y con más facilidad puede lograr un progreso relativo mayor. Todo está por hacer: en la técnica de la producción y en la técnica de la administración. (…)

(…)Está, pues, todo por hacer. Tarea posible es para encender la ilusión de todo el que no sea un inerte, sobre todo si la República consigue contaminar a los españoles de entusiasmo por la técnica. (…)

(…)Piensen, les digo, que la obra por hacer es ingente, y tiene que serla también el instrumento; se trata de tomar a la República en la mano para que sirva de cincel con el cual labrar la estatua de esta nueva España; para urdir la nueva nación, no sólo en sus líneas e hilos mayores, sino en el amoroso detalle de cada villa y de cada aldea. Se trata, señores, de innumerables cosas egregias que podríamos hacer juntos y que se resumen todas ellas en esto: organizar la alegría de la República española.”

Fragmentos entre los que algunos creen encontrar un determinado paralelismo con la etapa actual. ¿Falacia o veracidad? De ser cierto, ¿tan poco hemos aprendido de nuestra más reciente historia?

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Apr 25 2010

Capítulo XL: ¡Españoles: reconstruid vuestro Estado!


(Miguel Primo de Rivera)

El Desastre de Annual, que llevó a la retirada de las mal pertrechadas tropas españolas del Rif, al Norte de Marruecos, supuestamente suscitaría el pronunciamiento liderado por el que fuera Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera (1870-1930). Acaecido el 13 de Septiembre de 1923. Hipotéticamente para evitar que al expediente abierto, por las negligencias que ocasionaron aquel hecho, se le diese curso en el Parlamento. Del cual se desprendía una enardecida crítica al decadente régimen de la Restauración y a la monarquía, encarnada en la figura de Alfonso XIII (1886-1941).

El degradante sistema político de aquel momento: herido profundamente por un rancio comportamiento caciquil, que corroía lentamente las raíces del mismo, cual letal toxina; y una naciente burguesía que no se sentía representada en él, propulsora de incipientes grupos nacionalistas y regionalistas que aclamaban un ferviente protagonismo; facilitará que el golpe de los sublevados militares se tope con una exigua oposición. Osando mostrarse su personaje estelar ante la opinión pública, como el “cirujano de hierro”, sugerido por el regeneracionista Joaquín Costa (1846-1911), que salvaría a España de los males que la aquejaban. Citando el autor en su obra “Oligarquía y caciquismo como forma de gobierno en España” al respecto lo siguiente: “(…) El sanar a España del cacique, el redimirla de esa cautividad, supone dos distintas cosas: operación quirúrgica, de efecto casi inmediato, y tratamiento médico, de acción lenta y paulatina. (…)” . Lo cual fue espuriamente interpretado por el dictador para hacerse con el poder. Erigiéndose como el remedio contra “los profesionales de la política”. Siendo nombrado Presidente, por el Rey Alfonso XIII, el 15 de Septiembre.

Su primera acción al frente del Ejecutivo sería disolver las Cortes y formar un Directorio Militar. Compuesto por él mismo, como máximo jefe, y mayormente por un general de cada capitanía. Entre cuyas competencias se hallaban dictar decretos con fuerza de ley. Permitiendo la operatividad de un único partido político, la “Unión Patriótica”, dirigida por el propio Miguel Primo de Rivera.

Su gestión económica se basaría en un desmesurado intervencionismo estatal. El Consejo de Economía Nacional será el encargado de regular el mercado, los precios y la producción. Potenciando la burocratización, favoritismos, monopolios y oligopolios. Impulsando aún más el desarrollo industrial de determinadas regiones como Cataluña o el País Vasco, a través del exponencial desarrollo, entre algunas, de la industria pesada y la minería. Y la pauperización de otros territorios. Lo que ocasionaría considerables migraciones en el interior de España. Asimismo llevará a cabo una fuerte inversión en infraestructuras y un eminente plan hidrológico, que era precisamente una de las recomendaciones de Costa a ejecutar por los gobernantes de nuestra patria. Desencadenando su negligente dirección económica en el excesivo endeudamiento de las arcas del Estado, lo que repercutiría negativamente en los posteriores gobiernos.

A partir de 1925 el caudillo se percata de la imposibilidad de sostener la provisionalidad del régimen dictatorial y sustituye el Directorio Militar por uno compuesto por políticos civiles. Ya que la Dictadura inicialmente se presentó como una situación transitoria para restablecer el orden nacional, ante la finalmente caótica Restauración, y dar paso a la normalidad democrática. No obstante, el sufragio universal, tal como era solicitado por la población, no sería restituido, ni el caciquismo radicado. Alzándose paulatinamente las voces en contra del Régimen. Uno de sus últimos intentos por mantenerse se concretaría en la elaboración de la fallida Constitución de 1929, cuyos rasgos fundamentales serían:

  • Declaración de la soberanía del Estado, ni monárquica, ni nacional. Característica de sistemas totalitarios.
  • Organización territorial marcadamente unitaria.
  • Cortes unicamerales. Conformadas por: treinta diputados designados por el rey a modo vitalicio; la mitad electos mediante sufragio universal y el resto resultarían  de representación corporativa.

(Alfonso XIII)

Pero la creciente contestación del proyecto constitucional y del gobierno en sí, más la gradual pérdida de apoyos, incluso dentro del ejército, abocó a Miguel Primo de Rivera a presentar su dimisión el 28 de Enero de 1930 y a exiliarse. Sustituyéndolo en el cargo Dámaso Berenguer (1873-1953), nombrado igualmente por Alfonso XIII, etapa que sería calificada como  “La Dictablanda”, en contraposición con la anterior.

Sin embargo, el desencanto, con la monarquía y con los sucesivos gobiernos que hasta ese momento se habían conformado, era palpable. Agrandando abismalmente la brecha entre gobernantes y gobernados. De lo que dan fe las excelsas palabras del sempiterno maestro, José Ortega y Gasset (1883-1955), que bien servirían de aplicación al periodo vigente. Fragmentos extraídos de un artículo publicado en el “El Sol”, el 15 de Noviembre de 1930, titulado El error Berenguer”:

“(…) El Estado (…) se ha ido formando un surtido de ideas sobre el modo de ser de los españoles. Piensa, por ejemplo, que moralmente pertenecen a la familia de los óvidos, que en política son gente mansurrona y lanar, que lo aguantan y lo sufren todo sin rechistar, que no tienen sentido de los deberes civiles, que son informales, que a las cuestiones de derecho y, en general, públicas, presentan una epidermis córnea.(…)

(…) Entre las ideas sociológicas (…) que sobre España posee el Régimen actual, está esa de que los españoles se compran con actas. (…)

(…) Hemos padecido una incalculable desdicha. (…). No existe el Estado español. ¡Españoles: reconstruid vuestro Estado! (…)

(…)Somos nosotros, y no el Régimen mismo; nosotros gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo!”

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Apr 10 2010

Los fundamentos del liberalismo


A veces uno no concibe por qué se denosta tanto a los liberales, culpabilizándolos de cada uno de los males que nos azotan. Para unos están ubicados en la derecha y otros dicen que en la izquierda. ¿Pero qué tiene que ver esto con la filosofía liberal? ¿Sabemos lo que implica realmente?

Al liberalismo le debemos la concepción actual del Estado moderno. Los principios básicos de una sociedad liberal son: Paz, Justicia y Libertad, fundamentados en una serie de rasgos característicos:

El ser humano es propietario de sí mismo y del resultado de su actividad.

•   El futuro de cada sujeto lo elije él mismo, acorde a sus habilidades y esfuerzo, no estando predeterminado por imposición, nacimiento o localización. Teniendo todos, a priori, iguales oportunidades.

•    La tolerancia.

•    La libertad de pensamiento.

•    La crítica a cualquier despotismo, ya sea: religioso, cultural o político.

•    Defiende la división de poderes: legislativo, ejecutivo y judicial.

•    Es la Asamblea, representante de la soberanía del pueblo, la que dicta las normas.

•    Establece como elemento esencial a la Constitución, de carácter universalista.

•    El orden social está regido por el derecho privado y penal. Pues entiende que el equilibrio espontáneo del mercado se alcanza por la reciprocidad o beneficio mutuo de los particulares.

•    Admite que hay ciertos servicios que por diversas razones las fuerzas espontáneas del mercado pueden no producirlos o hacerlo de modo inadecuado. A tenor de lo cual es conveniente poner a disposición del gobierno una cantidad de recursos claramente circunscritos, con los que pueda prestar tales servicios a los ciudadanos en general. También aboga por un mínimo de seguridad para aquel que dentro del mercado quede por debajo de un determinado nivel.

•    El justo precio o salario se formaría en un contexto carente de fraude, violencia o privilegios.

No obstante, como ha pasado desde que el hombre es hombre, las cosas se han ido deteriorando progresivamente, siendo propiciado normalmente por individuos de nula virtud. El Derecho Público ha ido ganándole terreno poco a poco al privado y penal, sustituyendo las reglas de conducta por las de organización, y transformando a las sociedades liberales en casi totalitarias. Terminándose por aceptar que la Asamblea legisle sobre cualquier objeto y no sobre códigos aplicables al conjunto, supeditados en muchos casos a la contradicción y a la arbitrariedad. Encontrándonos hoy por hoy con una Administración que nos atrapa en su complicada burocracia, movida por unas normas de difícil comprensión y asimilación, convirtiéndose en obstáculo para la expansión del libre mercado.

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